18 de abril de 2021
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La mentira está en el aire

7 de agosto de 2018
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
7 de agosto de 2018

Por Hernando Salazar Patiño

El aire juega a las distancias: / acerca el horizonte, / echa a volar los árboles / y  levanta vidrieras entre los ojos y el paisaje. // El aire juega a los sonidos: / rompe los tragaluces del cielo, / y llena con ecos de plata de agua / el caracol de los oídos.//  El aire juega a los colores: / tiñe con verde de hojas el arroyo / y lo vuelve, súbito, azul, / o le pasa la borla de una nube. // El aire juega a los recuerdos: / se lleva todos los ruidos / y deja espejos de silencio / para mirar los años vividos.
AIRE: Xavier Villaurrutia

 

La pureza del aire de la que presuminos en esta ciudad, no es cierta. Cada día se contamina más, cada vez los niveles llegan al límite o lo sobrepasan, respiramos más partículas que afectan nuestra salud,  la calidad de vida se disminuye y a diario comprobamos  que no hay autoridades que reaccionen y que actúen para impedir las emisiones ostensiblemente dañinas, ni normas para impedir y controlar el constante smog, con frecuencia perceptible o para muchos imperceptible, que nos ahoga.

Dan noticias, informes optimistas, cuantitativos y comparativos, para consolar, para tranquilizar a la ciudadanía,  si no es para conformarla, para hacerle creer que como vamos “vamos bien”, y no tiene que prevenirse, ni preocuparse cuando le toca padecer la bocanada de un tubo de escape sobre sus narices, y contempla el humo que asciende y se extiende formando una nube negra de monóxido y dióxido de carbono, que invade el área en la que camina. Solo taparse con el pañuelo o como pueda y hacer apenas el obvio gesto con la cabeza.

Sobre los agentes causantes de esta contaminación, ya hay mucha literatura, científica, mediática e institucional y puede decirse que la conocemos todos, pero conocerla, no es estar, ni hacerse consciente del problema como amenaza inminente, ni menos asumirlo cada uno como cuestión personal, social y vital, de cuidado,  solidaria generosidad con los demás seres humanos y garantía de sano futuro para los que vienen.

Las causas del enrarecimiento del aire en Manizales y su tendencia a empeorar,  están detectadas, y unas son las comunes a todas los centros urbanos de Colombia, que las padecemos sin ser la excepción, y  la misma conformación física del suelo que tenemos, las singulariza, pero otras, son particulares de esta ciudad y me atrevo a decir, de acuerdo con todo lo expuesto capítulo tras capítulo,  casi que exclusivas, de alguna manera excepcionales, por no decir anormales. Y lo son por acción, pero más por omisión.

Hace justo un año (5, VII, 17), un grupo de trabajo académico en ingeniería hidráulica y ambiental de la Universidad Nacional, sede Manizales, “determinó el inventario de emisiones de contaminantes atmosféricos de la ciudad”, de modo técnico, y cuantificaron con cifras lo que los manizaleños llevamos experimentado por años, que  “los buses y los camiones son los que más contaminan el aire” en esta capital. Los primeros con un 47% y los segundos con un 25 % de emisiones de material particulado (PM10).

El grupo, que hace parte del “sistema de vigilancia de calidad del aire”,  está “encargado de monitorear los niveles de contaminación con el ánimo de generar políticas para mitigar los efectos nocivos en los ciudadanos de Manizales”, según se lee. Aparte de la medición porcentual, de una causa es de continua comprobación por parte de los habitantes, el informe deja varias dudas y motiva algunas preguntas. El agente o los agentes del  28 % restante, quedaron sin especificar. Nos lleva a deducir que son las industrias y las motocicletas. Pero sería importante establecer o saber con qué porcentaje contribuyen éstas y si hay otros contaminantes que incidan en la nocividad.

Son cinco las estaciones de SVCA, que suministran información de las partículas contaminantes. Afirman que donde encuentran la mayor “concentración promedio” es en el Liceo Isabel la Católica, con 39 ug/m3 (microgramos por metro cúbico). No voy a discutir la exactitud del dato. No sé cuál es el área en que se toma la muestra. Ni el horario. El parte de tranquilidad, por estar “debajo de la norma nacional anual”,  sí adolece de  ligereza. Esa zona es completamente escolar, por los colegios allí situados y la cantidad de estudiantes que transitan, precisamente, en las horas de mayor tráfico vehicular.

Por cierto, el Parque de Fundadores, tan diferente al bello que fue,  es de muy pobre arborización, como todos nuestros parques, y alrededor del Liceo o junto a los colegios, es más pobre todavía, si es que la hay. Y si el nivel normativo permisible es anual  ¿qué tan estable es, cada cuánto, en qué días, en qué horas, se da esta cifra en este sitio, que es solo un índice promedial? ¿Cuando los niños y jóvenes llenan las calles vecinas y se agolpan los buses, carros y motos para transportar a los que pueden o tienen que abordarlos?

La interpretación de un lego corre el albur, por lo que a propósito del  consolador estado en que estamos, según el informe, porque otras ciudades están peor, me tomo la licencia de traer a Baltasar Gracián sobre las “mentirosas lisonjas”: “… es menester ser uno muy buen lector para no leerlo todo al revés, llevando muy manual la contracifra, para ver si el que os hace mucha cortesía quiere engañaros. …La lástima es que hay malísimos lectores, que entienden C por B, y fuera mejor D por C. No están al cabo de las cifras ni las entienden; no han estudiado la materia de intenciones, que es la más dificultosa de cuantas hay. Yo os confieso ingenuamente que  anduve ciego  muchos años, tan a ciegas como vosotros, hasta que tuve suerte de topar con este nuevo arte de descifrar que llaman discurrir, los entendidos.” (El mundo descifrado, “El Criticón”)

Los sitios en los que están las otras cuatro estaciones, seguro fueron escogidos con un serio criterio, después de una detallada observación, para ser tenidos como los más críticos. Aun así, creo que cada manizaleño tiene los suyos y está en capacidad de señalarlos, porque ha soportado las emisiones y los olores que lo desazonan, sin sopesar qué tanto afectan su salud y en qué medida agudizan los síntomas de la enfermedad que lo aqueja, en especial a los que sufren de los pulmones y del corazón, y en mayor medida, a los que mal que nos pese, estamos en “la tercera edad”.

Como los informes entregados sugieren más de lo que dicen, no dejan mucho margen para saber a qué atenernos, ni alivian al ciudadano responsable que presencia reiteradamente situaciones extremas, y en todo caso las cifras superan las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, seguiré examinándolos, porque el aire está en todas partes y “juega a las distancias”.