8 de marzo de 2021
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Inexperiencia y olvido de la historia

15 de junio de 2018
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
15 de junio de 2018

Hernando Salazar Patiño

Con André Glucksmann y Alain Finkelkraut, Bernard-Henri Lévy, ´hizo parte de los llamados “nuevos filósofos” en la Francia de los años setenta, por las críticas que hicieron a la izquierda fundamentalista que se impuso a raíz del movimiento de mayo del 68. Muy discutido en su país, donde  algunos juegan con sus iniciales, por ser uno de los hombres más ricos por herencia e inversiones, ser una figura mediática y de la radio y por haber sido amigo de los presidentes de Francia. A sido también, un duro crítico de la derecha, a pesar de que hay quien lo sitúan allí.

Discípulo de Louis Althusser, admiró, conoció, trató a Jean-Paul Sartre, consciente de la influencia que ejerció este filósofo, sobre varias generaciones intelectuales en el mundo entero, por más de medio siglo. Las tres etapas de su vida y de su pensamiento, y la autocrítica hizo el propio autor de “La Náusea”, a cada una de ellas, las describe en B-H. Lévy en esta formidable versión de unas ideas y una filosofía que agitaron el siglo XX.

Independiente de las discusiones que suscita su figura, creo que los párrafos que transcribo del libro mencionado, caben exacto en esta víspera electoral, coinciden con lo que he expresado por varios medios, y que explican por qué una determinada campaña política, ha seducido el voto de los jóvenes colombianos, de los que no habían nacido o estaba muy pequeños en las sangrientas y vergonzosas décadas de finales de los años ochentas, en la de los noventa, hasta los primeros años de la del 2000.

“¿Por qué tantos grandes espíritus han dicho tantas tonterías sobre el “hombre nuevo”de Cuba, o de China o de la URSS? (¿O de Nicaragua, o de Venezuela?) Porque detrás de la tontería está la pasión. Porque antes que el error, sin relación con ese “defecto de nuestra manera de actuar”, ese “ofuscamiento” pasajero de la mente, esa “confusión”que según Descartes está en la raíz del mal juicio, está la pasión por lo nuevo en general y por el hombre nuevo en particular.

Porque en la raíz de las opciones ideológicas más elaboradas, antes de las grandes locuras, reseñadas o no, que permiten decir que los intelectuales se han equivocado, encontramos sentimientos simples, que son como los mampuestos de sus construcciones y que comparten con los no intelectuales exactamente al mismo nivel que la arraigada sensación de ver el sol del tamaño de un puño.

Es el atractivo del hombre nuevo. La fascinación de la tabla rasa y la vuelta a empezar… El afán de pureza, la idea de que la inocencia es deseable, y la armonía, y la transparencia, y la sociedad completamente aplacada, sin disputas ni conflictos.

“Y la juventud… ¡Ah, la juventud! ¿Por qué no se iba a dejar vencer también el intelectual, como todo el mundo, por la fascinación de la juventud? ¿Por qué no iba a decir, como todo el mundo, que la juventud es el futuro del mundo?  Por qué, aun a  sabiendas que el culto a la juventud ha sido inseparable de los fascismos y los comunismos, iba a resistir mejor que otros a su inseparable atracción?  Estas pasiones son los números primos de la razón política… Son como su alfabeto negro. Sus verdaderos principios. Sus fuentes infrapolíticas y por lo tanto inagotables”

“Supongamos que los totalitarismos, los integrismos, los fascismos, desaparecen oficialmente del debate público. Supongamos que les hacen objeto de una reprobación total, radical, general. Aparecerán de nuevo en cuanto la multitud, movida por la desesperación o por la fe, vuelva a tener el dulce sueño  de una sociedad pura, transparente, joven, etc.,  y delante o detrás de esa multitud,  acariciando el mismo sueño terrible e inocente, habrá como siempre intelectuales que, bien por haber olvidado las lecciones de la historia, bien porque para vencer una pasión, nunca ha bastado con rectificar los principios del entendimiento o las reglas para la dirección del espíritu, teorizarán esos arrebatos, y se equivocarán.”