Fontur 2018
Perfil del perfecto arribista

Óscar Domínguez Giraldo

A pocos días de las elecciones se impone retomar el retrato de este viejo y siempre nuevo miembro del zoológico político.

Nuestro sujeto no tiene principios. Tiene fines burocráticos. Por ello, tres segundos antes del último boletín de la Registraduría nuestro camaleónico bípedo proclamará: “Ganamos”. Ahora, si por algún “chocorazo” (fraude) el derrotado es su candidato dirá, amnésico: “Perdieron”. Y se pondrá a órdenes del nuevo César. 

“Mande usted”, es su metáfora preferida. (Otros arribistas sí tienen principios, pero si hay necesidad, los cambian por otros, diría Marx, Groucho, no Karl).

El arribista, encarnado en lagarto criollo, adhiere, luego existe. No tiene ideas. No gasta plata, tiempo, babas, calzones, ni ropa en esas minucias. Piensa al fiado. La claudicación ideológica es su credencial de combatiente. 

Vive con la vida pendiente de un puesto. O de su carnal el contrato. ¡Qué aburrición ser pobre, habiendo presupuesto público de por medio! Lo que se ha de robar otro, me lo robo yo, dice con pragmatismo de la peor ley.

En época electoral, procura no excederse a la hora del inevitable coctel de celebración. Se impone esa dieta etílica no por pudor de aprendiz de alcohólico anónimo  sino porque de pronto, pasado de tragos, se le olvida de qué lado está, en su mundo de subuso político.

Decidió medirse en el licor desde cuando una mañana, fulminado por el guayabo, le preguntó a su mujer: “Mija, ¿y de qué lado político amanecimos triunfantes?”.

Si el ganador está lejos de su jurisdicción de avivato, tiene redactado el mensaje de adhesión: “Prócer: contigo llegan por fin al poder la honestidad, la eficiencia y la inteligencia. Afectísimo e irrevocable”. Y anexa hoja de vida, obesa, redactada como con silicona. Conserva el mensaje porque le servirá en futuras elecciones. Así no tiene que gastar materia gris que debe guardar para otra intriga.

Como ladra sentado, por precaución de veterano conoce lo mejor del repertorio de los que marchan adelante en las encuestas. A Lemoine le dice Carlos, a  Franco, Napo, a Caballero, César. Y a Dios lo que es de Dios, faltaba más. 

Como el tuerto Mauco, de La Vorágine, es amigo de todo el mundo. Del que sea menester. No hay problemas por eso. ¿La ética con qué se come?, dice este activista del sentido común.

El hecho de conocer de memoria el meollo del programa del candidato le sirve para lucirse ante él a las primeras de cambio, repitiendo algún discurso reciente, una frase bien lograda, su ademán de caudillo. 

A veces, para sentirse dueño del candidato, le dice a su entorno que fulano copió su planteamiento, su sonrisa, la forma de amarrarse los pantalones, de bajarse del bus. Así cree asegurar chanfa para rato. O algún contrato que lo saque de pobre. Sabe bien que en Colombia “la gente primero se enriquece y después se honradece”.

Siempre tiene plan b: si finalmente no tuvo acceso al que está en el curubito, hace el veloz cursillo de sacamicas de alguno de los próximos al nuevo zar. Estos también comerán del sancocho del nuevo rico Epulón  burocrático.

Sólo en último extremo, cuando no lo admiten ni el perdedor ni el triunfador, nadie, opta a regañadientes por el desierto de la oposición. Proclama desganado que, “con infinito dolor de patria”, hará política desde la llanura, “mi estado natural de luchador de todas las horas y todos los insomnios. El reposo no es mi fuerte. Me crezco ante
el revés. Los valientes andamos solos”, dice con el título de una película que vio en el gallinero de su juventud.

En este sentido, el arribista es antípoda de sí mismo. La cabriola ideológica que ha dado ha sido de más de 359 grados. Es su receta final para tratar de ganar con cara y no perder con sello.

Lo que más le gusta de la democracia es el voto secreto. La tibia soledad del cubículo electoral lo pone a salvo de que le descubran sus marrullas. Ducho en soledades (Onán es su gurú) sabe que en la intimidad de la urna puede cambiar su voto. O no votar por nadie, que es la forma de rendirse homenaje a sí mismo.

Deja como herencia al mundo un epitafio piratiado de las obras completas de Nerón: “Qué gran artista del arribismo perdió el mundo. Ahí les dejo el cuero”.

Democracia, cuántos chistes se cometen en tu nombre.