25 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

PRIMERO LAS PRESIDENCIALES…

1 de junio de 2018

EL drástico cambio que sufre la política colombiana se observa claramente en la diferencia entre el número de votos de las elecciones al Congreso y los de la primera vuelta presidencial. Son ellos, alrededor de cinco millones de sufragios, los que envían una señal perentoria para la modificación de los partidos políticos.

Hay allí, ciertamente, una gigantesca cantidad de votos de opinión que se expresaron de forma contundente por fuera de las caudas partidistas. Esto quiere decir, en una buena proporción, que los partidos no interpretan el sentir ciudadano y no son capaces de canalizar el país, hacia el futuro, dentro de los cauces que pretende la opinión pública.

El marchitamiento de los partidos políticos, particularmente de los tradicionales, no solo se debe a ese abismo existente, sino a que no han sido capaces de modernizarse para interpretar los anhelos ciudadanos.

Hay algunos, a no dudarlo, que se han venido tonificando y poniéndose a la altura de los tiempos contemporáneos, cada cual a su modo.

Uno de ellos, el Centro Democrático, obtuvo hace cuatro años un buen caudal de senadores a partir de la lista cerrada y la uniformidad ideológica. Hace dos meses, sin embargo, se decidió por el voto preferente, borrando el ejercicio anterior y cayendo en los propósitos unipersonales de las regiones. Aun así mantuvo las características ideológicas, sobre la base de una plataforma única.

 El otro partido, la Alianza Verde, recurrió igualmente al voto preferente, pero mantuvo la idea de oxigenar la política, en particular respaldándose en la figura y las ideas de Antanas Mockus.

Son estos dos partidos los que, aun en su carácter de tales, han logrado una sintonía con la visión política enfrentada a la modorra de un tradicionalismo mal entendido. O mejor, de quienes han visto en el statuo quo la mejor alternativa para paralizar el avance de la política como expresión del bien común.

Luego de las consultas populares de marzo pasado y de los resultados de la primera vuelta presidencial, entonces la pregunta es si los partidos están en trance de desaparecer.  Esto, de alguna manera, tiene que ver también con la distorsión existente entre el concepto que la sociedad tiene del Congreso y la que tiene del Ejecutivo.

En efecto parecería, bajo esta concepción, que el Parlamento es un organismo aislado, relativamente técnico, donde se hacen las leyes y pare de contar. Es decir, que el trámite legislativo no suscita mayor interés en la opinión pública y por eso la votación resulta exigua frente a las elecciones presidenciales.

Esta noción no es buena porque deja de ver el funcionamiento democrático como un mecanismo sistémico del poder público por medio del cual se orienta el país de la mejor manera posible hacia el futuro.  Desde luego, el Ejecutivo tiene que presentar el Plan de Desarrollo al Legislativo, luego de que se han ganado las elecciones presidenciales y el nuevo Presidente ha tomado posesión de su cargo. No obstante, si hay discrepancias  entre las mayorías parlamentarias y la justa presidencial, la administración pública no logra un norte fluido y claramente definido, entrando en contradicciones paralizantes. En ese caso parecería, entonces, para efectos de la democracia, que sería mejor si se llevasen a cabo las elecciones parlamentarias después de las presidenciales. Es, precisamente, lo que ocurre en Francia, donde luego de las dos vueltas para Presidente se citan las elecciones para la Asamblea Nacional, generando las condiciones propicias para una administración pública más expeditiva.

Los partidos políticos no deberían existir si no son un aparato para movilizar unas ideas y llevarlas a cabo fehacientemente. En la actualidad, por ejemplo, la laudable votación lograda por la Coalición Colombia se quedó trunca porque no tuvo posibilidad de expresarse posteriormente en las elecciones parlamentarias, a diferencia de lo ocurrido en Francia con Emmanuel Macron. Ese tipo de liderazgos tienen, por lo tanto, que refugiarse en el voto en blanco o en la abstención, para la segunda vuelta presidencial, y se ven reducidos a la impotencia, cuyo tenor sería de otras características si las elecciones parlamentarias fueran después de las presidenciales.

Es una idea para tener en cuenta. Por lo menos esto es lo que ha permitido refrescar la política francesa.

EDITORIAL/EL NUEVO SIGLO