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Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
1 de junio de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
1 de junio de 2018

Víctor Hugo Vallejo         

A: Carlos Guillermo Navarro

Aníbal Gamboa Zapata

Los de ella fueron muy pocos. Contados en los dedos de una mano, sobrando dos dedos. Pero los que hizo, ayudó, generó, dedicó,  consolidó e hizo llorar se cuentan por millones, pues con sus canciones fueron muchos los amores que se han edificado y los que se siguen construyendo, porque su voz no pasa de moda y se escuchan sus grabaciones de los años sesenta en el siglo XX, como si fueran éxitos de ahora, de esos que se promocionan comercialmente con ruido de un día y luego desaparecen. Los de ella son temas que se dejan oír desde antes, ahora y mucho después.

Su voz se había apagado desde hacía cuatro años, cuando realizó sus últimas grabaciones  y mantuvo la misma elegancia de siempre en la tonalidad, en la forma de decir las canciones, sin estridencias, sin gritos, sin tonos altos, todos bajo ese mismo ritmo de contralto  que manejaba con maestría la gravedad  profunda de poder cantar como nadie  había cantado. Las dolencias de salud no le permitieron seguir haciéndole hasta el final, como siempre soñó.

Todos los ritmos se acomodaban a su voz o ella los acomodaba, porque estaba tan cómoda cantando un bolero, con cadencia ritmo, sentido de intimidad, de enamoramiento, de contacto personal, que un tango en el que de alguna u otra manera se diera la tragedia de amores traicionados o los sentidos lamentos de una ranchera compuesta para lamentar tantas penas y provocar tantas ingestas de alcohol, sin desgarres vocales más allá de la emoción cierta de cada nota.

Cuando andábamos por el rock, y ya entrados en tragos,  volvíamos a esos ritmos de desensaño y lágrimas escuchados tantas veces en casa, a través de la emisora que programaban musicalmente los oyentes,  en alguna ocasión nos fuimos al bar sin nombre, que además era cafetería, billar y supermercado. “Piquiña”, el dueño del negocio, calculó que ese día si teníamos con que pagar la cuenta y que no se trataba de una sola cerveza y luego la despedida, por lo que  hizo sonar un disco que había comprado en su último viaje a Pereira. Lo puso porque lo quería oír, no porque esa joven clientela –de cuentas bajas, por obvias razones-, le mereciese la distinción  de  hacer sonar  lo que tan bien le llegaba a sus oídos.

Aunque no creas tu.

como que me oye Dios,

esta será la ultima

cita de los dos……

 

Devuélveme el rosario de mi madre,

y quédate con todo lo demás,

lo tuyo te lo envío cualquier tarde,

no quiero que me veas nunca más.

Eso ya lo habíamos oído, rasgado, en tono de dolor  en muchas voces mexicanas que le daban la vuelta a Latinoamérica, pero oírlo con la elegancia, con el acento, con la entonación, con el acompañamiento de unas guitarras maestras, fue algo completamente diferente.

Nosotros  que nos atropellábamos para hablar porque teníamos tantas cosas que decir, en la convicción de que éramos poetas y llevábamos consigo unas enormes ganas de cambiar el mundo, aunque no fuésemos capaces con nosotros mismos, no volvimos a pronunciar palabra y nos dedicamos con toda atención a escuchar las canciones que salían del equipo de sonido que invadía todo el lugar y a cada momento alguien iba hasta el mostrador a preguntarle  al cantinero quien cantaba ahí. No la habían escuchado. Daba el nombre y mostraba la carátula  del disco de larga duración en el que aparecía el rostro bello y fresco de una señora que superaba los 40 años. Nos prestó la carátula y nos tardamos cada uno en tenerla entre nuestras manos, pues su voz nos había cautivado y su rostro nos decía que había posibilidades de enamorarse platónicamente de mujeres mayores. Que importaba la edad ante tanta belleza.

Y tu que te creías, el rey de todo el mundo.

Y tu que nunca fuiste capaz de perdonar,

que cruel y despiadado de todos te reías,

hoy imploras cariño,

aunque sea por piedad….

Y la canción seguía con el arrobamiento de esos muchachos tomando cerveza, muy temprano en la tarde. Hasta llegar al desenlace en que la amada le dice a quien amó y aún la ama que “fallaste corazón”, porque ahora solamente viene el olvido.

Oímos todo el álbum con la misma atención. Se pierde en la memoria cuantas veces lo hicimos repetir ese mismo día y otros muchos días, después.  Sus  canciones nos hicieron guardar silencio, que casi desconocíamos entre nosotros, pues cuando nos encontrábamos siempre nos faltaron tiempo y palabras para hablar de tantas cosas que creíamos saber y de las que luego llegamos a aprender, cuando debimos tomar la vida  en serio.

Esa vez  le pusieron una marca a nuestras jóvenes vidas, que siempre siguieron llevando consigo las canciones de María Dolores Pradera, a quien tanto amamos y seguimos amando, porque con  ella nos gastamos muchos años de amoríos, desengaños, dolores de muchachos y penas de adolescentes  que podían ser paliados más fácilmente acompañados con sus canciones, en esa voz inconfundible y grave que todo lo cantaba con el mayor sentimiento y emoción, sin gestos, sin exageraciones, sin esfuerzos innecesarios. Era una voz naturalmente bella.

El 28 de mayo de 2018 nos dieron el golpe de su ausencia, a los 93 años de existencia, 70 de los cuales los dedicó el arte, a la canción, al teatro, al cine, al mundo de las tablas como que nunca hizo nada distinto en la vida, ya que a los 16 años  por vocación y necesidad se hizo actriz, dada la expresividad de su cuerpo, la profundidad de su mirada, la delicadez de sus facciones, la expresividad de sus ojos y la belleza enorme de su voz, se apagó definitivamente su edad. Lo tenía todo para ser el personaje que quisiera. Y ella era consciente de que había nacido con una voz diferente a todas y que desde ella podría darle rienda suelta a esas ganas de darle existencia cierta en un escenario a muchos personajes femeninos.

Nosotros la conocimos ese día y nunca más nos alejamos de ella. Fuimos a verla al teatro en alguna ocasión que llegó de gira por Colombia y nos convenció aún más de la extraordinaria calidad de artista que había en ella. La seriedad, la sobriedad, la expresión cierta de lo que hacía  en escenarios en los que no habían más presencias que la de ella y sus acompañantes, sin necesidad de grandes coreografías, ni efectos lumínicos, ni apoyos audiovisuales, ni trucos sonoros algunos. Apenas su voz, su elegancia y sus manos que lo dibujaban todo.  Se trataba era de oírla a ella. Y cantaba  dos a tres horas continuas, con la misma frescura con que había comenzado. Era como que estuviese haciendo algo elemental. No interrumpía sus canciones para discursos demagógicos  de convicción de los espectadores. Sabía ciertamente que quienes la iban a ver era por el gusto de verla, disfrutarla y oírla. Eso era ella: la cantante esa nacido en Madrid, el 24 de oir vierran y la aplaudieran. do el p tençrutarla y oirla.la. Y Cantaba de dos a tres horas cntinuapañola más grande de todos los tiempos con temas latinoamericanos. No le tuvo temor a ningún aire. Los cantó todos y todos le sonaron con la misma distinción que le dio a sus primeras grabaciones, que llegaron apenas en 1966, cuando ya tenía 42 de vida y un plan existencial en el que contaba por encima de todo el público, al que siempre pensó que se debía. Lo de ella siempre fue que la vieran y la aplaudieran.

María Dolores Fernández Pradera había nacido en Madrid, el 24 agosto de 1924 y se le fue la vida el 28 de mayo de 2018, cuando se seguía y se sigue oyendo en sus grabaciones, tanto de disco como de DVD, pues todas las ocasiones son propicias para dejarse llevar por su voz.

Su infancia –era la tercera de cuatro hijos- transcurrió entre España y Chile, en razón a los negocios de su padre, quien falleció muy joven, como que los dejó huérfanos en 1935, cuando ella apenas llegaba a los 11 años. Su madre, Carmen Pradera Fuster, comenzó una lucha enorme para sacar adelante esos hijos, a los que no les pudo entregar los niveles educativos que hubiese deseado y quienes en su infancia y adolescencia debieron acostumbrar sus oídos y sus ojos a los bombardeos despiadados de una guerra civil que llevaría al final a la implantación de una dictadura retrógrada que se extendería en la vida de los ibéricos más de allá de 35 años, en los que la ausencia de la libertad fue tanta que ellos ni siquiera sabían que existía.

Fallecido su padre la vida se hizo solamente española, pues se trataba, antes que nada, de sobrevivir. Y en esa sobrevivencia, pasada la guerra, estabilizado un gobierno que de una vez dio muestras claras de control y vigilancia al ciudadano en forma permanente e inconsulta,  María Dolores buscó ganarse unos recursos actuando en pequeños teatros, en los que se ponían en escena a los clásicos del Siglo de Oro de las letras españolas, en los que se recortaban cualquier alusión a críticas políticas, así éstas tuviesen la intemporalidad que poseen las obras de ficción, que pueden decirlo todo, como no decir nada.

Y ahí encontró la vocación y el cubrimiento de sus necesidades personales y ayuda económica a su madre, al menos para sobrevivir decentemente. El cine español comenzó en esa misma década a dar unos primeros y tímidos pasos de producción, con obras que no comprometieran opiniones de alguna naturaleza contrarias al gobierno recién estrenado. Los cineastas iniciales recurrieron a las tablas del teatro para encontrar a sus actores. Fue así como en 1944 María Dolores Pradera filmó su primera película,  de un total de 18. Bajo la dirección de Juan Corduña actuó en “Yo no me caso”, una comedia de entretenimiento. A los espectadores les llamó la atención la belleza de la actriz y la gravedad y claridad  de su voz. En ese mismo año participó en la filmación de “Altar mayor”, con la dirección de Gonzalo Delgrás.

En el cine conoce al gran actor y guionista Fernando Fernán  Gómez, con quien actúa  en “Los habitantes de la casa deshabitada”, dirigida por el mismo Delgrás. En 1945 contrajo matrimonio con el primer gran amor de su vida, Gómez, con quien convivió por espacio de 12 años, habiendo procreado a sus hijos Fernando y Helena. En 1957 no soportó las constantes jornadas nocturnas de licor y diversión de su esposo y decidieron separarse y cada uno continuar por su lado. En ello también tuvo mucho que influir  la difícil situación económica por la que atravesaban, que no era distinta a la de los demás españoles,  en un gobierno en el que todo era imposición.

Se separaron y ni pensar en legalizar dicha situación o de divorciarse. Eso no existía en España y solamente en la década de los 80 pudieron  retomar su estado civil de solteros, aunque siempre fueron buenos amigos y la Pradera recordó con afecto  los años vividos al lado de Gómez, por quien suspiró y que en adelante sólo tuvo como el padre de sus hijos.

Sentir que la vida era solo suya y que de ella haría lo que fuese capaz desde un escenario, la llevó a actuar en obras de teatro  en España, Francia, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos y México donde echó  raíces por muchos años y donde tuvo a grandes amigos, con quienes compartió  extensas conversaciones sobre las canciones y los grandes autores teatrales.

En México  descubrió la gran importancia  que tenía la música en la vida diaria y la extraordinaria riqueza de su folclor, así como el apego incondicional a todo lo que fuese mexicano.  Eso se lo llevó puesto en sus emociones.

Cuando regresó a España, en 1966 tomó la decisión de dedicarse a la canción. Cantaba en las obras de teatro. Eran los momentos en que el público más se compenetraba con ella. Entendió que desde su expresión corporal, que no demandaba de grandes  desplazamientos en el escenario, podía sentir la satisfacción de su desarrollo vocacional y seguir en las tablas, pero ahora no aprendiendo parlamentos extensos de los autores, sino las letras de las canciones capaces de transmitir muchas emociones entre los oyentes.  En ese año grabó su primer trabajo de larga duración que se llamó “Amarraditos”, que seria el comienzo de un trabajo de 33 álbumes  que finalizó en el 2014 con “Orígenes”, en el que hubo una especie de recopilación de muchos de sus éxitos más sonados, pero en la voz muy madura que mantenía las tonalidades esenciales  de siempre.

Su último trabajo cinematográfico fue la película “La Orilla” de Luis Lucía, filmada en 1971. En los escenarios dio conciertos hasta el 2012, cuando afecciones pulmonares le hicieron interrumpir una gira programada en esa calenda por toda la geografía de España, la que finalmente se canceló y de ahí en adelante las limitaciones artísticas no las trajeron su ánimo y su voluntad, sino la precariedad de la salud.

Bien cercana a los 90 años lucía con la misma altivez, donosura y belleza en el escenario, parada ante un micrófono  con el apoyo de sus acompañantes ideales de siempre “ Los Gemelos”, maestros de la guitarra, quienes  le hacían el trio, y los movimientos que permitían mejor transmisión del contenido emotivo de las canciones.

Se le agotó la vida. La pasó por más de siete décadas en los escenarios y al lado de los micrófonos, cantando las canciones que consideró dignas de su voz. Haciéndose oír de todos, pues los jóvenes cuando la descubren se quedan con la melodiosa  forma de decir las notas y los poemas. No se ha muerto. Es claro que los grandes en vida no mueren jamás, porque su obra va a seguir respondiendo por ellos. Y en las canciones María Dolores Pradera va a permanecer arrullando muchos amores, millones pues los de ella apenas fueron su único marido, sus dos hijos y el director de ABC, Luis Calvo,  con quien  nunca formalizó la relación, pero a quien amó  y admiró profundamente, como que en 1991, cuando muere, le escribió la única carta que le escribió en la vida, a pesar de los reclamos de él de que nunca le escribía y al final le dice que ante su ausencia “no me quedará más que comprarme una enciclopedia, porque no tendré a quien preguntarle”. A los hombres que amó los admiró y respetó.

Su vida personal fue estrictamente privada. Nunca se ventiló en las revistas de farándula. Estas poco o nada se ocuparon de ella. Más lo hacían las publicaciones de arte y cultura. Se llevó consigo numerosas condecoraciones  y reconocimientos y la admiración del mundo de habla hispana, que en ella ha encontró quien cantara las canciones haciéndolas sentir con elegancia y distinción profundas, sin recurrir a las estridencias.

A nosotros es como que se nos muriera la juventud, esa que quisimos construir  con muchos amores y dolores, teniendo en el oído la melodiosa voz de una dama de la canción, en el más estricto sentido de la palabra. La amamos y la seguiremos amando.