8 de marzo de 2021
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Ciudades para lelos: Rio y Medellín

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
2 de julio de 2018
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
2 de julio de 2018

Óscar Domínguez Giraldo

Como dos y dos son cuatro y Brasil se enfrenta a México en cuestión de horas por un cupo a los cuartos del mundial de Rusia que nos va pierna arriba, retomo un paralelo que hice entre Medellín y Río de Janeiro donde ronqué en portuñol hace algunos años:

En varios sectores, Río produce sensación de lo ya visto. De pronto nos sentimos caminando por La Playa, Junín, Prado, El Poblado, con su variopinta arquitectura y exuberancia vegetal.
Rica el “agua del municipio”, como la llamaba Borges. Más potable la de EPM. En ambas ciudades, calles y avenidas llevan nombres de cristianos, ciudades, países. (Ninguna calle de Río lleva nombres colombianos. Nos la deben).
La gaseosa estrella se llama Guaraná, hecha a partir de una planta del mismo nombre con alto poder estimulante. Recuerda la Carta Roja que q.e.p.d. hace décadas.

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Limpio, ordenado, mimado, el metro de Río, en el que solo se escucha música clásica por los altoparlantes. Empate técnico. Nos aventajan en un vagón rosado, solo para damas. Así la garotas se ponen a salvo de piropos masculinos con los dedos (pellizcos) en horas pico. Bullyng en los cuartos traseros, dicho en la jerga taurina.
Los buses, bien mantenidos, recuerdan a los de Campo Valdés en sus mejores días o los Transtamayo, de Envigado. Las taxis también aprueban la materia. Son más caros allá.
Los bambucos y torbellinos nuestros provocan sacar a bailar a la patria, al terruño. Abrazar una ceiba. Sambas y choros brasileños invitan a desvestir garotas.
El mar hace presencia por todas partes. Se nos mete por los cinco sentidos. Nosotros nos bandeamos con el río Medellín al que apenas le damos el estatus de río. Nos es ajeno. Sirve, si mucho, como punto de referencia: fulano vive al otro lado del rio. Comentario despectivón con quienes vivimos en la zona occidental.
Los jardines botánicos y los parques cariocas, amazonas bonsáis, hacen nube. Nos golean 5-0. Pero en la oferta de flores, les devolvemos la paliza.
El Cristo art deco del Corcovado con su tonelada y pico de peso, el Pan de Azúcar y otros peñascos y farallones prehistóricos, miran con desdén nuestros morritos de Salvador, Picacho, El Volador, Pan de Azúcar, Nutibara.
El Cristo Redentor tiene cara radiante, de aposentado (pensionado, en portugués). Parece listo para irse de samba. Está lejos del crucificado que vemos desde garoticos. De lejos, el Corcovado es el Cristo más crucificado (a punta flashes) de todo el mundo. Y todos los retrateros de pacotilla queremos inmortalizarnos tomándole retratos distintos (foto).
Los huevos cariocas parecen puestos por gallinas paisas que luego regresan a su base. Paisas y cariocas dan la sensación de que compran la deliciosa carne en los mismos sitios. La posta que preparan, parece hecha por la mamá de uno. En frutas son más ricas las nuestras: les ganamos 3-0
Como en cualquier ciudad colombiana, uno se puede enterar de las intimidades de los cariocas parando la oreja cuando hablan por celular. Charlan como si estuvieran solos en el planeta.
En los restaurantes por kilo –se paga lo que pese el plato- la lata es rica, abundante, barata. Y en los rodizios sirven como para luchadores de sumo. En la feijoada (frisolada) el marrano es rey. A estos sitios conviene asistir después de un ayuno de un semestre.
En las dos ciudades, si uno desea que las mujeres lo persigan, siga la receta de mi gurú, Perogrullo: Póngase delante de ellas.
Según la revista “New Scientist”, Río es la ciudad más amable del mundo. Nada que envidiarles. Creo que los cerebros de la publicación no conocen Medellín.
En ambas ciudades, los ricos son “ridículamente ricos y los pobres asombrosamente pobres” (Ruy Castro).
Si hay que atropellar normas de tránsito, cariocas y paisas somos hermanos. En cualquier vacío levantan una iglesia. También en Medallo. En ambas ciudades, los meteorólogos mienten piadosamente. Es parte de su oficio. Se les perdona.
Los cariocas mueven las caderas como Gabriela, la heroína de Jorge Amado. Las bellas nuestras no rebajan pinta a la hora del mazamorreo o contoneo de cintura.
Sí, son los mayores productores de café, pero la calidad es colombiana. Solo falta montar en Brasil tiendas Juan Valdez. Así les “enseñamos” a aprovechar el grano desde su cultivo hasta que llega a la boca de los consumidores.
En ambas ciudades, tiene vigencia la sentencia de Eça de Queiroz: “Como a los niños, a los políticos hay que estarles cambiando de pañales, y por la misma razón”.
El futbol es religión, opio del pueblo, escriben sus cronistas iluminados. En cualquier parte inventan un Maracaná. Nada qué envidiarles en inclinaciones balompédicas.
Mi nieta Sofía, nacida en Rio (barrio dUrca) nunca pudo explicarse por qué sus amiguitos cariocas no hablan español.
De ambas ciudades se puede decir, con otro cronista de por esos lados, que son corruptoras de mayores.
Sigo investigando por qué Cervantes dijo del portugués que es un idioma sin hueso. Averiguo y les cuento.