9 de diciembre de 2018

Jorge Arango Mejía

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
20 de julio de 2018
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
20 de julio de 2018

Por: Gustavo Páez Escobar

Con el fallecimiento de Jorge Arango Mejía, el Quindío pierde a uno de sus líderes más destacados en los campos social, político y jurídico. Siempre estuvo atento al desarrollo de la región y se convirtió en censor implacable de los errores cometidos por los gobiernos locales.  Enfocó sus críticas contra los actos de corrupción de los alcaldes de Armenia. Y atacó el desgreño administrativo que sufre la ciudad con la invasión del espacio público y con otros puntos esenciales que frenan su progreso.

El 10 de junio, en su último artículo de prensa, decía: “Armenia pasa por la peor situación de su historia: nunca la ciudad había caído tan bajo. Tener el alcalde en la cárcel, acompañado por algunos de sus colaboradores más cercanos; y dos exalcaldes en similar situación, causa vergüenza”. El deterioro moral del Quindío le producía indignación. Jorge Arango Mejía era, por encima de todo, ciudadano de intachable moralidad. La reciedumbre de su carácter lo llevaba a señalar los desaciertos de frente, sin dobleces ni medias tintas.

Se graduó de abogado en el Externado de Colombia. Poseía vasta cultura humanística, como da cuenta el libro Las palabras maravillosas del Quijote, editado por el Fondo Cultural Cafetero. Autor de tres obras más, entre ellas una sobre Derecho Civil, publicada por las universidades del Rosario y Nacional, con prólogo de Carlos Lleras Restrepo, y de numerosos textos jurídicos y artículos para los diarios en los que era columnista.

Después de pasar por La Dorada como juez civil fue alcalde de Armenia en 1961, antes de cumplir los 25 años. Por una feliz circunstancia, nos habíamos hecho amigos en Cartagena, y en 1969 me posesioné ante él mismo, siendo gobernador del Quindío, como gerente del Banco Popular en su tierra natal. Desde entonces nos unió cordial amistad.

Fue embajador en Checoslovaquia en 1983. Esta labor le significó formidable desempeño en la vida diplomática, según me escribe por aquellos días: “Los checos, cordiales, amables, sin problemas. Praga, extraordinaria. La vida cultural, soberbia. Nosotros viajamos un poco, tratamos de almacenar recuerdos, experiencias, comparaciones. Y por sobre todo, buscamos mejorar la imagen de Colombia, tan venida a menos en años recientes. Lo vamos logrando”.

A su vuelta al país ocupó los cargos de secretario general y director jurídico de la Federación Nacional de Cafeteros. Luego, se dedicó al ejercicio de la abogacía, haciendo gala de su reconocida pulcritud, dignidad e idoneidad. Además, actuaba como conferencista de diversas materias, y se dispensaba a sus amigos en agradables tertulias armonizadas con su simpatía y su don de gentes. Era excelente conversador. Así lo conocí en Cartagena, y así lo disfruté en su tierra.

Coronó su carrera jurídica como magistrado de la Corte Constitucional, de la que fue presidente en 1994. Sus últimos años los pasó –dedicado al estudio, la lectura y la escritura, y desde luego al encanto de la naturaleza– en el predio campestre que tenía en el Quindío. Y alternaba el tiempo en su apartamento de Bogotá, siempre rodeado del afecto de Lucero, sus hijos y sus nietos, a quienes expreso nuestra sentida voz de solidaridad. Murió en paz con la vida.

Hermosas estas palabras de Jorge Arango Mejía citadas en estos días por el también ilustre quindiano Óscar Jiménez Leal, exmagistrado del Consejo Nacional Electoral: “Cuando quise formar una familia, volví a Manizales, tierra de mis mayores, y de sus jardines tomé la más bella de sus flores: María Lucía Isaza Londoño”.

 

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