Fontur 2018
DIRECTOR

Víctor Hugo Vallejo 

En el mundo entero están celebrando sus cien años de edad, a pesar de que se fue del espacio de los vivos  el 30 de julio de 2007, cuando sus 89 años se negaron a seguir teniendo energía  y a mantener la actividad vital.  Se había gastado la vida y se le acabó, pero no se fue porque quedaba su obra extensa, profunda y consagrada  con la mayor conciencia de estar haciendo algo perdurable.  Todo lo que asumió  en su desarrollo existencial, lo hizo en la confianza de que estaba haciendo algo nuevo, que debía de alguna manera transmitir emociones diferentes a los demás y que desde la creación artística se sentía en la mejor de las circunstancias que pudiera encontrar. Hacía muy poco tiempo había dejado de trabajar, por lo menos estando al frente de los hechos, dando órdenes e instrucciones, pues las fuerzas se negaron a acompañarlo, sin que dejase de aportar la parte más trascendente de lo que hacía su equipo: crear. En esencia fue un creador y como todo creador esencial dejó una obra que permite saber que ahora celebra el centenario de vida  y que la inmortalidad la vive entre nosotros mismos, quienes hemos apreciado su obra y los del futuro que la podrán disfrutar  cuando así lo deseen, por los niveles de conservación tecnológica que ahora se dan.

Desde muy pequeño le encantaba coleccionar soldaditos de plomo, que los afilaba sobre su cama, los ponía en combate y los volvía a recoger  luego del gran desorden que generaba una nueva batalla de todos contra todos.  Era su juego favorito.  Un día entró a su cuarto su hermano mayor, llevando consigo una pequeña cámara de filmación –de juguete-, que el chico no conocía. La miró, vio lo que hacía y supo que detrás de ese pequeño aparato se podía ver al otro lado y dejar en imágenes lo que estaba al frente. Era como si le estuviesen mostrando un sueño que se podía tocar y ver.

Amaba profundamente  su colección de soldaditos de plomo. La cuidaba. La mantenía impecable. La guardaba  junto a sus cosas personales y no permitía  que nadie se la tocara. Era una especie de tesoro que le ayudaba a identificar un patrimonio inicial  que consideraba el más grande de todos.

El impacto que le causó el pequeño cinematógrafo fue tal que no dudó un momento en proponerle a su hermano que le cambiara su colección de soldaditos por ese aparato tan  novedoso.  El hermano que siempre quiso jugar con los soldaditos, pero a quien no  le permitían hacerlo por la forma celosa con que el chico la cuidaba, no creyó cierto que  le estuvieran haciendo esa oferta. Dudó un poco y luego ratificó si era cierto lo que estaba oyendo. Confirmado el negocio, el chico no soltaba la cámara y le hizo entrega de todos los soldaditos de la colección.  Era un negocio definitivo. Todos los soldados eran ahora de su hermano  y él se quedaría con el cinematógrafo.  Sería por siempre. No era de momento.

En esa ocasión ese niño cambió la vida. Ya no jugaría más con las cosas comunes con que jugaban todos los niños. Se dedicaría a hacer tomas con su cámara donde quiera que estuviera y le imprimiría movimientos diferentes, para  que las cortísimas escenas  mostraran los objetos y las personas  reales, pero con imágenes distintas. Eso haría siempre.

El mundo de las imágenes se convirtió en su obsesión.  Todo lo imaginaba desde  su propia visión y además le encantaba  que los seres humanos crearan situaciones salidas de lo común, en representaciones que hablaban del mismo ser humano, pero de otra manera, con lenguajes distintos capaces de transmitir sensaciones de forma extraña.

La libertad era la esencia de lo que le gustaba, de lo que pensaba, de lo que imaginaba, de lo que se proponía. Pero esa libertad en casa  era casi inexistente. La mentalidad del progenitor era la de un Pastor protestante que tenía enfocada su vida y la de los demás desde el ejercicio limitante de las creencias que deben imponerse desde la mera aceptación de lo que se toma como cierto, sin que se permitan verificaciones de ninguna naturaleza.  Por supuesto que  muchas de esas razones formativas –¿pueden llamarse así?- se imponían por la fuerza, porque para la mente de quien piensa en la libertad como el camino de la creación, la aceptación de lo que se predica pero no se prueba, no es aceptable. Su madre trataba de explicarle  con cariño  las causas de esas imposiciones de su padre. El niño terminaba por tolerarlas –sin aceptarlas-, pero eran más las dudas que le generaban esas expresiones que la convicción de que podían servir como regla de conducta.  La diferencia enorme entre el pensamiento conductista  del padre y el de libertad del niño se mantuvo y solamente podría llegar a ser superado con la distancia que luego se estableció entre los dos para siempre.

El padre hizo más de un esfuerzo por brindar él mismo la educación a sus hijos, pero ese niño imaginaba que había muchas más cosas por aprender y fue así como logró que lo matricularan a los 13 años en un establecimiento educativo donde efectivamente comenzó a ver que había mucho más allá de esos principios religiosos cerrados  que solamente ofrecían la alternativa  de aceptarlos sin discusión, ni cuestionamientos. Fueron muchos los castigos de su padre que debió soportar, algunos con visos de crueldad, por sus confrontaciones a los dogmas sobre los que se edificaba la existencia del pastor.  Alguna vez habría de contar en una de sus obras esos castigos y la forma impositiva como su progenitor quiso enrumbarlo por  los tiempos del mito.

Cursó sus estudios básicos con brillo y fue a la Universidad a estudiar literatura e historia del arte. Se licenció en la Universidad de Estocolmo y quedó marcado  con el saber  de los grandes creadores. No quería ser un repetidor de vida. Su propósito era el de crear y crear, con el uso de toda su imaginación, que jamás conoció linderos que pudieran establecer limitantes. En la literatura supo que el lenguaje más atractivo para él era el del teatro, esos diálogos en que los personajes van desarrollando situaciones, emociones, confrontaciones, alegrías tristezas, decepciones y en finos desplazamientos en espacios cerrados que deben ser imaginados como el universo, era capaz de transmitir a los espectadores muchas cosas que no estaban físicamente presentes, pero que de todos modos era posible imaginar y tenerlas en la memoria.

Nació el 14 de julio de 1918, por eso ahora celebra los cien años de existencia. Cierto que se murió el 30 de julio de 2007, pero su obra está intacta, abundante, imaginativa, creativa, poderosa y no es  de los que se mueran y lleguen al olvido. Es de los que se mueren para ser inmortales entre los seres humanos, sin pensamientos del más allá  que nunca aceptó y en el que jamás tuvo el menor interés. Para los inmortales el olvido nunca será posible.  El olvido solamente se da para los que no han hecho nada trascendente en la vida, en la que clasificamos una gran mayoría de los seres humanos. Pero esa gran minoría de creadores  y de constructores de mundo son los que han hecho posible que el universo siga existiendo y pueda tener historia. Esta solamente la edifican los inmortales. Los demás se mueren y con ello les llega la ausencia de su memoria.

Hijo del pastor luterano Erik Bergman, el gran director que renovó el cine por completo y llegado a la vida en Upsala, Suecia, Igmar Bergman es a quien le andan celebrando los cien de haber nacido. Y es claro que el mundo celebra ese onomástico porque se trata de uno de los más grandes genios que ha dado el séptimo arte en todos los tiempos. Habría que decir que el cine de autor es uno antes y otro después de Bergman.  Es más, el cine no volvió a ser el mismo luego de su extraordinaria producción cinematográfica. Fueron más de 40 películas, todas ellas con su sello personal de situaciones tratadas desde lo más profundo de los seres humanos y con elementos ideológicos plenos,  contenidos en las diferentes secuencias, que, además, tenían técnicas novedosas en el enfoque de los espacios,  en las luces, en la musicalización, porque no dejaba nada al azar. Todo lo dirigía, lo controlaba, lo hacía a su manera, a la manera que lo imaginaba.  Igmar Bergman no apaga cien velitas, el mundo entero las apaga  por él y lo sigue teniendo presente   como inmortal que es.

Desde su estudios universitarios logró independizarse completamente  de su familia y de la negativa influencia de su padre, que solamente miraba la vida desde el dogma. Su hijo solamente aceptaba la razón, la explicación de las personas, los hechos y las cosas.

A los 22 años comenzó a hacer lo que le gustaba. Su primer trabajo  fue como asistente de director de teatro, en la Opera de Estocolmo.

En 1941escribió su primer guión cinematográfico para el filme “Tortura”, en lo que sería una constante en su desarrollo profesional, pues  controlaba sus películas desde la elaboración del mismo guión que no confiaba a nadie, aunque en algunas ocasiones compartió la responsabilidad con otros creadores, especialmente con actores de su confianza y predilección, como en el caso de Liv Ullman.

Su primera película la hizo en 1945 y se llamó “Crisis”, en la que de una vez dejó ver que se trataba de un creador diferente, original,  con capacidad de expresar  en las filmaciones  todo lo que los seres humanos llevan metido en sus emociones. Para 1952 tuvo sus primeros reconocimientos  internacionales en festivales de cine en España y Uruguay, desde donde se irradió  esa voz de  buenas nuevas,  con un director que no se parecía a nadie de los hasta entonces conocidos. En esas geografías comenzaron a llamar la atención del mundo sobre un creador capaz de transmitir mensajes que hasta ese momento no se habían intentado.   Y no fue en vano el anuncio. Hablaron  de uno de los grandes genios del cine, que en  nada se parecía a lo anterior, que nada se pareció a lo posterior. Fue único. Y sus películas siguen siendo únicas.

La admiración indeclinable de Europa se dio en el año 1955 cuando dirigió “Sonrisas de una noche de verano”.  Y esa admiración no fue gratuita. Allí había alguien que daría para hablar por muchos años, que sigue  dando de que hablar hasta el punto de que ahora le celebramos sus cien años de vida. Cinco años más tarde, cuando  era un hombre de apenas 42 años, obtuvo el Oscar a la mejor película en habla no inglesa por “El manantial de la doncella”, en la que se habla de una vieja tradición de historia oral sueca  que da cuenta de violaciones y venganza, mostradas con la crudeza de un creador artístico que no le teme a la realidad para llevarla a la ficción.

Un año después, para probar que no fue accidental el premio Oscar anterior,  en 1961 vuelve a ganarlo con su cinta “Como en un espejo”, con lo que su reconocimiento como uno de los grandes  del celuloide  se torna indiscutible  y se consagra como un verdadero maestro del cine.

En 1976 filma “Cara a cara”, que es un grave cuestionamiento a muchos  parámetros sociales y con ello pone a pensar a muchos. La administración de impuestos de Suecia lo acusa de evasión tributaria y por eso decide  radicarse en Alemania, donde continuó con su producción artística cada vez más madura, más consciente y con la conjunción de muchos lenguajes, no pocos  de ellos tomados del teatro, del que nunca se desligó, manteniendo siempre como a sus grandes maestros a Henrik Ibsen y August Strodenberg, cuya influencia reconoció de manera abierta en todo momento.

Los críticos de cine reconocen  cinco etapas en el desarrollo de la carrera cinematográfica de Bergman:

  • Obras de juventud, de 1945 a 1948
  • De peso psicológico, las películas entre 1948 y 1955
  • De contenido simbólico, entre 1956 y 1963
  • De expresión crítica, de 1964 a 1980
  • De reconstrucción genealógica, de 1981 a 2007, año de su muerte.

En 1984 se dio el lujo de volver a ganar el Oscar a la mejor película de habla no inglesa con “Fanny y Alexander”, en la que de alguna manera da cuenta de las imposiciones de crianza de su padre, con los determinismos religiosos a los que siempre se resistió, pues su temprana racionalidad no lograba aceptar esa clase de imposiciones dogmáticas.

Fueron más de 40 películas en su producción. Baste una enumeración parcial  de sus filmes para saber que fue el autor de: El Huevo de la serpiente, El manantial de la doncella, El rito, El rostro, El séptimo sello, En la cumbre de la vida, En passion, Eso no puede ocurrir aquí, Noche de circo, Persona, Prisión, Saraband y muchas otras. Todos son conseguibles en tiendas de videos.

Dirigió 33 obras de teatro, ocupándose de los grandes autores, como:  El viaje de Pedro el afortunado, Macbeth, La muerte de Kaspar, El Baile de los ladrones, Seis personajes en busca de autor, Sonata de espectros, El sueño, Casa de Muñecas, El camino de Damasco. Sus pasiones fueron el teatro y el cine y a ellos dedicó la totalidad de su existencia, sin conocer el cansancio y solamente dejando de hacerlo cuando  su cerebro  se paralizó y se le llevó la vida material  metida en un cuerpo. No se murió. Le abrió paso a su obra para que siguiera viviendo por él.

La razón por la que ahora celebra cien años de vida es simple:  los inmortales nunca desaparecen, es posible que mueran, pero con su obra siempre estarán presentes ante el mundo.

Igmar Bergman  un inmortal a quien siempre hay que regresar a través de sus películas para tratar de entender mejor el mundo, los espacios, los tiempos, las emociones, las personas. Arte exquisito para pensar mucho más allá del momento en que aparece la palabra fin en sus filmes.