Fontur 2018
“Las campanas doblan por mí”

Por Augusto León Restrepo.

Nos sentimos abochornados por los acaeceres de la cotianidad colombiana. La muerte, esa eterna presente, se ha empoderado de nuevo de unas víctimas que claman al cielo. Los líderes de las comunidades de la ignota Colombia, los reclamantes de los justos derechos que les fueron confiscados por los paramilitares o por las guerrillas, aparecen baleados en oscuras encrucijadas. Y los campos y los lejanos pueblos, vuelven otra vez a cubrirse de la sangre de quienes solo han tenido su voz como arma para enfrentarse a los malvados. No puede ser que la Señora Muerte, ante la indiferencia o la complicidad silenciosa del tejido social colombiano, regrese a  establecer sus dominios. Los muertos de ahora, como los de antes, los de siempre, no pueden ser trofeos de los intolerantes ni de los sembradores del terror. El Estado, que no el gobierno, tiene que responder por los inmolados y poner todo su engranaje coercitivo  y protector para que no se repita la historia dolorosa, que ya creíamos superada.

Yolanda Ruiz, Directora Nacional de Noticias RCN, ha escrito una doliente página en que lapida la violencia contra cualesquiera de nuestros prójimos, por las causa o las motivaciones que fueren. Su imprecación la basa en un poema del inglés del siglo  XVI John Donne, rescatado en un cartel por unos jóvenes franceses que salieron a las calle a encender una vela por los muertos y por la vida, según cuenta Yolanda Ruiz. “Las campanas suenan por mí. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad. Por eso nunca preguntes por quien doblan las campanas: doblan por ti. Las campanas suenan por mí. Y es así cuando muere un líder social y también un policía, un periodista, un soldado, un ladrón, un guerrillero, un campesino, un niño, una mujer, un anciano, un político de izquierda o de derecha”.

Sí. Cómo se estruja el corazón cuando en las pantallas aparecen los desfiles mortuorios con los cadáveres de los líderes sociales, de los ejecutados por los infames asesinos. O sus ataúdes en la velación de sus despojos en las humildes salas de sus casas. Solo un Cristo funerario preside el conmovedor cuadro. Siempre nos hemos preguntado como es la sangre que corre por las venas de los verdugos, fría dicen que es, o lo que se anida en sus mentes para que el impulso homicida se concrete. Y cómo laceran las lágrimas de las viudas y de los huérfanos, de sus prójimos y dolientes, que se quedan sin sus faros y sus guías, “personas reconocidas en sus comunidades que se atrevieron a pensar y a pelear por sus derechos y por eso las mataron”.

Y hay quienes justifican esas muertes. Ignominioso. Porque “algo estaba haciendo”; “murió en su ley porque sería un delincuente”; “quien lo manda a meterse en problemas”; “eso le pasa por no comer callado”. O el afrentoso “no estaría recogiendo café”, que alguien se encargó de pronunciar cuando los falsos positivos. Sí Yolanda: como que si existiera la pena de muerte de facto, como si protestar fuera un delito o como si le diéramos permiso a los violentos para que ejecuten a los que consideramos indeseables: “Eso de encontrar razones para que no nos preocupe la muerte de seres humanos porque los consideramos delincuentes, revoltosos, indeseables, es una pérdida del sentido de humanidad y un desfase grande en el concepto de lo que se entiende por una sociedad civilizada y democrática”.

El Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz, Indepaz, nos ofrece estas desalentadoras cifras. Hasta el 4 de julio de 2018 habían asesinado a 123 líderes o defensores de derechos humanos, mucho más que en 2016 y 2017, en un 87% ocurridos en medio de conflictos por la tierra, el territorio y los recursos naturales. Esto explica por qué los líderes o defensores de derechos humanos asesinados hacían parte  de organizaciones campesinas, juntas de acción comunal o asociaciones étnicas. Ante esta dura y golpeante realidad es al Estado, a sus representantes actuales y a los que llegan, a quienes les corresponde la ímproba tarea de parar la vil cadena de atentados que van contra el meollo de las reivindicaciones de las poblaciones mas vulnerables: la vida de sus líderes naturales. Y todos sin excepción debemos ser solidarios, si no queremos que regresen los tiempos de la guerra y de la desolación.