15 de diciembre de 2018

BEODEZ

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
21 de septiembre de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
21 de septiembre de 2018

Víctor Hugo Vallejo 

Fue un amargo despertar. No sabía donde estaba. El sol comenzaba a calentar fuerte. Estaba sentado sobre el piso. Un piso sucio y feo. El ambiente  tenía un fuerte olor a podrido, a basura, a orines.  Esa no era su casa. No entendía porque no  estaba en  su cama. No sabía porque estaba allí. Le dolía el cuerpo.  Descubrió que tenia varios golpes. No lograba entender absolutamente nada.  Tomó aire, trató  de respirar normal, con el ánimo de organizar sus pensamientos, si en ese momento podía tener alguno. Nada le parecía conocido.  Cuando intentó ponerse de pie tuvo dificultades por lo estrecho del espacio donde estaba sentado, dormido, incómodo, desconocido.  Supo en ese momento que estaba en una celda de una estación de policía. Cuando trataba de pensar, se le volvió a nublar la mente. La cosa era peor de lo que estaba pensando. Estaba detenido. No sabía  que había pasado.  Al fin logró ver a un agente de policía y le indagó la razón para estar allí. Le contestaron que eso le pasaba por borracho. No lo tranquilizó mucho, pero algo logró entender. La borrachera había sido grave. Se le había ido la mano en el  consumo de alcohol. Pero eso pasaría y lo dejarían ir en poco tiempo.

No era la primera vez que tomaba licor, pero  si era la primera vez que amanecía retenido en una estación de policía. Quiso usar su memoria para tratar de encontrar la causa de haber sido detenido por borracho. Algo anormal debió haber ocurrido. No recordó  que hubiese peleado con alguien. No era hombre de peleas. No recordó  que hubiese hecho algún escándalo. No recordó nada.  No podía establecer  la justificación para tener perdida su libertad  en ese momento.

Trató  de recobrar la tranquilidad, la razón, el pensamiento.  Se sentó nuevamente. Cerró los ojos. Solamente se acordaba hasta cuando se tomó los primeros tragos en un bar cercano a la Terminal Intermunicipal de Pasajeros. Todo lo encontraba normal. Había salido esa tarde del martes  de su trabajo y camino a casa encontró a unos amigos, con quienes aceptó tomarse una cerveza para paliar un poco ese sol de los días de septiembre en el Valle del Cauca.  Pidieron la primera. Pidieron la segunda. Pidieron la tercera. El cantinero hizo sonar mucha de la música de su gusto. Alguien propuso que se cambiaran a aguardiente porque se estaban “embuchando” de tanta cerveza. Pidieron media de aguardiente. Las horas fueron pasando. La noche estaba joven. Se fue consumiendo. Llegó el miércoles  a las doce de la noche. Como siempre dijeron que iban a pedir la última y de trago en trago y de canción en canción, se consumieron las horas hasta llegar a la madrugada.

Ahí le llegó un borrón de la memoria. Hasta ese punto pudo recordar. En esas circunstancias no veía nada malo. No entendía porque estaba detenido. Solamente lograba sentir un gran dolor de cabeza, fatiga estomacal,  una sed terrible y un malestar general, acompañado de golpes en el cuerpo que tampoco lograba saber a que se debían.

Hacia las doce de la noche de ese martes 11 de septiembre de 2018 los familiares de  Yeimi Muñoz Londoño  pidieron telefónicamente primeros auxilios para ella, pues estaba convulsionando y no sabían que le estaba ocurriendo. Yeimi apenas tenía 34 años y nunca antes había tenido esta clase de dolencias.  Llamaron al servicio de salud que tienen pagada con la empresa SUB Salud, donde  ordenaron una emergencia y le asignaron al conductor  Jorge Brayan  Reyes que prestara el servicio de ambulancia y se fuera en el vehículo de placas CPU-545, debiendo ir sin paramédico por  ausencia de personal en ese momento. Reyes se fue  hacia la calle 20 con carrera 25, donde estaba la emergencia. Con la dirección se orientó e identificó  que ese domicilio quedaba cerca de la Terminal de Pasajeros y tomó la ruta más expedita, sin mucho tráfico, dado el día y por la hora ya de la madrugada. Llegó hasta el lugar. Atendió el servicio, sacó la camilla, los mismos familiares de la enferma le ayudaron a subirla al vehículo. Dejó la puerta trasera de la ambulancia abierta, mientras se regresaba  hacia la puerta del domicilio a que le firmaran una constancia de atención.  Estando  en esa diligencia, vio como su vehículo se movía, arrancaba y de manera brusca emprendía una carrera, en la que la camilla con Yeimi salió despedida hacia atrás y las heridas que no tenía por sus convulsiones, se las propinó el pavimento con la caída brusca y a alta velocidad.

Reyes se confundió. No sabía que atender: si la firma del documento, si ayudar a la paciente tirada ahora en el piso pavimentado, si correr detrás de la ambulancia, si llamar a su oficina. Era la primera vez que le pasaba una cosa de éstas y además estaba solo, lo que no es normal  en esta clase de servicio pues siempre va acompañado de personal paramédico.  Se confundió mucho y vio como el vehículo avanzaba a mucha velocidad y a su paso se iba llevando todo lo que estuviera por delante. Iba en una loca e incontrolada carrera, en la que cada vez ganaba más velocidad.

Al poco tiempo, después de escuchar los estruendos de los golpes contra dos motos que el vehículo atropelló, oyó un ruido más seco y mucho más alto. El vehículo se acababa de detener siete cuadras más adelante en la calle 25 con el número 13-25, donde quedó incrustado  sobre un muro lateral, semidestruyendo la vivienda y habiendo puesto de pie a todos  sus moradores, quienes a esa hora ya dormían en el descanso merecido después de una jornada de trabajo. La casa se movió como con un fuerte terremoto y todos quedaron mirando hacia la calle pues la pared se había destruido. La casa quedó con vista permanente hacia afuera.

Al poco tiempo se comenzó a percibir  un fuerte olor a gas combustible. Por los accidentes de tránsito y el choque contra la casa de habitación, los vecinos del barrio le habían dado aviso a la Policía, al tránsito y a los bomberos. El sargento de bomberos Ancízar Zapata,  comandante del operativo de seguridad,  hizo evacuar todo el barrio Rubén Cruz Vélez por el fuerte olor a gas y el riesgo de una grave explosión, mientras llegaban los técnicos de Gases de Occidente y recomponían la tubería rota en la descontrolada carrera de la ambulancia.

Al momento llegó la policía. El conductor  que había tomado la ambulancia y había emprendido  el desplazamiento caótico  de la misma, permanecía sentado al pie del timón, sin mucha conciencia de donde estaba y que sucedía. La policía le ayudó a apearse. Le preguntaron el nombre y de manera enredada algo dijo. No le entendieron. Le pidieron su documento de identidad. Buscaron antecedentes de esa persona en sus celulares y no los encontraron.  Lo condujeron a la estación de Policía más cercana. No opuso la menor resistencia. Le preguntaban lo sucedido y no era capaz de dar absolutamente ninguna explicación. Sólo atinaba a decir que no se acordaba de nada. Le indagaban si estaba borracho y apenas contestaba: “Borracho… no”.

Llegaron otras ambulancias para  recoger a Yeimi y además  a Luis Eduardo Vargas, conductor de la moto de placas LGA-66E, a quien la ambulancia se llevó por delante en su atropellador  recorrido, así como a otro más de quien no se pudo establecer la identidad. Se los llevaron a centros asistenciales.

El escape de gas fue controlado media hora más tarde y los vecinos fueron llegando de a poco a tratar de recuperar el sueño, sin entender gran cosa de lo ocurrido. Sólo supieron que les habían dado la orden a la una de la madrugada de evacuar sus viviendas pues podría haber una grave explosión y todos volarían en pedazos de difícil identificación. Salieron, corrieron, se alejaron lo más que pudieron , todos ellos en piyama y muchos envueltos en las cobijas por no usar ropa de dormir.

A esa misma hora  Marlon Cabrera fue depositado por la policía  en una celda de estación de policía donde se sentó y se quedó dormido de inmediato. Jorge Brayan Reyes trataba de entender lo sucedido y las preguntas de la policía de porque  había dejado el vehículo sin seguridad y explicaba que se bajó a atender el servicio y que dejó las llaves pegadas del suiche de estarte para no perderlas en la manipulación de la camilla.  Que no supo en que momento esa persona se subió al carro y arrancó como un loco, dejando tirada la paciente en el piso y a él dentro de la mayor confusión.

El miércoles  cuando Marlon logró tomar conciencia de todo, supo que se había embriagado hasta perder la conciencia y que cuando salió del bar, en su camino hacia su residencia encontró una ambulancia estacionada, le abrió la puerta delantera izquierda, vio que las llaves estaban puestas, se subió, la encendió, arrancó y se llevó por delante a dos motociclistas, habiendo dejada  tirada en el piso al arrancar a la paciente Yeimi  Muñoz Londoño. A quien se preparaban para llevar a una casa de salud por padecer convulsiones, rompiendo la tubería de gas domiciliario del barrio y estampillando el carro contra la pared de una casa, que derribó. La ambulancia quedó semi destruida. También arrancó con violencia una señal de tránsito, reguladora de velocidad en el sector.  Y allí paró su loca carrera.

Sipo que no estaba retenido, sino detenido y que ese mismo día lo pondrían a disposición de un Fiscal seccional de Tuluá, Valle del Cauca, quien lo llevaría ante un Juez de control de garantías, le imputarían cargos por intento de homicidio, lesiones personales agravadas, daño en bien público, tentativa de hurto agravado, destrucción de señales de tránsito,  daño en bien ajeno, accidente de tránsito con consecuencias humanas y debería responder por la totalidad de los perjuicios ocasionados, con sus correspondientes indemnizaciones legales, sin dejar de lado las infracciones a las normas de tránsito en que incurrió.

Saber todo eso generó  un caos mental en Marlon  que no entendía como era posible que su beodez hubiese llegado hasta el extremo de apoderarse de un vehículo ajeno, encenderlo, conducirlo, rodarlo descontroladamente  por varias  cuadras causando daños y estrellándolo contra una vivienda, teniendo en cuenta que nunca en su vida había conducido un automotor y que ni siquiera posee licencia de conducción.

Sucedió en una noche que se mueve entre los calificativos  de lo dramático y lo hilarante, que se dio en el amanecer del 12 de septiembre de 2018, en la ciudad de Tuluá, Valle del Cauca, donde han sucedido tantas cosas  que hacen parte de la extraña colección de las extravagancias de los seres humanos.

Adenda punitiva. Ese día quien dijo llamarse Marlon Cabrera, por así decirlo el documento de identificación que portaba, fue dejado en libertad por carencia de salas y de turnos en los juzgados penales municipales para realizar la audiencia de imputación. Cuando las autoridades de policía sometieron sus huellas digitales a las verificaciones de ley correspondientes, se encontraron con la sorpresa de que no se llamaba así sino José Alexis Moreno Acevedo, contra quien estaba vigente una orden de captura por el delito de homicidio agravado. La cédula de ciudadanía era falsa. En horas de la noche fue privado nuevamente de la libertad, ahora con su nombre verdadero y asumiendo la responsabilidad de una conducta que hasta ese instante había pasado desapercibida. También deberá responder por falsedad en documento público y uso de documento público falso. Era capaz de muchas cosas, no solamente de hurtarse una ambulancia en estado de beodez.