24 de febrero de 2021
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Ni cobardía, ni bobada

15 de junio de 2018
Por Mario De la Calle Lombana
Por Mario De la Calle Lombana
15 de junio de 2018

Por: Mario De la Calle Lombana

mario de la callePatricia Lara, la importante columnista del diario El Espectador, publicó una columna titulada “El voto en blanco: ¿bobada o cobardía?”, en la que hace una serie de consideraciones sobre la decisión de muchos colombianos (o pocos, vaya uno a saber), de votar en blanco en la segunda vuelta de estas elecciones presidenciales.

En una cosa estamos de acuerdo quienes hemos optado por votar en blanco: en entender que, por una de esas extrañas decisiones a las que nos lleva a veces la democracia, los colombianos han decidido que el próximo gobierno será, indefectiblemente, un gobierno de extrema. Derecha o izquierda, no se sabe. Pero, en todo caso, de extrema. Eso ya no tiene remedio y nuestro voto no tiene ninguna capacidad de cambiarlo.

De acuerdo con el planteamiento de la ilustre columnista, y de muchos petristas, un gobierno de extrema derecha es peor que uno de extrema izquierda. Eso no se sabe. Si se acude a las enseñanzas de la historia, hay ejemplos aterradores a ambos lados del espectro. Nada prueba que Petro vaya a ser un mejor o un peor gobernante que Uriduque. De este, tenemos la convicción de que es un autócrata al que no le importa la constitución, y que no tiene dudas cuando de imponer una decisión propia se trata. Y también sabemos que, aunque ahora trate de dorar la píldora, un leitmotiv de esa candidatura es “hacer trizas ese maldito papel que llaman el acuerdo final”. De Petro sabemos cuál es su ideología, su anhelo de cambiar el modelo económico del país, el historial de su pésima administración en la alcaldía de Bogotá, su inclinación manifiesta, que también trata ahora de maquillar, hacia las expropiaciones estilo Chávez; y también conocemos, de ambos candidatos, su intención utópica de querer arreglarlo todo sin que se sepa de dónde van a salir los recursos.

A los que votaremos en blanco, no cesan de dirigirnos sus cantos de sirena los activistas de cada lado. O el matoneo, que es peor. En últimas, nos ofrecen el consuelo de votar dizque por el menos malo, para impedirle el acceso al poder al más malo. Y se abrogan la potestad de decidir que el menos malo es el candidato de sus preferencias, y por lo tanto hay que escogerlo a él, no al otro. Arúspices iluminados que se creen con poderes de leer el futuro. Cuando la verdad es que votar por el que uno considera el “menos malo”, es, de todos modos, optar por uno malo. O sea, traicionar la posición inicial de rechazo a todo extremismo.

¿Cómo nos van a pedir que nos unamos a la vergonzosa claudicación del Gran Traidor del liberalismo, el responsable de la debacle en que se hundió el partido liberal, quien después de la derrota decidió cambiar la digna posición de defensa a ultranza de los acuerdo de paz que tenía que mantener esa colectividad, y la canjeó, no se sabe si por algunas migajas burocráticas que podrían caer de las mesas del nuevo poder, o si por la garantía de que su delfín se salvara de la hecatombe del partido? O, ¿cómo van a exigirnos que seamos comparsas de la ridícula pantomima del atrio de la iglesia del Voto Nacional, en la cual hicieron una irreverente caricatura del Moisés bíblico presentando unas Tablas de la Ley de utilería, y dándole al señor Mockus (a quien tanto han admirado tantos colombianos) el papel de actuar (literalmente), como una especie de pontífice para que, ante él, el candidato “jurara sobre mármol” que renegara de algunas de las ideas claves que tiene en su cabeza y había presentado antes, sobre lo que debería ser su supuesto próximo gobierno, en el evento de que triunfara?

Quienes creemos que los extremismos, todos, son malos, y fuimos derrotados en la primera vuelta, hagamos lo que hagamos, no tenemos ninguna posibilidad de cambiar la situación: el próximo gobierno, no habría necesidad de repetirlo, será un gobierno de extremo. Y, ante esa realidad, cada uno de nosotros solo tiene tres posibilidades: o votar por “el menos malo”, escogido como sea, por ejemplo por medio de un carisellazo, con lo cual le daremos al que gane, y también al que pierda, la falsa ilusión de que tienen muchos más partidarios de los que realmente los respaldan de corazón, y entonces el ganador se sentirá mucho más poderoso de lo que en realidad es y obrará en consecuencia; o abstenernos, con lo cual aumentaremos la tasa tradicionalmente alta de los colombianos a los que no les importa la suerte del país; eso, ni se cuenta, ni conmueve. O nos hacemos contar, votamos en blanco, y producimos una cifra real de ciudadanos de carne y hueso que rechazan las dos posturas extremas. Y si ese número llegase a ser notablemente alto, habría la posibilidad de que un nuevo liderazgo pueda capitalizar esa realidad política, logrando que las decisiones del gobierno tengan que ser tomadas más cuidadosamente, y teniendo en cuenta la existencia de esa nueva realidad, las intenciones extremistas tendrán que moderarse para bien de la república.