Fontur 2018
¿Qué tal el ambiente en Colombia?

Tribuna universitaria

 

 

Por: Alejandro Bedoya Ocampo

 

 

 

 

Asistí hace un par de semanas al 11º Seminario Internacional de Gobernanza y Sustentabilidad, en el que participaron docentes de la universidad de Caldas y la universidad  UNIVALI de Brasil.  Si bien los temas a tratar eran diversos, particularmente me inquietó la ponencia de la experta en derecho ambiental María Claudia da Silva Antunes de Souza atinente al manejo del agua en Latinoamérica y concretamente, en Brasil. Desde allí se rescataban datos como que el 3% del agua del mundo es dulce y solo el 1.5% es accesible; que en Latinoamérica tenemos casi el 30% de esa agua dulce y que Colombia ocupa el segundo y tercer lugar en Latinoamérica y el mundo, respectivamente. Sin embargo, gracias a la deforestación, contaminación y malas decisiones administrativas, lo más probable es que estas cifras no se mantengan por mucho tiempo.

La ponencia me llamó de tal manera la atención que no dudé en ahondar un poco en el tema, siendo así como llegué fácilmente a la conclusión de que si como país no reunimos esfuerzos de preservación, el cambio climático acabará por ser aún peor en Colombia que en otros lugares del mundo. Pero causalmente también me encontraba leyendo un ensayo de la abogada y doctora en sociología Diana Rodríguez Franco en el libro ¿Cómo mejorar a Colombia?, y resulta que las ideas ambientales que nos ofrecen estas lúcidas profesionales, se complementan de tal manera que es necesario hacer un breve comentario para intentar despertar en los conciudadanos una señal de alerta y solidaridad medioambiental.

Según Rodríguez, uno de los valores que debe rescatar Colombia es la gran importancia que tiene el medio ambiente, darle un lugar a la par con la salud, las finanzas, la gobernanza, etc. Pues su conservación garantiza tanto la vida como el bienestar y la sostenibilidad económica. Generalmente, en Colombia la propuesta ambiental es la que menos nos importa, pues la “chuleamos” y ya está. Le damos mucha más relevancia a otros ítems como los que acabamos de exponer aun cuando la base de todos ellos necesariamente está permeada por el componente ambiental, y que de no entenderlo como tal, podría traducir a mediano plazo, por ejemplo, en dificultades para garantizar los derechos fundamentales o complejizar la sustitución del conflicto político en lo ateniente a los recursos naturales.

No había terminado de leer el libro cuyas recomendaciones deberían llevarse de inmediato a la práctica, cuando se emitía una alarma en el rio Magdalena. Allí se presentaba otro derrame de petróleo que alcanzaba más de 30km de recorrido, contaminando cuanta fauna y flora se encontrara en su camino, problema que se une a la ya infortunada catástrofe ambiental que hace unos meses azotó el departamento de Santander. En Boyacá recientemente hubo zozobra por rumores que apuntaban a la aplicación de la nefasta industria del Fracking. Aunque esta hipótesis fue descalificada por las autoridades, hay que estar atentos.  Con este último suceso podemos rescatar que se está empezando a generar una oposición válida dentro de la comunidad, lo que indica que la única forma de luchar por la conservación del ambiente, de no ser atendida la voz de las comunidades afectadas, será con la presión social.

Gracias a la alta oferta de petróleo que hay en el mundo, y paradójicamente el esfuerzo de varios países como Emiratos Árabes, Francia, Chile y Uruguay por implementar energías renovables, el mercado del petróleo quedará obsoleto dentro de pocos años. En ese sentido, Colombia quedaría con una política económicamente inviable, pues según cifras de 2017, las exportaciones de productos como combustibles e hidrocarburos representaron más del 50%. Estas cifras llevan indefectiblemente a una conclusión: este país debe empezar a preocuparse por desarrollar una política medioambiental fuerte en donde el modelo económico se funde, como otrora, en el aprovechamiento de los recursos naturales y renovables, mas no en desaparecer la tierra fértil como lo concebimos hoy mediante la extracción de petróleo.

Por ello es tan complejo que en Colombia se implemente una reforma agraria, luego la tierra como propiedad es -y mucho más en el futuro- símbolo de poder. Dicho esto, cuanto antes se empiecen a estructurar temas de esta coyuntura, menos complejo será afrontar nuestra nueva organización económica. El problema es que cuando queramos volver a fomentar una economía limpia, será demasiado tarde. Probablemente, después de estar bañados en agua dulce, nos veremos obligados importarla, pero, ¿de dónde? si en los países donde pululaba el líquido, ya no habrá sino desiertos y máquinas obsoletas que habrán acabado con el tesoro más valioso con el que hasta entonces hayamos contado: el agua y la naturaleza.

Pero como planteábamos al comienzo, no solo la extracción de petróleo contribuye al decaimiento ambiental. También padecemos la deforestación de gran parte de la Amazonía que se lleva consigo una pieza de oxigenación vital para el planeta. Y en general sucede en muchas ciudades colombianas como Manizales, que ante el afán de expansión, expone reservas como la de Rio Blanco, lugar donde se construyen grandes urbanizaciones que le empiezan a quitar espacio a la fauna, repercutiendo de forma negativa con gran parte del abastecimiento de agua para la ciudad. Según expertos, tratándose de calentamiento global, la disminución de las reservas de agua será uno de los primeros efectos en manifestarse, y tal vez, de los más dramáticos síntomas si no se toman acciones inmediatas. La crítica es, pues, lógica, luego no se puede generar un riesgo a los espacios más vulnerables, mucho menos cuando están a punto de desaparecer.

El ambiente necesita de nosotros tanto como nosotros de él. La preservación de la naturaleza se logra tomando conciencia de la riqueza que poseemos. Esta labor  inicia con acciones individuales tales como la no contaminación y el ejercicio de actos de limpieza ejemplarizantes para con la comunidad. Sin embargo, frente a la difícil situación que atañe a la esfera pública, nos queda como medida desesperada cuidar nuestro ambiente por medio del fortalecimiento de la presión social que se viene haciendo ante los gobiernos locales y nacionales. Es el pueblo el que tiene el poder de imponer su voz ya que de ello depende el futuro, tanto nuestro, como de las generaciones que también merecen recibir de nosotros la rica herencia de un ambiente sano y con proyección. En lo que respecta a mí, no quiero que de Rio Blanco queden sino las piedras, y de caño cristales, el nombre para un poema.

Ahora mire a su alrededor, inhale fuertemente el aroma de las montañas colombianas, deguste los frutos de esta tierra que nada envidian al paraíso del edén, reflexione y responda esta pregunta ¿Qué tal el ambiente en Colombia? Yo digo que muy bueno para dejar que perezca por dos o tres monedas de oro, ¿Y usted?