Fontur 2018
Mermémosle al matoneo

Por: Mario De la Calle Lombana 

mario de la calle

Espero que no se me interprete mal. No hay duda de que el comportamiento de unos cuantos hinchas colombianos en Rusia es inapropiado y criticable. Pero, ¿no se nos estará yendo la mano en matoneo? Entrar a un estadio medio litro de aguardiente oculto en el interior de unos binoculares es, por supuesto, una violación a una norma. Me pregunto, sin embargo, dos cosas. Primera: ¿sí es tan grave? Y, segunda, ¿Sí tendrán, todos los que se han unido al escandaloso coro de las redes sociales, la autoridad moral para levantar airados su índice acusador hacia esos atolondrados, y hacerlo de manera tan apabullante? ¿No están viendo la paja en el ojo ajeno, en lugar de mirar la viga que tienen en el propio? ¿Nunca han entrado a un estadio alcohol camuflado, o marihuana, o incluso drogas más duras? ¿Nunca han comprado whiskey de contrabando en San Andresito? ¿Nunca han manejado con tragos? ¿Nunca han violado la luz roja de un semáforo, nunca han conducido en contravía, nunca se han estacionado sobre un andén? ¿No son esas faltas mucho más graves? ¿Será que ninguno de esos que ahora se rasgan las vestiduras ha pedido nunca que no le facturen algo que compra, para evadir el pago del IVA? ¿Cuántos dueños de mascotas las sacan habitualmente al parque para que hagan y dejen allí sus necesidades fisiológicas? ¿Cuántos miles de personas se cuelan diariamente en el Transmilenio de Bogotá? ¿Cuántos vehículos circulan hoy en día sin revisión técnico-mecánica y, peor aún, sin SOAT vigente? Todas estas faltas son más graves que esa pilatuna de pasar escondido un poco de aguardiente al estadio, y algunas de ellas, que seguramente muchos acusadores cometen, incluso sistemáticamente, son absolutamente irresponsables y potencialmente generadoras de peligro para la vida de los demás. O la propia. Y, así y todo, tenemos la cachaza de unirnos a esa especie de lapidación virtual, a ese coro que vocifera sus críticas despiadadas a través de las redes sociales. Me parece que, en el fondo, no se trata de sancionar a quienes obraron incorrectamente, sino de satisfacer un deseo de venganza contra quienes nos han hecho “quedar mal”, porque nos muestran tal como somos. No queremos reconocer que esa manera de actuar coincide bastante bien con nuestra idiosincrasia. Este escándalo, francamente, no es el resultado de una oleada de moralidad, sino la muestra de una espantosa hipocresía colectiva.

Me pregunto si no será hora de que, en lugar de llenarnos de ira porque unos tontos obraron ostensible y desafiantemente tan a la colombiana, hiciéramos un examen de conciencia colectivo y cambiáramos nuestra visceral manera de ser. Este es el reino de los vivos bobos, se ha dicho muchas veces. Si nuestra cultura fuera la de cumplir las normas, ser disciplinados, respetarnos unos a otros, no se producirían esos actos que nos abochornan.

El otro escándalo, el que se desató porque alguien puso a una japonesita a decir palabras soeces en castellano, “aprovechándose de su desconocimiento del idioma”, sí que me parece una tempestad en un vaso de agua. ¿De veras pensamos que esa muchachita estaba creyendo que lo que le dictaban para que pronunciara eran jaculatorias? ¿No le vieron la cara de picardía que ponía en el video? Esa es una broma universalmente practicada. La joven no estaba siendo abusada ni ultrajada. Se veía muy divertida. En esa actitud en que estaban, nadie es tan inocente como para no darse cuenta de cuál era el juego. ¿O creemos realmente que cuando a una gringa le pedimos que deletree en voz alta, en inglés, “2-t-n-s-l-p-p-t-s-o”, estamos tratando de enseñarle el padrenuestro?