18 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El fisgón

25 de septiembre de 2018
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
25 de septiembre de 2018

Procuraduría abre indagación a senador Benedetti por escuchas ilegales

 

 

 

Por Hernando Salazar Patiño 

 

 

 

 

Dejad que yo me aparte; contamina 
Del necio adulador la sucia mano,
O hiere como infame guillotina.
                                                                                                                                                   “Ayer y Hoy”: Francisco Sosa Escalante 

Nunca pude entender, por qué  a un tipo de tan poquísima importancia, como el senador Armando Benedetti, los medios se encargaron de darle  imagen, de entrevistarlo, de pedirle opiniones, de fotografiarlo o televisarlo, por cualquier motivo público,  o de  hablar y escribir un día sí y otro día también. Experto en lugares comunes, como todo político, eran constantes los que decía, en los que el énfasis, la cara descompuesta, el desorbite de su ojos, la airada impetuosidad, y  los reporteros que lo cercaban, parecían dar la sensación de que pronunciaba una frase trascendental.

Fue a partir del gobierno de Santos, que se desató esa campaña mediática alrededor de este señor, que de no haber sido por esos medios, no hubiera rebasado la muy opaca que le conceden al grueso de los parlamentarios. La del programa del Congreso. Sí, lo hicieron presidente del Congreso y se mostraba “definitorio” y “contundente”. Mejor dicho, cada vez más alzado y belicoso contra los que se opusieran a cualquier cosa del gobierno. Y le mantenían micrófonos y cámaras a disposición. O las buscaba, o las pagaba, o ya tenía la suficiente malicia, las habilidades y los halagos, a que es tan propenso, el lábil entusiasmo profesional de los periodistas. Se volvió un círculo vicioso. Sin ninguna virtud especial, ni pensamiento inteligente, ni cultura, ni brillantez, ni figura, solo un apellido y una actitud, a Armando Benedetti lo fueron volviendo importante a santo de nada. ¿O recuerda alguien el momento de la eclosión con la que deslumbró a los colombianos?

Pero  comenzaron a darle imagen, ignoro u olvido a raíz de qué, y ésta a su vez, repetitiva y hábilmente buscada, lo volvió personaje. Y  esto, añadido a los métodos costeños, le sumaron votos, los que fueron aumentando por el mismo proceso circular, con las adiciones y adehalas consecuentes. Con todo, sigo sin entender bien el fenómeno. En la última campaña electoral y con los resultados, mantuvo digamos un “perfil bajo”, por ciertas acusaciones,  síntomas de lo que iba a suceder, más, cuando la disputa presidencial quedó reducida a dos candidatos con los que le quedaba difícil volver a tener juego.

Aunque de su pelotillero carácter, cualquier metamorfosis se puede esperar, para volver a lo que sabe hacer, que es hasta ahora  lo único que ha hecho: adular al gobierno de turno. En reciente investigación de la fiscalía, un coronel retirado, lo ha señalado de ser uno de los mejores clientes de la empresa de espionaje informático, con el objeto de interceptar teléfonos de funcionarios, de abogados y hasta de hijos de éstos, por lo que comienza a dar patadas de ahogado, defendiéndose con los mismos argumentos y  expresiones, de las que se burlaba y minimizaba cuando provenían de uribistas y de otros opositores, acusados durante la era santista.

No tengo nada contra este político, ni contra ninguno. No son los individuos, a los que no prejuzgo, sino que rechazo las conductas públicas que implican el abajamiento del carácter y la dignidad. Me repugna sobre todas, la que el jesuita Lampillas denominaba en su Manual de Literatura Latina, “el espíritu infame de la adulación”  Y el senador Benedetti lo encarna. He admirado al contrario, la inteligencia de su padre, que tiene igual nombre, y a quien leí cuando escribía su deliciosa y no poco incisiva columna en El Tiempo. Cuentan que  las tertulias en su casa se caracterizan por el nivel de chispeante inteligencia de los habituales. Algo se le pegaría de oídas, pero la cultura del pantallero congresista es notoria por la ligereza y frivolidad de sus frases para la galería.

Fue la circunstancia de cuando lo vi y como lo vi por vez primera, la que me produjo la desazonada reacción inicial. Durante mi estancia en Bogotá, por afecciones en la salud, tres o cuatro veces al año, me veía forzado a acudir al consultorio del doctor Jaime Rusinque,  en el Palacio Presidencial, situado cerca a la antesala del despacho del presidente. Estaba vinculado  entonces (y lo estoy todavía), a un proyecto con las comunidades y los jóvenes vulnerables de todo el país, que tenía el apoyo de la presidencia. Desde que estrené esos pasillos, por los años 2003 y siguientes, al pasar frente al despacho presidencial hacia donde el médico, vi siempre a un hombre menudo, encogido, con la cabeza inclinada, dando en ida y vuelta tres o cuatro pasos al frente de la puerta o sentado en una silla con las piernas recogidas y las rodillas casi juntas, que me parecía como hijo, sobrino o pariente de Wilson Borja,  por el rostro, lo moreno y lo costeño, pero la actitud humilde, de compungida espera, contrastaba con la de un sindicalista del PC. Ignoraba de quien se trataba.

Por esos mismos años, con mucha frecuencia, almorzaba en un restaurante de la carrera 8ª, la  que tenía que recorrer delante de las rejas del palacio. No fallaba ocasión en que no viera al congresista –ya estaba informado de quién se trataba- ingresar o salir por la entrada principal. Me preguntaba por qué solo, por qué no con una delegación, por qué siempre él. Sentía vergüenza ajena por la posición del cuerpo y de la cabeza del congresista Benedetti, dando la impresión de estar presto a implorar algo, a lamer la suela o a ser pisoteado por el primer mandatario. Cuando la televisión mostraba a Alvaro Uribe, podía apreciarse junto a éste,  acompañándolo, cercándolo, guardiándolo, al señor Bennedetti en primera fila, y un poco más atrás, a Roy Barreras. Durante los ocho años de Santos, la posición junto al dueño del poder, se invirtió entre los dos senadores. Puede calcularse el tamaño del desprecio que le debe merecer, por cuanto nunca he escuchado al ex presidente Uribe aludir a esos episodios melifluos que debió padecer con el ahora sindicado de fisgón.

Si bien sorprende su parecido físico a cierto ejemplar de cobayo, al típico fisgón, lo asociaba más a la  metáfora grata al doctor Laureano Gómez cuando aludía a ciertas figuras del “tinglado de la antigua farsa”, como las “raposas”. La capacidad de desplazarse haciendo contracciones y relajaciones que lo resbalan con la untuosa  baba de su adulación, de presidencia a presidencia por los pasadizos del poder, si fuera caricaturista, la representaría en  un híbrido de molusco y anélido similar a la sanguijuela. “Adulador, engañador y al cabo traidor” El proverbio español, retrató hace siglos a seres como Armando Benedetti.

Ensayista, historiador, abogado, profesor de sociología, filosofía e ideas políticas, conferencista sobre cultura y poesía colombiana y caldense. Libros: Historia de Colombia, Manizales bajo el Volcán, Bernardo Arias Trujillo, entre otros.