24 de febrero de 2021
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La mosca en la sopa

24 de junio de 2018
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
24 de junio de 2018

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

Inevitable referirse en esta ocasión a todo lo relacionado con el mundial de fútbol de Rusia 2018, tema que, superado el asunto de los lesionados de Peckerman, los aguacates, la compraventa de votos, las alianzas reales, esperadas y frustradas de las elecciones presidenciales recién celebradas, pasa a convertirse en la principal preocupación de la opinión pública colombiana. Pero para nuestra desgracia, y como no hay felicidad completa, celebramos una cosa buena y sufrimos dos cosas malas durante el malhadado domingo 17 de junio. La primera fue la tranquilidad y normal desarrollo de los comicios, que transcurrieron en todo el territorio nacional sin problema alguno, como debe desarrollarse el proceso normal de expresión democrática en un país civilizado.

Buena esa, bien por la Registraduría Nacional del Estado Civil, entidad que se lució por la precisión, eficacia y celeridad de sus cuentas y boletines, lo que permitió conocer los resultados en el breve lapso anunciado con anterioridad. A pesar de que la información todavía depende de datos procesados manualmente en su origen, la seriedad y confiabilidad de sus procesos y la estabilidad del software disponible para el procesamiento final de la información, permitieron presentar resultados precisos y consistentes, sobre los cuales ni los más escépticos críticos de siempre, pudieron presentar objeciones válidas.

Pero para nuestra desventura, la tarjeta roja a la “roca” Sánchez, uno de nuestros mejores defensores, a los pocos minutos de comenzar el partido contra Japón, por una falta de la que no entiendo el por qué de su severidad, ya que no se intentó agredir ni lesionar a ningún jugador contrario, parece que nos desbarató la estantería y de paso desinfló los ánimos del equilibrado Peckerman, alteró la cadencia de su batuta y desconcertó a toda la orquesta. Japón, supuestamente nuestro rival más frágil, nos dañó el caminado y nos aplazó la celebración.

No sé por qué, pero la situación me recordó lo que le sucedió el 14 de mayo de 1905 en el Estrecho de Tsushima a la armada de Nicolás II, zar de todas las Rusias, quien con el ánimo y decidido apoyo de su primo, el kaiser Guillermo II, decidió enviar a Vladivostok a la casi totalidad de la armada rusa compuesta de acorazados, cruceros y torpederos impulsados por calderas de vapor, alimentadas con carbón, al mando del Almirante Zinovi Petrovich Rozhestvenski en una larguísima travesía desde San Petersburgo sobre el Mar Báltico hasta el mar del Japón, que debía navegar por el Atlántico norte, circunnavegar el continente africano, pasar por el Indico, seguir por Singapur, Saigón hasta llegar al mar del Japón, donde lo esperaba una emboscada en el estrecho de Tsushima, situado entre la península de Corea y la isla japonesa de Kyushu, preparada por la flota japonesa al mando del almirante Togo Heihachiro en el barco insignia “Mikasa”.

Y allí fue donde “esos hombrecitos amarillos”, como despectivamente eran catalogados los japoneses por los primos, herederos de las altivas dinastías Romanov y Hohenzollern, le dieron en la cabeza a la orgullosa armada zarista y en un dos por tres le hundieron 22 de sus mejores y más poderosos navíos de guerra, incluido el buque insignia  Suvorov, con toda su tripulación y su almirante. La flota japonesa solamente perdió tres navíos de guerra. Los buques rusos sobrevivientes y sus tripulaciones fueron tomados prisioneros luego de concluida la desconocida batalla naval de Tsushima, considerada, a pesar de todo, una de las cinco batallas navales más célebres e importantes de la historia militar del mundo con las de Lepanto, Trafalgar, Jutlandia y Midway.

Pero dejemos de ocuparnos de batallas navales ajenas y volvamos a asuntos de nuestro interés. Y nuestro interés en estos momentos, aparte de desearle muy buena suerte a nuestro presidente electo de la República, es el de la suerte que le espera a nuestra selección Colombia, cuyo primer escollo hoy domingo, es el de ganarle a Polonia y despachar luego a los atletas senegaleses, tan espigados como fuertes y correlones. Pero por favor, que no permitan acceso a las tribunas a los chistosos burladores de la seguridad rusa, orgullosos de su capacidad e “ingenio paisa” para meter “guaro” de contrabando a los escenarios del mundial, custodiados por la experimentada y muy profesional policía rusa.

Y qué podemos decir y esperar de los “graciosos” hinchas colombianos y brasileños que se divirtieron de lo lindo con amables y sonrientes jovencitas japonesas a quienes les dieron clases de español y portugués a base de vulgaridades y obscenidades que no eran otra cosa que irrespetuosos auto insultos, gestos publicados en las redes sociales por los propios imbéciles perpetradores, que fueron rechazados por la opinión pública de todo el planeta, hoy fatalmente intercomunicada, para bien o para mal, a través de las poderosas, aunque, cuando son mal utilizadas, muy peligrosas tribunas facilitadas por la moderna tecnología disponible a través de cualquier teléfono móvil. Todos estos tipos de mala conducta y quienes a su alrededor, los estimularon y celebraron con sus risas y aplausos de aprobación, se convirtieron en nuestra mosca en la sopa.

Menos mal que ya no existen José Stalin ni Lavrenti Beria, que si no, los recursivos e “ingeniosos” agüardienteros y los abusivos profesores de idiomas, correrían el riesgo de pasar una temporadita en un Gulag de la extensa y fresquita Siberia. Ojalá que las lecciones, especialmente en nuestro caso, hayan sido aprendidas y que, luego del pantallazo mundial que lograron estas conductas impresentables, nuestro comportamiento ciudadano, en público y el privado, gane un poco en calidad, respeto y buenas maneras.

Algunos piensan que las reprochables conductas descritas con ocasión del mundial, son características de nuestra sufrida América  latina. Pues yo no lo creo así, y más bien creo que es cuestión de la calidad de la leche materna que se mama desde un principio. Es en la cuna y en el hogar donde la impronta del respeto a los demás queda grabada en nuestra naturaleza. Fue desde allí, su hogar indígena, desde donde el modesto mexicano Benito Juárez, el “Benemérito de las Américas”, cultivó y cosechó su inmortal principio de derecho natural, reflejado en la breve y profunda oración que dejó impresa en el corazón del continente: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno, es la paz”.

Para seguir hablando del comportamiento ciudadano dentro del contexto latinoamericano, debo referirme a varios aspectos que me dejaron positivamente impresionado como resultado de una agradable visita turística a Lima y algunas otras localidades peruanas. Aparte de sus maravillosos tesoros arqueológicos, me descrestó el impecable estado de limpieza de las calles de Lima y Cuzco, como resultado de la actitud de sus ciudadanos, que no se atreven a lanzar ni una colilla al piso, más que de un eficiente servicio de aseo y recolección de basuras. Observé también con nostálgica envidia, cómo se respetan los espacios de estacionamiento reservados para discapacitados, muy al contrario de lo que suelen hacer algunos de nuestros connacionales, muy avispados ellos, que sin ruborizarse, ocupan tranquilamente los lugares reservados a quienes realmente tienen necesidad de los mismos. En varios estacionamientos vehiculares de Lima, me llamó la atención un cartel con el reclamo general de los conductores minusválidos que decía:

“PÓNGASE  EN  MI  LUGAR, NO  EN  MI  SITIO”.

¿Será que algún día podremos hacer lo mismo?