19 de abril de 2021
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DECIRLO

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
7 de septiembre de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
7 de septiembre de 2018

Víctor Hugo Vallejo

Nunca ha sido, ni es, fácil decirlo. Primero nace la emoción, esa que no se puede describir pero que de alguna manera u otra se percibe. Da signos externos que cada quien los entiende a su manera. Cuando se trata de ponerlo en vocablos surge la dificultad y mucho más cuando esas ansias de hacerlo apenas surgen. Y surge de un momento a otro. Cuando no se estaba esperando y por supuesto cuando no se está preparado para ello. (“Cuando el amor llega así/ de esa manera/ uno no tiene la culpa….”)

Los poetas son capaces de decirlo. Pero no todos son poetas. Intentan y de alguna manera logran algunos aciertos, pero hay quienes si son capaces de decirlo y lo dijeron de tal manera que se quedó en las huellas de la memoria para que quienes no son capaces de decirlo, echen mano de esas palabras, se las apropien y las digan para darle salida a esas emociones.

“Las algas marineras y los peces,
testigos son de que escribí en la arena
tu bienamado nombre muchas veces.”

Los poetas buscan testigos tan ciertos como ellos mismos, de tal manera que la materialización de su decir nunca sea posible. Ahí queda el testimonio inmaterial, ese que no es posible de usar en la materialidad de las cosas que corresponden al mundo real y no al de las emociones, en el que las fronteras nadie ha podido delimitar. Lo supieron las algas, los peces y la arena, pero a ninguno de ellos será posible preguntarle, pero que se debe expresar con la universalidad de lo que se apropia en los sentimientos de todos y no es posible que nadie determine que es de su exclusiva propiedad.

“Testigos, las palmeras litorales,
porque en sus verdes troncos melodiosos
grabó mi amor tus claras iniciales.”

Son testigos eternos que existen en la realidad de la naturaleza, pero que nunca podrán transmitir nada de lo que les consta, como efectivamente les consta. Y las iniciales estarán a la vista de todo aquel que pase por esa playa, pero podrán corresponder a tantos nombres. Sólo quien los grabó, y las palmeras, saben a que se refieren esas letras talladas con la emoción de lo que sale de adentro.

“Testigos son la luna y los luceros
que me enseñaron a esculpir tu nombre
sobre la proa azul de los veleros.”

La luna y los luceros también estaban allí esa noche cuando el poeta logró decirlo y no solamente fueron testigos, sino que además se convirtieron en maestros de ese enamorado que quería esculpir ese nombre en todos los espacios disponibles. Ni a la luna, ni a los luceros será posible pedirles que declaren de lo que les consta o pueda constar respecto del acto descrito. Es posible que cuando el paseante nocturno vaya por esos mismos lares no se encuentre con la misma luna, ni con los mismos luceros, que como se parecen tanto, es posible confundirlos y de pronto terminar hablando con la luna y con los luceros que no son los mismos que estuvieron presentes cuando el poeta realizó ese aprendizaje de escribir el nombre sobre el azul profundo que va a arriba de los veleros, en el infinito.

Esa huella sembrada de amor iba tomando altura cada vez mayor y por eso:

“Sabe mi amor la página de altura
de la gaviota en cuyas grises alas
definí con suspiros tu hermosa. “

Sin que sea posible buscar esas gaviotas de alas grises y mucho menos poder identificar un escrito hecho de suspiros. Todo es posible si se piensa y hace con amor. Incluso decir esas palabras que se graban por siempre como expresiones ciertas de lo que se quiere decir y se logra, después de muchos esfuerzos expresivos.

“Y los cielos del sur que fueron míos
y las islas del sur donde a buscarte
arribaba mi voz en los navíos.”

Son unos cielos que ahora ya no los tiene el poeta, pero que los lleva en su memoria para poder decirle a esa amada abstracta, que puede ser la de cualquiera, todo el sentir de lo que contenían sus emociones. Todos buscan el amor y alguna vez lo encuentran o sencillamente nunca lo encuentran, pero mientras tanto llevan consigo los deseos de decirlo en cualquier momento, cuando ese amor aparezca. La voz puede ir por todos los espacios porque es inmaterial. No se trata de verla, sino de oírla.

Y es que hubo más testigos para que la huella quedara de tal manera imborrable que esas palabras se hicieran eternas:

“Y la diestra fatal del vendaval
y todas las criaturas del océano.
Y el paisaje total del litoral.”

Que siempre va a estar allí y que va a conservar ese testimonio de lo que el poeta se atrevió a decir a una amada que estaba hecha de todas las mujeres del mundo. Las que han sido, las que son y las que van a ser.

“Tu sola entre la mar, niña a quien llamo:
ola para el naufragio de mis besos,
puerto de amor, no sabes que te amo. “

El poeta se atrevió a decirlo, pero lo hizo a alguien que ni siquiera tenía el conocimiento previo de ser amada, pues era el amor callado, silencioso del que solamente se podía dejar testimonio en la naturaleza. Allí iba a quedar esa expresión por siempre jamás y en las huellas de lo que es el amor infinito hacia alguien que se busca de la misma manera y es posible que se encuentre,. Como es posible que no.

“¡ Para que tu sepas, yo lo digo
y pongo al mar inmenso por testigo!”

Es posible que lo llegase a saber. Es posible todo lo contrario. El poeta lo dijo de esa manera para que todos aquellos que no se sienten capaces de hacerlo usen sus versos y lo hagan de la mejor manera.

El poema se llama “Declaración de amor” y es de Helcías Martán Góngora, el poeta del mar, el poeta de los negros, el poeta de la libertad, quien con estos versos dejó estampado uno de los más bellos poemas de amor que se han escrito en idioma español.

Martán Góngora nació en Guapi, Cauca, cerca del mar, a orillas de los grandes ríos, junto a las algas marineras y los peces y debajo de las enormes palmeras del litoral, el 27 de febrero de 1920. Hizo su bachillerato en las ciudades de Pasto, Medellín y Popayán y luego en Bogotá en la Universidad Externado de Colombia se recibió como abogado. Fue director de extensión cultural de la Universidad del Cauca, personero de Popayán, gestor cultural y terminó asentándose en Cali, donde fue el autor del himno de la ciudad en 1980, con música del maestro Santiago Velasco Llanos. Es el gran autor de la poesía negra en Colombia. Se fue de la vida el 16 de abril de 1984 y le sobrevive su obra contenida en los libros de poesía: Humano Litoral I y II, Master en Negrería, Retablo de Navidad, Breviario Negro, Esopo 2000, Notas Pastorales y Pastoral Negra. Hijo de Helcías Martán Arroyo y Enriqueta Góngora, siempre sintió el gran orgullo de ser negro y de cantarle a los negros en todo su valor humano. La mujer y el amor fueron de la esencia de su poesía. De ahí que no surge extraño que haya producido un poema de la belleza de “Declaración de amor”.

Haga el lector, por favor, el ejercicio de leer el poema de manera continúa, saltando las líneas nuestras, y deguste la manera de decir te amo a quien no sabe que la aman y además de escribir un nombre de la amada que ni siquiera está en la presencia de un amor físico. Una bella declaración de amor que por encima de todo se hace al amor.

Decirlo no es tan fácil, especialmente cuando se intenta con las pobres palabras de los que no somos poetas. Para decirlo es mejor acudir a la poesía y con esos vocablos atreverse a hacerlo de la mejor manera.

¿Cual es el nombre tantas veces escrito en la arena? Cada quien lo escoge, cuando lo haya encontrado. Caben todos los nombres.