16 de diciembre de 2018

Son mis sonidos

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
20 de julio de 2018
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
20 de julio de 2018

Pablo Felipe Arango

Va el inventario, más o menos a las cinco y media de la mañana: las campanas de una iglesia lejana; una canción de Camilo Sesto que parece provenir de la panadería que recién abre el dueño (un hombre de treinta años, de gustos atrasados); el motor de una buseta repleta de trabajadores y oficinistas; una motocicleta que a toda velocidad lleva a una pareja orgullosa de su propiedad, ella de falda azul estrecha, más arriba de donde lo permite la jefe de personal; los gritos de un entrenador de fútbol que exige cada vez más a sus jóvenes, mientras sueña con jugar el partido de su vida que probablemente no llegará nunca; una mirla y una gallina ciega que anuncian el inicio de su propia noche; la conversación de Don Israel, que animadamente charla mientras abre su puesto de dulces con la Señora que vende tintos y buñuelos a los trabajadores que van camino a la obra o a los que hacen cola en la eps de la esquina; las noticias que brotan de un pequeño radio que lleva colgado al cuello una barrendera, de labios pintados, pelo cogido en moña y que concentrada limpia la calle.

Estoy, como vulgar voyerista de sonidos, parado junto a la ventana. Funjo de registrador de la calle y de los instantes que conforman una obra de la que ninguno es consciente, aunque tal vez sí la mirla y la gallina ciega. Quién sabe.

El día está comenzando y los sonidos van llenando rápido el silencio que pareciera existir en la noche. Pareciera, porque si se aguza el oído más temprano, se percibe un rumor extraño, como de motor en marcha constante, un sonido que no solo es imposible identificar, sino que además pareciera provenir de la nada. Hace pocos días una mujer, de un edificio vecino, declaró a la prensa, y denunció, no poder dormir debido al ruido provocado por algún establecimiento cercano, se quejó ante las autoridades que diligentemente hicieron los análisis del caso y las mediciones, pero nada. Formularon amables conjeturas como evitando declarar otra cosa. El maldito ruido no lo identificaban y yo creo además que los funcionarios no lo percibieron. Parados junto a la ventana, al amanecer de un día cualquiera, acompañaron a mi vecina, que desesperada, con un dedo al aire, les señalaba lo que ella sí escuchaba: el rumor del motor, el maldito rumor indefinible, etéreo, extraño, que, a decir verdad, yo también escucho a veces.

En un breve cuento de Luis Fayad, “Música privada”, un personaje visita al constructor encargado de una obra en la que se ha venido empleando una sierra eléctrica, el hombre lo hace porque sabe que por fin la construcción ha terminado, pero llega a pedirle al trabajador que, al menos una mañana más, haga sonar la sierra, pues está componiendo una sinfonía y le falta un día para concluirla. La vecina no entiende que puede componer la suya.  No hay motor, ni sierra, solo el misterio de todos los centros, el Uno cósmico (Hamvas).

Los sonidos, como los colores, si bien tienen una explicación física, existen realmente en nuestro cerebro, son nuestra propia creación.  Los “Conciertos de Brandenburgo” o las breves composiciones del “Pequeño libro de Anna Magdalena”, son no solo una formidable creación de Bach, sino además la obra de cada oyente. Los sonidos de mi calle son mis sonidos, todo lo que escucho soy yo mismo.

No sabemos por qué canta la mirla, no lo sabremos nunca, a pesar de que sentimos que su canto es puro y libre. Relata Béla Hamvas que en Islandia los cisnes comienzan a cantar en determinados y misteriosos periodos, parece que antes de su muerte, y dicen los islandeses que quien los escucha “conoce todo aquello que hasta entonces desconocía y olvida cuanto sabía”. No sucederá tanto desde lo alto de mi ventana, pero es agradable sentir que el día comienza de nuevo. No es poca cosa, como escribió Chesterton: “En un tiempo de escépticas polillas/ y de cínicos óxidos, y de vidas cebadas y hastiadas de dulzor/…/ Benditos sean nuestro oídos pues ellos escucharon/…/Dejemos que el relámpago y el trueno/descarguen sobre el hombre, y la bestia, y el pájaro. / No ha sido poca cosa haber vivido”.

Y estar viviendo, como Don Israel, la barrendera, el panadero, la mujer de la falda azul, el bullicioso busetero y los de la cola de la eps.

 

Manizales, 20 de julio de 2018