15 de diciembre de 2018

El martes tiene poeta propio

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
21 de septiembre de 2018
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
21 de septiembre de 2018

Óscar Domínguez 

Tiene el bajo perfil de los gatos. A regañadientes, el poeta Elkin Restrepo acepta el inri de intelectual solo para recibir premios como el León de Greiff al mérito literario que le otorgó una encopetada gavilla liderada por EAFIT. Luego regresa a la clandestinidad de cinco estrellas.

Los reflectores no lo desvelan. Prefiere el silencio creador de la biblioteca, el “cacofónico” bullicio del aula, la “ecolálica” tertulia o el “onomatopéyico” salón de lectura.

Como tiene voto de obediencia, accedió al ritual de la charla con la editora Claudia Ivonne Giraldo aunque no para tirar línea metafísica sobre los recovecos de su oficio. Esas minucias se las dejó al jurado y a los lectores que chorreamos la baba por su vida, milagros, poesía, literatura, dibujos, grabados, docencia, edición de libros y revistas.

En cada uno de estos oficios se juega el pellejo. No vino a calentar banca en esta dádiva llamada vida.

Vida que Elkin ha convertido en obra de arte y que pule diariamente. Si por él fuera, no dormiría para disfrutarla. Lleva 76 años cortándole oreja, rabo y pata.

En vez de alumnos tiene adoradores y adoratrices. Muchos entapetamos el auditorio del Parque Explora para acompañarlo, agradecerle benevolencias tantas y hacernos la selfi respectiva.

Muchos de los poemas que lo consagraron son anticipadas selfis virtuales con sus amores platónicos: Miroslava, Pier Angeli, María Félix, Anita Eckberg, Rita Hayworth, Maureen O’Sullivan. Cada una de ellas “tiene el aire de una Bianca Capello”.

Los perfiles de las divas nacieron de un destino que envidiaría Beremundo: Era el mensajero encargado de llevar a lomo de bus los rollos de las películas desde Manrique donde vivía, al teatro Granada, en Guayaquil, la esquina del movimiento en el Medellín que nos tocó. Ese oficio relacionado con el trasteo de rollos fue su primaria en poesía.

(No encuentro por parte alguna el poema a Catherine Deneuve un amor que compartimos. Finalmente hicimos este cambalache: el profesor se quedó con la bella y misteriosa Mademoiselle Deneuve, el pupilo con cinco raspao en literatura y con Brigitte Bardot que entonces era prohibida para todo católico).

La noche aquella de la Fiesta del libro, Elkin se declaró furioso devoto del vikingo De Greiff, cliente mayor del café El Automático que en 2018 cumple 70 años. El animal mitológico, como llama a su gurú el panida León, presidió la velada desde el walhalla en que se encuentra. Y en la pintura que hizo las veces de telón de fondo.

La degreiffiana devoción es tal que con sus amigos Miguel Escobar y Eduardo Peláez, los fines de semana renunciaban a la ciudad y convertían la poesía de De Greiff en guía turística.

¿Que Rosa de Bolombolo “del campamento lujuriante hada” vivía “cerca de donde júntase la Comiá con el Cauca”? Pues la etílica trinidad ponía en acción el GPS degreiffiano y allá llegaban.

Y como el oficio del poeta “es hacer disparos al aire”, o sea,  sorprender, Elkin se desvela a la espera del martes cuando se reúne su club de lectura que creó hace 20 años con el objeto de leer o releer libros. “Espero el martes desde el martes mismo”, sintetizó quien “dona en usufructo o regala” los demás días de la semana.

Sus fans nos disolvimos pacíficamente llevándonos la bella antología editada por EAFIT con los poemas de Elkin debajo del prosaico “y no nada utópico” sobaco.

Rommy Schneider

En esta época del año, sopla un aire fresco
y las hojas se amontonan afuera,
en los jardines de la casa.
La luz, el oro pesado de la tarde,
toca el borde de los árboles,
el agua ciega del estanque, el camino de entrada, y
los transfigura.
En mi corazón descubro entonces una nueva ebriedad,
y una languidez amable,
solícita como los besos y la lengua de un joven amante,
colma mi cuerpo y lo enriquece de mil olvidos.
Es el otoño que llega,
la estación que cambia y revienta en mí misma,
como un juego de luces sobre el cielo de la ciudad,
como una íntima y feroz caricia.

Por una vez más,
un cielo claro sirve a un enjambre de aves
que chillan,
y el oro desleído de las hojas caídas
corre como un último fuego.

Por una vez más,
la brisa llama de nuevo en los cristales de la ventana,
y no olvida mi nombre.

Por una vez más, arde en mí el sueño perdido de la vida.

Por una vez más.

El Colombiano

Restrepo, Eklin. Amores cumplidos. Hombre Nuevo Editores, Medellín, 2006.