Fontur 2018
Otras realidades

“Cuando los relojes de la media noche prodiguen
un tiempo generoso,
iré más lejos que los bogavantes de Ulises
a la región del sueño, inaccesible
a la memoria humana”.

Borges: “El sueño”.

 

 

 

Pablo Felipe Arango

 

 

 

Somos lo que pensamos de manera consciente y también lo que soñamos. Y somos además lo que nuestra mente imagina en momentos de ocio, es decir, somos incluso los devaneos que tenemos cuando estamos despiertos, por absurdos y descabellados que parezcan. La imaginación, “la loca de la casa” como dijo Santa Teresa de Jesús, es otra forma de sueño. Aquellos sueños o devaneos, inconexos, abstrusos casi siempre, ilógicos, no obedecen a los juegos de probabilidades algorítmicas con las que hoy quieren explicar la manera como pensamos los seres humanos.

No parece posible que un computador sueñe, es demasiado concreto, efectivo y práctico para hacerlo. Los sueños son, en principio, una pérdida de tiempo y de energía, pero son también una manifestación humana que nos recuerda la naturaleza de la que estamos hechos: algo sublime y formidable, que sobrevive en una materia endeble y frágil. Todo lo contrario precisamente a la imagen de un computador o de un robot.  Quizá ahí resida nuestra condena y a la vez nuestra salvación: en las paradojas irresolutas de la debilidad y la fortaleza, la inteligencia y la estupidez, la ramplonería y la imaginación. Así vamos, de un extremo al otro, asustados siempre.

Me anticipo a la inquietud de algún lector: sí, están hechos de la misma materia la imaginación y los sueños que nos suceden cuando dormimos. No hay diferencia, y no la hay porque provienen del mismo sitio indefinido, del mismo territorio profundo y oculto que aún no se explica, así se disponga de escáneres que levanten mapas de nuestra actividad neuronal, y porque además están hechos de la misma materia inasible.

Cuando García Márquez firmaba como “Septimus” su columna “La Jirafa” en El Heraldo de Barranquilla, publicó un texto en el que el protagonista Natanael imaginó un juego: soñar que soñaba. Y él, que era experto en sueños y pesadillas, logró soñar que estaba soñando “en una habitación igual a la suya”. La siguiente noche volvió con su experimento, y otra vez “fue diáfano, perfecto: soñó que estaba soñando. Y en la madrugada, se dio ánimos para una nueva incursión para soñar que estaba soñando, que estaba soñando, que estaba soñando… aspiraba a transitar por tres sueños superpuestos”. Con los días Natanael fue ganando confianza y se arriesgaba cada vez más, habiendo llegado hasta el “décimo sueño interior… después de haber pasado por nueve irrealidades idénticas”. Pero un día debió levantarse temprano y puso el despertador, comenzó entonces a deambular de un sueño al otro, del décimo al noveno y así sucesivamente, el caso es que perdió la cuenta debido al ruido del aparato, y Natanael no supo si había despertado o aún andaba en alguna de las realidades.

Antes, mucho antes, el filósofo chino de la escuela taoísta que vivió en el siglo cuarto antes de Cristo, Chuang Tzu, “soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu”.

Menos lejano en la historia, Borges recordó en alguno de sus escritos una nota de Coleridge: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”.  Y el mexicano Augusto Monterroso escribió un brevísimo pero contundente cuento: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

La materia de nuestros sueños sigue siendo un misterio, pero mayor aún lo es la dimensión en la que se surten y la forma del tiempo en el que suceden. Alguien sugirió la posibilidad de que es uno solo el sueño y que no importa quién lo sueñe, pues se trata de un “episodio o fragmento de un solo poema infinito”. Borges, siempre Borges, que fue todos, dijo que la literatura es un sueño y recordó como soñó Coleridge los versos incompletos del Kubla Khan, o Stevenson al Doctor Jekyll; todo al fin y al cabo pareciera ser un nudo de existencias, fantasías y realidades. Yo, entre crédulo e ilusionado, me ciño el cipap que me permite descender algunos grados en la intensidad de mi sueño, esperando cumplidamente la fortuna de tocar otras realidades, como Alicia sentada adormilada junto a su hermana.

 

Manizales, agosto 17 de 2018