5 de marzo de 2021
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CONCIENCIA

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
22 de junio de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
22 de junio de 2018

Víctor Hugo Vallejo 

Le doblegaron la vida. Le humillaron la existencia. Le ultrajaron su nombre. Le destruyeron parcialmente su obra. Lo sometieron hasta en los más pequeños  detalles de lo cotidiano. Lo dejaron sin trabajo. Lo dejaron sin alumnos. Le cerraron el futuro. Le mutilaron  las horas y los días. Lo sometieron a la soledad, esa que amaba, pero que de manera forzada duele tanto. Lo hostigaron hasta el cansancio. Nunca pudieron despojarlo de su conciencia, ni mucho menos de su capacidad de pensar, de crear con lo que tuviera a la mano.

Afuera estaban sucediendo cosas. Muchas cosas. De esas que a él lo tenían sin cuidado, pues su vida no estaba ligada a nada diferente que a la creación artística, con el concepto de pureza de que el arte es el arte y como tal debe estar presente en la vida de los seres humanos, pero sin ir más allá de lo que es la creación de quien imagina, proyecta y plasma  para la visión de los otros.  Eso que sucedía allá afuera  iba dirigido a la unanimidad, a la homogeneidad  de lo creado, al compromiso con lo que se imponía. Lo tenía sin cuidado. Ni siquiera sabía que eso estaba pasando, porque él estaba en su mundo, en ese en el que el hombre hace aquello que determina en un momento dado, por hacerlo, por el gusto de verlo realizado.

Todo cambió una mañana temprano, cuando la enorme luz que invadía su apartamento-taller  se vio disminuida e invadido de un aire de color  rojizo que le impedía la plena distinción de los colores en los oleos, por lo que debió averiguar lo ocurrido y se encontró con que sus ventanas que daban a la calle habían sido cubiertas con un gran telón de fondo rojo en el que aparecía la imagen del dictador José Stalin. Sintió rabia. Sintió que lo atropellaban, que le invadían su vivienda, que  lo estaban sometiendo a la ausencia de la luz, a un hombre para quien la luz era la materia prima de lo que hacía.

Se enfureció, tomó una de sus muletas, y la utilizó a manera de bisturí para romper el telón externo desde la ventana de su casa, de arriba abajo, hasta dejarlo convertido en dos piezas que con el viento perdían sentido de la imagen.

Desde la calle  los policías  del nuevo régimen  vieron cuando desde adentro rompían la extensa tela, localizaron el piso y el apartamento, subieron presurosos tras el agresor de la imagen  de quien debía ser adorado como dios, respetado como gobernante y temido como sátrapa. Se encontraron con un hombre solo, lisiado, a quien le faltaba su pierna derecha y su brazo izquierdo, quien estaba sentado al frente del caballete, pintando, casi sin darse cuenta de la presencia de los intrusos, quienes le increparon por el “delito” acabado de cometer, como que no quedaba duda de ser su autor, dado que allí no había nadie más. Se lo llevaron consigo. Lo condujeron ante las autoridades, quienes lo identificaron plenamente, lo censuraron de manera radical por su conducta y lo dejaron fichado como uno de los seres humanos a quien habría que perseguir, pues al darse cuenta de su enorme prestigio, no se atrevieron al método tradicional de desaparecerlo y dejarlo tirado en cualquier parte, ya en la condición de cadáver. Ante tanta fama, la prudencia hablaba mejor del mal   que se imponía, pero a cada quien en la dosis que le correspondiera.

Desde ese día  el gobierno sometido al gobierno extranjero, se dedicó a cerrarle todas las puertas. Lo primero que hizo fue dejarlo sin trabajo en la escuela de artes, donde sus alumnos lo adoraban por el sentido de plena libertad en la creación que les enseñaba en todas sus clases, muchas de ellas al aire libre, donde se le ocurrían actos  que no estaban en las cuentas de un limitado físico, y que lucían casi cercanos a la locura, que eran imitados por esos estudiantes que entendían que desde la creatividad todo es posible, ya que lo que trasciende es hacer aquellas cosas que la imaginación genera, al fin y al cabo la imaginación es una manera de hacer uso de la razón, aún sin razón.

Era tan indiferente con la vida, con los demás, con su familia, con la sociedad que poco o nada le importó  quedarse sin trabajo, aunque extrañaba  la presencia ruidosa de sus estudiantes. Lo que lo concentraba era su creatividad, a la que no le dio descanso.  Ya la vida en pareja con su esposa no era posible y la distancia se había hecho tan grande que cuando ella murió, ni siquiera se dio cuenta, a pesar de que siempre pensó que le hubiera gustado llevarle flores azules, las que ella siempre amó. Supo  de su muerte porque alguna vez vio pasar por las heladas calles de la ciudad un féretro y al indagar, en una de las pocas veces en que hablaba con ella, con su hija, de quien había sido el entierro, supo que era el de Katarzyna. Se quedó pensativo. No tuvo expresión más allá del lamento de no estar allí y el corto reclamo de no haber sido avisado, a lo que su descendiente apenas le contestó que no se consideraba importante haberlo hecho. Unos días después consiguió las flores azules y en silencio, solo, se paró frente a su tumba y colocó el ramo, sin que hubiesen testigos. El frió lo inundaba todo.

La pintura y el cigarrillo eran sus compañías. Al momento de la separación de la pareja, la hija había decidido quedarse a vivir con su padre, a quien veía mucho más solo, y tener buenas relaciones con su madre. Ella estudiaba y en los momentos en que estaba en casa procuraba atenderlo de la mejor manera, pero los lienzos y el cigarrillo  establecían una especie de barrera impenetrable de comunicación entre los dos. Casi  como un coro que debe repetirse a cada instante, la hija se limitaba a recordarle que estaba fumando mucho y eso le haría daño y que además comía muy mal, porque nunca interrumpía un trazo de pincel para sentarse con juicio a consumir los alimentos. Estos se enfriaban o sencillamente volvían a la cocina con destino a los desechos.

Un día la hija decidió que estará más acompañada en la casa de las estudiantes de su escuela y allá se fue. Una alumna de la escuela de artes,   decidió visitarlo con más frecuencia y atenderlo en sus tareas ordinarias, mientras lo veía crear de manera incesante.  La misma pared incomunicante con su hija y con los demás seres humanos cuando estaba creando, se mantuvo con esa bella joven que tan solícitamente lo atendía.  Era un mundo centrado en lo ue creaba.  Nada más.

Mientras tanto, el gobierno dominado por el socialismo irsuto stalinista  siguió tomando medidas en su contra. No le volvieron a vender lienzos. No le vendían óleos, ni temperas. No había nada disponible para él. Le iban cerrando la vida.  Ya no había comida, ni libreta de racionamiento, nada que le permitiera seguir viviendo en la mínima dignidad. Una persona que le suministraba  magra alimentación, cuando se enteró que no tenía con que pagarle, no dudó en volver a vaciar la sopa de su plato y echarla al recipiente de cocción. Sólo quedó el plato untado, que se lamió angustiado para calmar el hambre. So rostro hundido en el fondo de ese plato  que apenas conserva huellas de una sopa cualquiera, es la traducción del sometimiento y humillación a que  conduce un régimen político que quiere imponer los cánones de pensamiento y creatividad, pues todo debe conducir hacia la exaltación del líder y sus ideas (?), el unanimismo autoritario.

Supo y sintió las limitaciones que le imponían, pero su conciencia se mantuvo firme, su pensamiento, siguió formulando  principios de un arte en el que siempre  estuvo convencido hasta convertirse en una figura destacada, que fue capaz de crear el Primer Museo de Arte Moderno de Varsovia, donde había una sala especial con sus obras  de expresión unimista, una teoría de su autoría y que dio paso a la plena modernización de la pintura polaca.  Una obra de tanta trascendencia que inspiraron  en la composición de muchas obras al gran músico Z. Krause, otra figura que el socialismo polaco impuesto no fue capaz de eliminar.

Iba solo por la calle y de un momento a otro cayó de bruces. La gente lo ayudó. Lo hospitalizaron. Estaba afectado de tuberculosis como producto del frío, del hambre y del cigarrillo.  Se fue apagando y se alejó del mundo dejando una valiosa obra que apenas fue destruida en parte, por los esbirros soviéticos que no toleraban que alguien pensara de manera libre, el 26 de diciembre de 1952, en Loddz, la ciudad donde hizo  su vida, su obra  y su presencia, donde hoy día se le rinden todos los tributos que merece el más grande artista plástico de Polonia en el siglo XX.

Todo esto se puede conocer en la película “After Image”, la obra póstuma del cineasta polaco Andrzei Wajda, que no terminó su edición, al morir el 9 de octubre de 2016, a los 90 años de edad, una realización que trabajó durante veinte años en los que fue perfeccionando el guión que en un comienzo se ocupaba de la vida en pareja del artista y su esposa, pero luego terminó en contar la existencia del pintor en los últimos cuatro años, de 1948 a 1952.

Allí está  contada la vida y obra del pintor polaco Wladislaw Strzeminiski, quien había nacido en Minsk el 26 de noviembre de 1893 y fue  el gran revolucionario del arte plástico del centro de Europa, creando además tesis y teorías que se fueron haciendo materia de estudio en las Universidades, donde encontró el medio ideal para hablar, discutir, dialogar con los jóvenes a quienes por encima de todo siempre les enseñó  el ejercicio de la libertad plena, asumiendo los riesgos que ello trajera consigo.

Un filme que pasa por las carteleras  colombianas en silencio, al punto que a sus presentaciones no asisten más de cinco o seis personas, quienes no pierden un minuto de la proyección, en la que no hay muertos, ni efectos especiales de computador, pero está la vida, contada con una bellísima fotografía, de un extraordinario artista que no se deja comprender de nadie, pero que solamente pretende que lo que le comprendan sea su arte. Es asfixiante  lo que le va sucediendo a Strzeminiski , pero se puede seguir con atención  en la medida de sus inteligentes diálogos, en los que se va conociendo  lo que sucede cuando llegan los gobiernos totalitarios, que se sienten con el poder de cambiar hasta la forma de pensar de los seres humanos.

Wladislaw Strzeminiski  estuvo casado con la gran pintora y escultora  Katarzyna Kobro, con quien procreó a Nika, pero la vida en común con un hombre reconcentrado en el arte, en lo que hacía, en lo que pensaba, en lo que producía en la convicción de estar renovando totalmente el arte polaco, no era fácil y se separaron con distancias enormes, a pesar de seguir viviendo en la misma ciudad, al punto de no haberse enterado de su muerte, a cuyo sepelio no asistió  y no pudo llevarle las flores azules, como que la seguía amando, lo que hizo luego en solitario ante una tumba helada.

Strzeminiski fue también teórico del arte y fue autor del tratado “La Teoría de la visión”, en la que plantea básicamente que el arte visual debe dirigirse hacia esa facultad sensorial del ser humano y estremecerlo con la fortaleza de los colores y la definición precisa de las líneas, hasta generar el efecto de afectación que cada quien perciba. Su obra genera un extraordinario impacto visual, en eso consistió su originalidad y la película lo deja saber con profundidad.

Esta fue la obra en que el director Andrzei Wajda le rindió el gran homenaje al artista que siempre admiró y de quien veinte años antes de su muerte quiso hacerla, contando la vida en pareja de dos artistas geniales, pero luego redujo  el tema a los últimos cuatro años de existencia de Strzeminiski, logrando una obra maestra, lo que en modo alguno es extraño si se tiene de presente que Wajda es el más grande director de cine  de Polonia y  que en su vida fue autor de más de 40 cintas, habiendo ganado en varias ocasiones el Festival de Cannes y  siendo acreedor a un Oscar honorifico de la Academia de Hollywood en el año 2000, por el valor artístico del conjunto  de su obra.  Fue una película  que hizo cuando ya  tenía 89 años, que concluyó en su filmación, pero no así en su edición, lo que hicieron los demás miembros del equipo cinematográfico, habiéndola estrenado en el 2017.

Wajda  filmó su primer largometraje en 1955, cuando apenas tenía 29 años y fue “Una generación”, con la que comenzó a impactar a nivel universal. La historia y los grandes personajes  de su natal Polonia fueron los temas de que se ocupó siempre, realizando toda su obra en el idioma original y con actores polacos. Hijo  de la profesora  Ángela Wajda  y del militar  Jakub Wajda, quien fue asesinado en la masacre  del Bosque Kattyn, durante la II Guerra Mundial, y sobre lo que hizo en el 2007 su película “Kattyn”, un episodio descarnado de los muchos crímenes que se cometen en nombre de las imbéciles guerras.

Ver durante un poco más de dos horas  la vida cotidiana y ultrajada de un gran artista, sentir las humillaciones  a que es sometido, ser testigo del hambre que acosa y de la soledad que agobia, es estar al frente de una obra maestra de Andrzei Wajda que cuenta los últimos años del maestro de la pintura polaca Wladislaw Strzeminiski.  Ver la vida en color de dolor, pero con la conciencia erguida de morir siendo el mismo de siempre.