13 de abril de 2021
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CUAMA

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
24 de agosto de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
24 de agosto de 2018

Víctor Hugo Vallejo

Su decisión de ser músico en la vida le hizo acatar la instrucción de su padre, indígena wanan, de dormir esa noche, cuando apenas era un niño de siete años, al aire libre, debajo de la marimba de chonta, acostarse sobre el piso, después de haber interpretado las tres canciones que más le gustaban en ese instrumento, dejar las baquetas encima de la marimba y conciliar el sueño. El duende llegaría en cualquier momento, interpretaría las mismas tres canciones y se iría. Cuando eso sucediera sería su bautismo como músico. Ahora recuerda que fue mucho el temor que tuvo de dormir al aire libre, en el campo, solo, en medio de los ruidos naturales de la noche, con gran oscuridad, aunque sin frío pues estaba a orillas del mar. Dice que el duende llegó a la madrugada, cuando ya la noche se estaba despidiendo y que cuando los primeros gallos cantaron el amanecer, se fue y nunca más volvió a tener contacto con él. No lo vio, lo sintió. Lo oyó y fueron las mismas canciones con que había despedido la noche. Al salir el sol tomó la marimba en sus manos y se entró a la casa. Su padre ya estaba levantado. No le preguntó nada. Supo que el niño había atendido su pedido de dormir a la intemperie, bajo la luna, esperando al duende para que algún día llegase a ser un verdadero músico, un maestro de la marimba de chonta. Y lo fue. Cierto que se ha debido ganar la vida en otros muchos oficios, hasta lograr una pensión de vejez, pero la música siempre ha estado presente en todos los momentos de su existencia, que ya suma 70 años.

Nació en la vereda El Tigre, a orillas del río Raposo, en medio de una comunidad de negros a la que alguna vez llegó un indígena de Nariño, quien se enamoró de la negra Bernardina y un día decidieron ser familia. Ese muchacho de piel cetrina, de pelo muy liso y ojos muy abiertos supo desde un comienzo que los miembros de la comunidad negra de la mujer en la que puso su mirada, sus emociones y sus ansias de ser amado, le dedicaba mucho tiempo a la música, pero muy especialmente a tocar la marimba. Se propuso aprender a tocar ese instrumento de tabletas de madera que van amarradas a un armazón horizontal y que son de diferentes tamaños, desde la más larga en el extremo izquierdo, hasta la más corta en el extremo derecho y que van produciendo sonidos completos de la escala musical al ser golpeados con baquetas o palos del mismo material. Y aprendió y tocó muchas veces, hasta el punto de que lo reconocían como uno de los miembros del clan de ébano.

José Eloy Cuama Tenegal, de la comunidad saija, de la familia de los wanan, en el departamento de Nariño, un día se fue en busca de subsistencia por las mismas costas del mar Pacífico, hasta llegar a la vereda el Tigre, en jurisdicción del Municipio de Buenaventura, a doce horas en canoa. Allí aprendió agricultura y pesca y supo que la felicidad estaba al lado de Bernardina Rentería, con quien tuvo varios hijos. Uno de ellos fue Baudilio, quien a escondidas le bajaba la marimba que mantenía colgada de la pared, previniendo que una crecida del rio Raposo no se la fuese a estropear. El niño con la ayuda de alguien más la bajaba cuando su padre salía a pescar y al ver la creciente del mar, entendía que el progenitor ya llegaba, la colocaba en su sitio y como si nada hubiese pasado. Baudilio siempre creyó que su padre no sabía de esa pilatuna, pero no era más que una complicidad procurada, hasta cuando en alguna ocasión se sentó con el muchacho y lo interrogó si era que la música le interesaba. Le dijo que si y entonces lo sometió a la prueba de dormir al aire libre, junto al duende, debajo de la marimba. Si superaba esa prueba sería músico. Pero de todos modos había que estudiar algo más. Por eso fue al Instituto Matías Mulumba, allí en la vereda, centro en el que se formaron muchos porteños gracias a la iniciativa de Monseñor Gerardo Valencia Cano, quien siempre confió en la educación como un elemento sustancial de la promoción social. Allí aprendió mucho sobre agricultura, pesca y de otras tantas materias que le abrieron la mente y le mostraron el camino interminable de la creación de los artistas.

Mientras cursaba su educación formal, no abandonó la música. No fueron pocas las veces que debió remar por doce horas, rio arriba y rio abajo, para asistir a los ensayos del grupo musical del que hacía parte, con su marimba y los demás instrumentos ancestrales del Pacífico. La música la ha llevado pegada de la piel. No puede vivir sin ella. Ni siquiera los golpes fuertes de la vida lo han hecho cesar en su decisión de mantener este arte como la vía de todas las posibilidades.

Vive en el barrio Viento Libre, una de las zonas de mayor debilidad en seguridad ciudadana de Buenaventura, en la calle Piedras Cantan, donde hizo su casa y en donde ha sido padre de nueve hijos. Cinco de ellos también le han seguido por el camino de la música y la marimba. Dos de ellos ya se fueron de la existencia en medio de un craso error de interpretación torcida de la realidad. Los muchachos habían decidido enseñarles a tocar la marimba a varios agentes de Policía, con el fin de que les sirviera como herramienta de socialización con los jóvenes en alto riesgo. Los miembros de una banda criminal consideraron que Alexander y Jiminson, los hijos de Baudilio Cuama, estaban delatando conductas delictivas. Por eso los mataron. Fue un golpe seco en los sentimientos de Baudilio y muchos pensaron que hasta allí llegaba su carrera de maestro de música, pero se equivocaron, más se aferró a ella y ahí sigue. Sus hijos ya habían sido ganadores del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez que cada año se celebra en Cali. Tenían un enorme talento y la misma convicción de su padre de que el arte es el camino de la paz. Sigue en el mismo barrio, en la misma calle, en la misma casa y sigue trabajando con los niños en la música, en la marimba, en los bongós, en los tambores, maracas, güiros, bajos y guitarras.

El maestro Cuama es un ejemplo de lo que es aferrarse a los saberes ancestrales y a la cultura de su tierra. Siempre ha estado ligado a ella, y ni siquiera esos golpes vitales le han impedido ser el gran maestro de oportunidades para muchos cientos de muchachos que en Buenaventura han contado con su apoyo, su guía, su enseñanza, no sólo como músicos, sino como fabricantes de instrumentos, pues la lutería es otra de las líneas en las que ocupa a esos jóvenes que solamente tienen oportunidades en la violencia y el crimen.

Baudilio Cuama Rentería ha sido la gran figura del XXII Festival de música del Pacífico Petronio Alvarez que acaba de cumplirse en Cali durante cinco días. Le rindieron el homenaje debido, en vida, cuando las personas se enteran de sus valores, de sus representaciones, de sus significados. Con la humildad de siempre, vestido con las mismas ropas blancas y el sombrero de paja brusca, recibió el reconocimiento y los aplausos interminables de miles de asistentes a la ciudadela donde ahora se desarrolla el Festival que se ha convertido en un verdadero símbolo de la capital del Valle del Cauca. Hijo del indígena José Eloy Cuama y de la negra Bernardina Rentería, su gran orgullo es la tarea formativa con capacidad de aislar del mundo del delito a los niños y jóvenes que llegan a su escuela todos los días para seguir golpeando la marimba y aprendiendo a fabricarlas con el palo de chonta, que se cosecha en los manglares y que debe ser secada al sol durante seis meses.

El Festival Petronio Álvarez comenzó siendo una simple muestra de los saberes musicales ancestrales de la costa Pacífica , por allá en 1996, cuando siendo Gobernador del Valle del Cauca German Villegas Villegas, le pidió a su secretario de cultura, el antropólogo German Patiño Ossa que organizara un evento en el que se pudiesen mostrar las riquezas culturales propias de la zona del litoral para que tantos talentos invisibles fuesen conocidos y le entregasen a muchos lo que sabían hacer pero que nadie conocía.

Patiño, excelente escritor, folclorista y amplio conocedor de las cocinas colombianas, especialmente las del Pacífico, organizó el Festival y con el mismo comenzó por rendirle homenaje y reconocimiento a uno de los grandes creadores de esos ritmos como fue Petronio Álvarez, quien nació como Patricio Roman Petronio Álvarez Quintero en Buenaventura el 1 de noviembre de 1914 y murió en Cali el 10 de diciembre de 1966, en el barrio San Nicolás, donde se había residenciado, destácandose como un gran compositor de música ancestral de esa región, pero sin haber sido ajeno a ritmos como el tango, el bolero, la balada, el bambuco, el torbellino que también fueron materia de su creatividad.

Petronio Álvarez de alguna manera era de conocimiento de los especialistas en música y folclor, pero una figura desconocida para el grueso del público. Su valor y sus aportes al folclor Pacífico fueron grandes. Rendirle un homenaje con un evento fue apenas de justicia. El primer festival se cumplió en las calles del Paseo Bolívar y la plazoleta del CAM, en donde hubo presentaciones con escasos público y pocos consumidores para las muestras gastronómicas que también se hicieron. Quienes asistieron regaron la voz de lo interesante del evento y para la segunda versión creció la audiencia.

En las primeras ediciones llegaron músicos, cocineros y artesanos de Guapi, Timbiquí, López de MIcay, Buenaventura, Puerto Merizalde, Casambre, Yurumanguí, Anchicayá, Bajo Calima, Palestina, Bajo Chocó, Condoto, Istmina , Nóvita, Tadó, Sipí, la provincia de Chitará, Nuquí, Bahía Solano y Pizarro. Marimbas, Conunos y Guatos fueron los instrumentos usados en los comienzos.

Del Paseo Bolívar, en el centro de la ciudad, se pasó luego al espacio de las canchas Panamericanas, donde el Festival fue cobrando mucha más fuerza hasta 2008, cuando una tutela impetrada por vecinos del sector, que consideraban violado su derecho a la tranquilidad hogareña, consiguieron que un juez de la República ordenara el traslado del evento a la plaza de Toros de Cali, donde estuvo hasta el 2010, realizándose el siguiente, en el 2011, en el Estadio Pascual Guerrero. Hubo lleno total de un escenario para más de 40.000 personas. Ya hubo dificultades con las muestras gastronómicas y artesanales, así como de los actos de conferencias y foros. Se pensó, entonces, en que se hacía necesario tener un espacio más amplio y complejo donde cupiesen todos los actos que cada vez iban creciendo. La aceptación masiva del público hizo que el Festival se consolidara de tal manera que se hiciese irreversible en su realización. Por eso a partir del 2012 se formó temporalmente lo que ha dado en llamarse la Ciudadela Petronio Álvarez, teniendo como escenario central el Coliseo del Pueblo y sus alrededores, donde se reúnen todas las muestras de una rica cultura que desde la música aglutina muchas formas de vida.

El Petronio ya es una marca de Cali. No sería posible concebir la ciudad sin este evento en el que se dan a conocer todas las manifestaciones culturales de la costa Pacífica, a la que ya se han vinculado todas las regiones que de alguna u otra manera tocan con esa zona. Ya se hicieron necesarias las selecciones previas, pues no hay posibilidad de aceptar a todos los que quieren participar. En música hay eliminatorias regionales y los mejores llegan al acto central. En cocina sucede igual, así como en artesanías y otras muestras ancestrales de lo que es esa región de la que muchos hablan pero pocos conocen.

Las entidades del Estado, muy especialmente la Alcaldía de Cali, se han hecho cargo de la financiación y por eso la entrada a todos los espectáculos es gratuita. No se restringe el ingreso de nadie. Hay espacio suficiente para bailar todo el tiempo, elevar pañuelos blancos al aire y agitarlos en el ritmo de lo que es una alegría que se va contagiando, se va como pegando al cuerpo, que vibra y se mueve sin importar la edad del espectador. Cuando se mira la masa de asistentes es como si fuese una ola líquida que va de un lado para el otro, acompasada a lo que va diciendo la marimba o las muchas marimbas que allí se escuchan, sin que falten los violines caucanos que pueden ser los tradicionales, o los que se elaboran con tacos de guadua y suenan con la misma exquisitez de cualquier violín de marca.

El negro es vida, comida, sabor, música, sonido, baile, alegría, emoción. Todo eso se junta en la ciudadela Petronio Álvarez en Cali, todos los años, en el mes de agosto, durante cinco días, en los que se baila y se goza y se consumen, además, licores ancestrales como el viche, el curao, la tomaseca, el tumbacatre y el arrechón. Todos de alguna manera extraídos de la caña de azúcar, del agua de coco y otros líquidos dulces que muchos frutos de esa zona tórrida y húmeda genera. El viche es el más común de esos licores y no faltó el avivato que quiso apropiarse de su fórmula y de su marca, habiendo intentado un registro ante los entes de patentes intelectuales para no permitir su libre circulación, sino aprovecharse de una marca propia que le enriqueciera en una sola temporada. En este año hubo la amenaza de no poderse comercializar el viche como licor ancestral por ese registro, que realizó un politiquero de pueblo que ni siquiera conoce el mar. Hubo quien defendiera los intereses de las comunidades y ese caza y compra votos, se quedó con las ganas de lucrarse de lo que no es de él y lo que ni siquiera saber fabricar. Lo que patentó fue apenas un nombre y lo creyó suficiente. Cuando las comunidades lo supieron, le hicieron el escandalo en el que su nombre quedó en su plata.

En el Petronio hubo alegría y se demostró como se vive un gran evento sin actos de violencia y agresiones y le rindieron el merecido homenaje a Baudilio Cuama, quien durmió alguna vez al aire libre esperando al duende que le confirmara que sería músico, maestro de la marimba, por toda la vida. El Festival de Música del Pacífico Petronio Älvarez en Cali, es vivir de una manera de ser de los negros del litoral ancestral.