28 de febrero de 2021
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NOSTALGIAS

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
6 de julio de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
6 de julio de 2018

Víctor  Hugo Vallejo

Es como tener la sensación de que los recuerdos se te borraron y te vas quedando sin memoria. Pero no es que se te hayan borrado, es que te los borraron a través de eso que llaman progreso, que va convirtiendo el silencio en bullicio, la tranquilidad en caos y la paciencia del andar lento en el tráfago apurado de estar de un lado a otro evitando tropiezos. Los espacios siguen conservando algunos distintivos que logran la identificación con lo que se tiene en la memoria, pero las enormes modificaciones que todo ha sufrido, te llevan a pensar que estás en otro lado bien diferente de  aquel que  era el propósito visitar. Ya nada es  lo mismo. Son los apegos afectivos los  que mantienen la idea de estar en el lugar donde se desarrollaron tantas circunstancias infantiles, de adolescencia y de construcción de vida  que luego debió concretarse en otras  geografías.

Volver después  de una ausencia de más de treinta años,  no es repetir lo que se tiene en la memoria, sino la adquisición de nuevas visiones que se van ampliando en la medida en que identificas que  eso no fue lo que fuiste a ver. No es ni bueno, ni es malo, es diferente. Sencillo: no es lo que se conserva en los recuerdos, por tanto estos deben quedarse en calidad de tales  allí en esos afectos profundos que se tienen por  los espacios y los tiempos  de formación.

Antes se podía caminar por la calzada, sin riesgos de accidentes de tránsito. Ahora se tiene que hacer por los andenes que siguen en la misma breve dimensión de siempre, aunque con peligrosas irregularidades y pésimo estado de mantenimiento. El espacio de la acera hay que disputarlo con muchos otros peatones que tienen el mismo paso rápido y de constante apuro de los citadinos, que estorban y casi atropellan, porque hay demasiada gente para el mismo espacio de muchos años atrás.

Ya el comercio es de una gran dinámica, en la que el caos y la informalidad en el manejo del espacio público  es total. Cada quien exhibe sus mercancías  como quiere y no se toma la molestia de indagar si con eso puede causar dificultades a los demás, incluso a quienes pueden ser clientes potenciales.,  De todo hay en abundancia, porque si alguien montó una panadería, estas se multiplicaron, con el resultado de que todos tienen clientela.

Los sitios emblemáticos  de antes ya desaparecieron.  El Club Santana no es más que un local en la parte interna de un pequeño centro comercial, abandonado, donde no opera nada y en el que la oscuridad y los insectos de gran tamaño se dan la gran vida.  Las carreras 4 y 5 ya no son residenciales. Todo es comercio. La construcción se adelanta  al estilo y el querer de cada quien, en un extraordinario desorden urbanístico, con el resultado de un paisaje agresivo, feo, antiestético, en muchos casos con el peor de los gustos, con el que se llevaron por delante la arquitectura cafetera de las viejas casonas de bahareque con balcones y  puertas de colores y algunas de las que se conservan las han pintado a manera de pueblos mexicanos, lo que no corresponde con lo que ha sido el modelo urbano de la tierra del café. El cemento, el ladrillo y el mal gusto arrasaron con la estética tradicional de los balcones y las ventanas con postigos.

El tránsito vehicular es abundante y con las mismas características de caos. La contaminación móvil es más asfixiante que la de las grandes ciudades porque los espacios son más reducidos. Queda la sensación de que hay más motos que gente y se estacionan en cualquier parte, ocupando las estrechas calles convertidas en parqueaderos gratuitos, a más de sus burdas emisiones de gases contaminantes que colaboran con las que emiten las busetas de servicio urbano.  Al llegar a casa  se detecta la piel llena de partículas de carbono y la molestia nasal de respirar kerosene en cada minuto.

El ruido es ensordecedor. Muchos  equipos de sonido que anuncian diversos productos o hacen sonar canciones modernas, de esas del peor gusto, pues  es lo que se llama música urbana, que no es más  que un ruido desechable.  Caminar ya no es la delicia de antes, cuando nada quedaba lejos. Ahora no hay por donde caminar, por la abundancia de gente en la calle y las agresiones constructivas en que se ha incurrido. Es como que no existiera la menor planeación  urbana, en lo que necesariamente se detecta una violación legal, pues las normas de regulación territorial son de orden nacional.  Cualquier evento  que se organice con cualquier motivo,  con su sonido desbordado y sus largas duraciones,  se apodera del ambiente en su totalidad, se quiera o no se quiera participar.

Ya no está  “El Chispero” de Rafael Bermúdez, donde  la música con mucha poesía acompañaba tantos buenos tragos; ya no está el bar de Augusto Chica Valencia,  en el que cualquier grabación era encontrada en menos de un minuto y sonaba a manera de aprendizaje de coleccionista; ya no suenan los tangos en “Pénjamo”, se acabó, allí ahora venden pan; ya la Iglesia que destruyó el fuego  fue reemplazada por una fría mole de cemento  que apenas exhibe la gracia de unos vitrales recuperados, pero en la que lo barroco le dio paso a unas frías paredes blancas carentes de semiología; ya Siracusa es un lugar abandonado, cuya entrada fue  tapada visualmente  mediante la construcción de muchos edificios  realizados sin control, ni vigilancia del Estado; ya no están los Teatros Robledo y Granada, sencillo: ya no hay teatros, los videos los mataron;  ya no está el  Estéreo de “Cumbamba”, donde vendían tostadas calientes a toda hora y se podía disfrutar de un buen aguardiente oyendo a Mozart o a Bach, el lugar donde nos enseñaron a apreciar la música universal; ya los colegios tradicionales son otra cosa; ya la gente es inmigrante  de  pueblos vecinos; ya no hay tantas cosas que  apenas son el contenido de las nostalgias de quienes  nos hicimos  un camino teniendo como punto de partida a Anserma.

Emociona hasta el fondo encontrar que la semilla de unos muchachos locos de hace muchos años en un movimiento cultural que no buscaba más que hacer algo diferente y de otra manera, haya dado los frutos que ni siquiera se imaginaron, pues de esa poesía, ese teatro, esa música, esa narrativa incipiente se pensó que había frutos individuales fuera del pueblo, pero que no había quedado ninguna germinación en ese espacio geográfico. Producto de esa huella dejada por esos muchachos de pelo largo, que ahora son unos señores serios, muchos jubilados  y medio patriarcales, es  el movimiento cultural ansermeño, que de  nuevo  luce fuerte y está produciendo buenos frutos con poetas, escritores, dramaturgos, músicos, pintores, bailarines, conferencistas, investigadores.

El centro de ese desarrollo cultural  es la Biblioteca Pública Municipal en cuya dirección está una mujer dinámica, creativa y  con una gran capacidad productiva, como es Martha Cecilia Restrepo Restrepo, quien en los últimos años se ha convertido en editora y le ha dado cabida a muchos textos de autores locales, quienes están rescatando  los saberes ancestrales y la historia, aunque sin la crítica y cuestionamiento que deben tener la colonia y la conquista, que en esa región causaron graves daños a comunidades aborígenes que nunca se repusieron de los golpes de atraco y asesinato de que fueron objeto. Valdría la pena que la historia de Anserma se siguiera contando, pero sin mantenerse en la tradición de rendir homenaje a los supuestos fundadores que no fueron más que asaltantes de las riquezas minerales que se llevaron a manos llenas, pero que causaron daños irreversibles en lo cultural. La historia de esa región de Colombia se debe construir desde lo indígena, no desde un personaje oscuro y de pasado  aún más oscuro como Robledo. Martha Cecilia, además, ha procurado  un movimiento de danzas  folclóricas de mucha fuerza. Es un verdadero motor cultural de su ciudad, con sede en lo que antes fue el edificio de la Normal de Señoritas, cuyo interior se conserva de la mejor manera, aunque externamente es una imagen poco estética, genera la sensación de abandono.

Es un Anserma muy distinto, sin que sea más bueno o más malo que el de antes, sencillamente ya no es el mismo de la memoria de tantos que emigraron en busca de la vida y regresan de cuando en vez para verse con los amigos, con aquellos que regresan, a pesar de que  casi todos vuelven a alojarse en hoteles y cuando una persona en su pueblo natal se hospeda en un hotel es porque ya es un extraño, pues de los pobladores actuales  nadie los reconoce.

El motivo de esas nostalgias no era  hacer repaso de recuerdos y memorias materiales, era, precisamente, ver a los amigos de infancia, aquellos con quienes se compartieron bancos en la Escuela “Antonio José de Sucre”, que tampoco existe,  de las actividades culturales de “La Reja en el aire”, de los bailes en el Club Santana, de la comida en la noche en la olla de Don Antonio en el parque Principal, que luce agradable, pero sin la presencia majestuosa de árboles de gran alcance, apenas unas breves palmas que adornan  con timidez.

Hace algún tiempo crearon un grupo en redes sociales que comenzó por  contarse los mismos chistes malos que circulan diariamente, los videos que repiten hasta el cansancio y las imágenes de agresiones  que se generan en lenguajes cifrados, hasta cuando alguien hizo la sugerencia de volverlo útil y respetable y adelantar desde esa convocatoria tareas de apoyo solidario a favor de causas que se radicaran en el mismo pueblo. De esa manera han hecho muchas cosas. Es el grupo de Wathasp Generación 45-60.  Y además se propusieron hacer a mitad de año un encuentro  con los actos de entrega de las ayudas y de reconocimiento a esas personas a las que apoyan, que en casi todos los casos desconocen. Nos invitaron a acompañarlos y decidimos que después de más de treinta años volveríamos  a traer a presente los recuerdos. No sucedió, pero si se dio la oportunidad de ver a viejos amigos, que ahora son más amigos y por supuesto más entrañables.

Encontrarse con los mismos seres humanos de entonces, hizo saber que la memoria estaba intactas y que los recuerdos que debe conservar el hombre deben ser los emocionales, no los materiales, aquellos que van unidos a quienes  compartieron tantas cosas del comienzo de la existencia y eso quedó en ellos de tal manera que con mínimos gestos y algunas facciones que se logran conservar, como la mirada, el tono de la voz o los gestos, permiten hacer las tareas de reconocimiento.

Fue volver a abrazar  al hermano de vida Aníbal Gamboa Zapata, con quien nunca se ha perdido la unidad de comunión  con ideas y proyectos creativos; fue ver y abrazar a Martha Lilia y Lorena; fue  re-conocer a Guillermo Marín Maldonado, con quien se compartieron  clases teniendo al frente a su tío Luis Felipe Marín, que no por tío era menos severo con él, como lo fue con todos nosotros, a quienes más de una vez nos maltrató materialmente, pero a quienes nos dio las bases intelectuales de  lo que pudimos llegar a ser; fue ver a Oscar Cardona, con el mismo entusiasmo juvenil con el que siempre ha hecho las cosas que conserva, al punto de olvidarse de sus dolencias con tal de cumplir con los deberes que se ha auto-impuesto; fue volver a ver a Jaime Cardona, de quien se nos habían perdido hasta las noticias: fue saludar, abrazar y compartir  afectos comunes con Carlos Germán y Cesar Augusto Arrolas noticias: fue saludar, abrazar y compartir  afectos comunes con Carlos Germr con los deberes que se ha autoésar Augusto Arroyave, con quienes el cariño jamás ha sufrido grieta alguna:  fue abrazar a Álvaro Montoya Merino, con quien siempre se conversa de la mejor manera y con quien siempre al final de la charla queda únicamente el deber de volvernos a ver, pues seguimos siendo los mismos desde siempre:  fue encontrar a Octavio Giraldo, quien volvió después de recorrer muchos caminos, con el entusiasmo de hacer mucho por la conservación del medio ambiente;  fue reencontrar  a Lucho Cuartas con su constante defensa cerrada de los ritmos colombianos, de los que tiene muchas composiciones;  fue saludar con alegría   a Pelusa Giraldo y Pelusa Castaño;  fue saber en tiempo presente de  Darío Usma Porras,  a quien nunca le alcanza el tiempo para contar todo lo que lleva en su memoria, especialmente relacionado con  la historia local de Anserma, ahora dedicado a la investigación  de la cultura Umbría; fue volver a saludar a Guillermo López, quien no tenía surcos de vida en el rostro cuando lo dejamos  de ver, pero sigue siendo  el mismo amigo de infancia que compartía todo con nosotros; fue tener la ocasión de ver después de muchos años a Benigno Marín, ahora convertido en un docente pensionado, luego del manejo de muchas fórmulas químicas en la enseñanza; fue hablar con Gabriel Rodas, compañero  de tempranas inquietudes culturales;   fue ir de abrazo en abrazo, de recuerdo en recuerdo  y saber que si físicamente no somos los mismos,  en lo que hicimos y alcanzamos a ser  nos reconocemos.

Fueron del orden de 200 seres humanos que se reencontraron  en la realización de causas comunitarias, con el esfuerzo económico grande, mediano o pequeño de todos y un motivo para aplaudir a Guillermo Marín y Oscar Cardona  que se la pasaron trabajando más que antes de jubilarse, pero lo hicieron con el gusto de estar felices aunque cansados en determinados momentos.

Las nostalgias  no tuvieron el contenido geográfico que  de pronto se imaginaron en un comienzo, terminaron siendo lo que deben ser: humanas, saberse vivo y saber que mientras se respire habrá ocasión de repetir esos abrazos y volverse a ver alrededor de una buena tasa de café orgánico,  producido en esas mismas laderas, donde ahora se trabaja a favor de la naturaleza, con el cuidado que se tiene por la tierra cuando siempre se ha vivido de ella.

Volverse a ver, saludar con un signo de interrogación en el rostro para que el otro tenga la necesidad de decir quien es, pues el paso de los años ha mellado las líneas de identificación facial, abrazarse y casi  estar de nuevo en los años infantiles y juveniles, alrededor de un muy buen café, como el que ahora se toma allí, es tanto como decir que las nostalgias del ser humano no se ubican en materialidades, sino en los afectos que se crearon hace muchos años y han resistido el paso del tiempo.

Volver después de tanto tiempo, es reconocerse.