18 de abril de 2021
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El Himno Nacional

24 de julio de 2018
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
24 de julio de 2018

Por Hernando Salazar Patiño

Cada cierto tiempo, le da a ciertos curiosos personajes por proponer la modificación del Himno Nacional, por quitarle una o más estrofas, o agregárselas, cuando no por cambiarlo del todo. Para ese propósito han confluido varios motivos, que a veces vienen juntos y otras separados, como el oportunismo, un recesivo antinuñismo, poético o político, una ignorancia de la historia, o lo que es peor, y más probable, su desprecio.

Ya el columnista Rubén Darío Barrientos colocó las cosas en su punto y precisó la Ley que lo oficializó y el Decreto, que  “prohijó su versión actual”, como él lo indica. Firmada por el presidente Marco Fidel Suárez y su ministro de Instrucción Pública, Miguel Abadía Méndez,   la Ley 33 del 18 de octubre de 1920, aprobada por el Congreso de ese año casi por unanimidad, dispuso así en su “Artículo 1º.- Adóptase oficialmente como Himno Nacional de Colombia la letra que lleva ese nombre, compuesta por el señor doctor Rafael Núñez, y la música del maestro Oreste Sindice.

La verdad es que el Decreto 1963 del 4 de julio de 1946, dictado estando de ministro de Educación Germán Arciniegas,  un mes antes de la posesión de Ospina Pérez, fue discutido, porque mediante él se adoptaba “la revisión para canto y piano, y las transcripciones para la banda sinfónica y banda militar del Himno Nacional de Colombia, realizadas por José Rozo Contreras, sobre la partitura original de Oreste Sindici.”

La polémica sobre la musicalización del maestro Rozo, venía de antes, pues esta fue rechazada por la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, que le pidió al presidente Eduardo Santos su intervención para impedir “la adulteración que se ha venido haciendo en los últimos años”. Algunos miembros de la Academia de Historia se unieron a esta defensa de la pureza original del Himno, y reprodujeron la partitura que preparada por su autor, fue publicada por primera vez  en la “Revista Ilustrada” del 22 de agosto de 1899.

Otros fueron  más allá en su exigencia de respeto a la integridad de la música original, cuya instrumentalización se debía al maestro Julio Quevedo Arvelo, y consideraban la que estaban tocando las bandas, un “atentado de lesa majestad”. Molestos más todavía, por la reacción de Rozo Contreras que pidió un juicio de técnicos, en una carta que les pareció “incalificable”, manifestaron que las adulteraciones introducidas al tema eran menores, frente a las más atrevidas que alteraron el “tiempo”, el “aire” marcial del Himno, convirtiéndolo en “una arrebatada tarantela”  “Esta alteración, dijeron, priva al Himno de su ritmo majestuoso y esencialmente patriótico y lo trueca en algo simiesco y bailable (sic), que nada tiene que ver con la bella música  de Oreste Sindice”, adaptada por Quevedo.

Este músico, prototipo del músico romántico de la segunda mitad del siglo XIX, era conocido por el mote de “El Chapín”. Julio Quevedo Arvelo tuvo una vida de estrecheces y sufrimientos. De familia de músicos, músico precoz él mismo, maestro de la armonía, introvertido y hosco, el poeta Eduardo Escobar hizo su retrato y el de su época, en un ensayo biográfico titulado “Fuga Canónica”. Sobre la adaptación coral del himno, no parece decir nada este libro, pero Carlos Enrique Ruiz, que le dio más atenta lectura, podrá despejarnos la duda.

Se cuenta que Emilia Sindice, la hija menor del compositor y última sobreviviente de esa familia, se lamentaba de que el himno lo habían dañado, que ese no era el que compuso su padre para que cantaran los colombianos y quería que Rozo se lo oyera tocar al piano, para que conociera la partitura original, porque  no era la que él interpretaba. “¡Qué horror!, concluía. El himno de mi padre convertido en un estridente fox!”

Si bien la intervención pedida al presidente Santos y algunas glosas de “El Tiempo” y de otros periódicos que se pronunciaron, detuvo la versión  de Rozo Contreras unos años, después de la muerte de Emilia, heredera única de la partitura, el Decreto citado le dio su consagración oficial. Y es la que oímos  desde hace setenta años. Nuestros padres y abuelos y los de éstos, escucharon la de Quevedo, desde 1887, que se generalizó a partir de 1910.

La discusión sobre la letra del himno, no se ha dado con seriedad, solo que por una caprichosa crítica descontextuada de la historia o por un deseo de figuración, se plantea de tanto en tanto el tema y para fundamentarlo,  siempre se trae a colación, la sexta estrofa que a la letra dice:

La virgen sus cabellos
arranca en agonía,
y de su amor viuda,
los cuelga del ciprés.
Lamenta su esperanza
que cubre loza fría,
pero glorioso orgullo
circunda su alba tez.

Si todavía en los años cincuenta de la centuria pasada, se nos enseñaban  las once estrofas, es de suponer que con mayor razón, en las primeras décadas. En segundo de primaria, la maestra asignaba a cada alumno, una estrofa. A muchos les tocaba la misma. Al tomar la lección, cada uno recitaba la suya, pero atentos a corregir al compañero y de oírlas repetidamente, se terminaba por aprenderlas todas. Y nos las explicaban. Un método similar se usaba para hacer memorizar las poesías de Pombo y otras muchas que traían las cartillas, en especial, las de la “Alegría de Leer”. O las de Charry o de Baquero, para las generaciones más viejas. Si hasta la extensa Ortografía en verso, de Marroquín, la recitaban mis padres. Y como la Historia de Colombia, una vez se aprendía a leer, se enseñaba en todos los cursos, hasta primero de bachillerato inclusive (hoy sexto) y en sexto (hoy once), el sentido de las referencias y de las metáforas, el vocabulario mismo del Himno, nos era claro desde muy niños.

Fue a Juan Gustavo Cobo Borda a quien le dio por burlarse de la letra del Himno, pero especialmente del comienzo de la estrofa transcrita. También personas que quieren mojar o remojar su nombre en los medios han hecho propuestas de reformarlo a cambio de nada o de algo peor. El periodista Oscar Domínguez volvió a aludir a los mismos resobados primeros cuatro versos. Como desde la infancia nos emocionamos con Junín, Ayacucho y San Mateo, con Cartagena la heroica, los Llanos, Boyacá y el Bárbula de MacDouall, entendíamos de qué se trataba cada estrofa,  nos conmovía el dolor de las enamoradas ante el cadáver de sus amados héroes, mesando sus cabellos y también su orgullo, el simbolismo sagrado del ciprés como duelo, o como vida o resurrección o memoria inmortal. Y hasta nuestra generación, todos los niños de Colombia, durante cien años, recitamos “Patria”, porque esta palabra no era solo un soneto, sino un sentimiento.

Termino como debí comenzar. Con estas premisas: Todo himno, en y de cualquier parte, casi que por su propia naturaleza, por no decir estructura o motivo, tiene una letra cursi. El himno antioqueño, con la letra de Epifanio Mejía, poéticamente el más valioso, también han querido cambiarlo. La del de Manizales, resultado de un concurso o escrita por encargo, por uno de mis poetas más amados, Eduardo Carranza, es muy mediocre y con un final terrible. En mi tiempo se comentaba  que en no sé dónde en Europa, se consideró el Himno Nacional colombiano, como el segundo más bello del mundo, después de “La Marsellesa”. Leyenda o no, para mí sigue siendo verdad, mientras no me muestren otro. Es menos belicoso. No dice “A las armas ciudadanos”, como incita el francés. Ninguno de los dos fue escrito con la intención de ser el himno de su país.

Y por último, como dijo Aquilino Villegas, Rafael Núñez “era un hombre todo inteligencia, cuyo cerebro era una antorcha encendida en que ardían a la par las ideas y los ensueños.”  Como era tan gran pensador, no podía ser buen poeta, para el liberalismo radical del siglo XIX. Y en los liberales supervivió un apasionado antinuñizmo, que cada vez fue más anacrónico. Pero yo amé en la adolescencia y creo que aun los amo, dos de sus poemas. Repaso el hondo escepticismo del “Que sais-je?”, y “ sucumbo” ante las preguntas de “Todavía”.