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La cumbre Kim-Trump

albeiro valencia

Definitivamente el primer mandatario de Estados Unidos es una caja de sorpresas; en abril de 2017 amenazó con sus poderosas armas al presidente de Corea del Norte, Kim-Jong-un, y 14 meses después maniobró para que se realizara la cumbre en Singapur. Así empezó un juego político que lo distanció de Europa y lo acercó a Rusia, China y Corea del Norte. Primero calentó el ambiente por las medidas comerciales contra sus aliados, por la decisión de imponer aranceles a los bienes de acero y aluminio provenientes de la Unión Europea, Canadá y México, lo que dejaba planteada una guerra comercial; pero después llegó la Cumbre del G7.

Este evento se realizó en Canadá los días 8 y 9 de junio, con la presencia de los mandatarios de Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido y Canadá, en un ambiente tenso por las acciones proteccionistas y aislacionistas del presidente Trump. Los puntos álgidos eran los nuevos aranceles impuestos por Estados Unidos, su salida del acuerdo nuclear con Irán y del Acuerdo de París sobre cambio climático y el acercamiento a Corea del Norte.

De antemano se sabía que Trump trataría de romper la unidad del grupo. En reuniones previas a la cumbre el presidente de Canadá, Justin Trudeau, y su colega francés, Emmanuel Macron, anunciaron que no harían concesiones tendientes a conseguir acuerdos que incluyan a Estados Unidos. Y Ángela Merkel ya había invitado a Europa a “tomar su destino en sus propias manos”, pues ya no podían contar con la protección de Estados Unidos. Trump quiere romper el G7 y tratará de atraer al Reino Unido ofreciéndole un acuerdo comercial y coquetear con el gobierno populista de Italia. En conclusión, la cumbre se convirtió en una reunión tormentosa de todos contra uno; Trump propuso la admisión de Rusia para que las reuniones vuelvan a ser del G8 y abandonó el evento para reunirse con el primer mandatario de Corea del Norte.

El encuentro con Kim-Jong-un

Después de casi 70 años de enemistad se realizó la histórica cumbre; pero antes hubo varios hechos desafortunados. Días después de fijada la fecha para la reunión, que sería el 12 de junio, empezaron las presiones del poderoso complejo militar industrial de Estados Unidos, interesado en la línea guerrerista y en el sometimiento de Pyongyang. Dos altos funcionarios de la administración, el vicepresidente Mike Pence y el secretario de Estado, Mike Pompeo, afirmaron que las conversaciones con Kim “no conducirían a un resultado positivo”, y que, si el líder norcoreano no aceptaba las condiciones de Estados Unidos sobre el desarme nuclear, el presidente Kim correría la suerte del líder libio, Muamar Gadafi. No descartaron una opción militar y que su país necesitaba una “desnuclearización completa, verificable e irreversible”. Al respeto se pronunció la vicecanciller norcoreana afirmando que “nosotros no suplicamos a Estados Unidos por diálogo y tampoco nos molestaremos en persuadirles, si no se quieren sentar con nosotros. Si Estados Unidos se reúne con nosotros en una habitación o nos encuentra en un enfrentamiento nuclear depende totalmente de su decisión”.

Trump aprovechó la guerra verbal y afirmó que este momento era “inapropiado para celebrar el encuentro planeado”, pero dejó la puerta abierta: “Si cambias de opinión en lo que respecta a esta cumbre, por favor, no dudes en llamarme”. Sobre el tema terció Vladimir Putin y dijo que Kim había hecho todo lo que había prometido y resaltó que incluso había demolido los túneles del sitio de pruebas nucleares de su país, y agregó que “en Rusia lamentamos esa decisión”.

Mientras esto pasaba Europa empezó a mirar hacia Oriente. Ángela Merkel entiende lo que quiere decir Trump con su consigna de America First y empezó a realizar unos movimientos estratégicos; viajó a Rusia y aterrizó en la ciudad de Sochi donde Putin la recibió con un ramo de rosas. Aquí hablaron del gasoducto North Stream 2, que llevará el combustible hacia Alemania, atravesando el mar Báltico; esto, por supuesto, no le gusta a Trump. Pero Putin también recibió al primer ministro indio, Narendra Modi, al presidente Emmanuel Macron y al premier japonés, Shinzo Abe.

Merkel se siguió moviendo y viajó a China, llegó a Beijín para reunirse con el presidente Xi Jinping y decidir sobre ventajas económicas para las empresas alemanas y para buscar una alternativa a la salida de Estados Unidos del pacto nuclear con Irán. De este modo el presidente estadounidense empujó a sus aliados a los brazos de Rusia y China.

Después de los avatares se produjo la esperada cumbre, el 12 de junio, entre Trump y Kim; de este modo el mandatario pasaba a la historia como el único presidente de Estados Unidos en negociar con un líder de Corea del Norte. Al respecto Trump afirmó que, después de una hora de conversaciones habían firmado un acuerdo muy completo; se resaltan cuatro aspectos importantes: establecer nuevas relaciones bilaterales, garantizar una paz estable, el compromiso de Corea del Norte para llegar a la desnuclearización y la repatriación de los prisioneros de guerra estadounidenses. Sin embargo, no aparece un cronograma para desarrollar los anteriores puntos.

A cambio de lo anterior Trump aceptó “detener los juegos de guerra con Corea del Sur”, lo que significa la salida de las tropas de Estados Unidos, acantonadas en este país, donde tiene 28 mil soldados. Al respecto dijo que las enviaría a casa porque eso “ahorraría mucho dinero”.

Dicen que el presidente estadounidense no sacó mayor cosa de esta cumbre en Singapur; sin embargo, desactivó un conflicto que él mismo provocó desde abril del año pasado, cuando envió un portaaviones a Corea del Norte para hacer una advertencia al régimen de Kim. Y mientras esto sucedía se alejaba más de sus viejos aliados (Europa y Canadá); este apretón de manos desactiva un conflicto y el mundo puede respirar tranquilo, por ahora ¡Pero con Trump nunca se sabe!