Fontur 2018
El juguete roto

Jaime Lopera

jaime loperaEstaba como distraído cuando vi entrar a Jorge, un chileno que vivía en el mismo barrio donde he pasado mi juventud, allí, muy cerca de las torres de Salmona que se asoman a los puentes de la 26. Dos veces a la semana veníamos a platicar al café Los Cardenales bajo el imperativo de escuchar de vez en cuando las experiencias de Jorge durante sus mejores años como centro delantero, uno de los mejores de su país.   No sé de dónde sacó la expresión que a menudo utilizaba para recordar sus años de gloria, pero siempre entendimos que se burlaba de sí mismo para compensar con el humor los penosos días que pasaba en su viejo apartamento, viudo y solitario, abandonado por dos hijas que ni siquiera le traían el regocijo de sus nietos.

Jorge solía describirse, repasando sus espléndidos años mozos de centro forward, como un juguete roto: una locución de su tierra con la cual se evoca el ciclo de novedad y de alegría que nos proporciona un muñeco nuevo, y el olvido en que cae el mismo objeto cuando, sucio y roto, termina relegado en el rincón más descuidado del depósito.

Esa tarde, en medio de sus mejores inspiraciones y después de dos cervezas heladas, lo estimulamos a conversar sobre las penas y pasiones del deporte en su tierra y en los equipos que lo había contratado aquí. “Si ustedes quieren saber lo que significa un preinfarto, dijo, figúrense perder un campeonato gracias a un penal dudoso pitado en el minuto 89. Algo más: ustedes no saben lo que es el dolor si jamás un jugador les ha roto una pierna en medio del partido con una zancadilla malintencionada”.

Sorbiendo una gaseosa, Daniel, buscando armar una pelotera, se atrevió a replicarle diciendo que los jugadores a menudo sobreestiman sus emociones por el afán de mostrarse más importantes de lo que son.

 “El fútbol son puros sentimientos, querido –-contestó Jorge, casi sin inmutarse. “Aquel que no conoce el rencor basta con imaginarse a un compañero haciendo un autogol al final del segundo tiempo, o cuando un mal árbitro te mete una roja inicuamente, para que de una vez sepa lo que son los resentimientos. ¿Tienes idea del júbilo que nos llena el corazón cuando vemos una rabona bien colocada, o un escorpión como el de Aristi que te inunda de lágrimas en medio de la algarabía del estadio”.

Enseguida nos miró a todos en redondo y añadió: “las delirios que se acumulan en un partido no tienen nombre. ¿Acaso comprenden todos ustedes lo que siente un guardapalos a doce pasos de un artillero que está dispuesto a romperle sus manos y toda su reputación con un cañonazo? ¿De qué otra manera puede calificarse el desamparo que siente un jugador cuando camina lentamente a sacar un balón que reposa en el fondo de la piolas?”

Hizo una pausa y, para complementar lo que había dicho, de nuevo nos miró y sentenció con esta: “¿Saben ustedes que es la lírica en el fútbol? No lo vayan a olvidar: ni la mejor metáfora es capaz de igualar una pared perfecta con tu mejor compañero, o cuando le procuras un túnel pulcro al volante de marca que te había avergonzado varias veces en el partido con una gambeta limpia”.

 Todos estábamos conmovidos. No contento con lo anterior, Jorge concluyó: “¿Se imaginan ustedes cómo se le puede achicar el alma hasta el infinito a un defensor al que sorprenden mal parado en un contragolpe? Hace años jugábamos un partido definitivo a un pelo de irnos al escalafón del descenso. En cierto momento el volante del equipo contrario recuperó la pelota en media cancha y se escapó a toda velocidad cuando advirtió que los defensas nuestras estaban muy adelantados. De repente vi salir corriendo de la banca, y gritando como un loco, a una figura blanca que se lanzó directamente hacia el delantero y lo derribó con una tijera fulminante. Era el doctor Orozco, el médico de nuestro equipo, un hombre juicioso y ponderado que no pudo soportar la humillación que se nos venía encima con ese golazo incuestionable”.

Solo después de suponer el  pandemónium ocurrido en aquel estadio, aplaudimos a Jorge. Nos había dado una clase inesperada acerca de las emociones que circundan el fútbol y no pudimos olvidar desde entonces ni esa charla, ni aquellos ojos grises de nuestro ídolo cuando finalmente se levantó despacio, traspuso la entrada del café y se alejó cojeando hacia esa desolada habitación donde aún rumiaba la sensación de asumirse como un juguete roto.