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El papable

Gabriel García Márquez escribió el 19 de abril de 1999, en la Revista Cambio desde Roma sobre el cardenal Darío Castrillón, primer colombiano con posibilidades de llegar a papa. Esta crónica se convierte hoy en una gran pieza periodística.

Revista CAMBIO

La cama en que duerme es la misma en que murió Pío XII. El cuadro colgado sobre la cabecera de bronce es una imagen de la Inmaculada Concepción que perteneció a León XIII. El apartamento donde vive es propiedad del Vaticano, a treinta metros del límite físico entre Italia y la Santa Sede, y desde el estudio se ven las ventanas del dormitorio del Papa. La mayor parte de los muebles son salvados del naufragio de los siglos por los anticuarios del Vaticano. Las paredes del corredor, los dormitorios y el estudio están cubiertos con estantes de libros en sus idiomas originales, casi todos de enseñanza teológica, filosófica y pastoral; de los grandes clásicos latinos y griegos, y muy pocos de literatura contemporánea.

Sin embargo, el cardenal Darío Castrillón Hoyos, a sus 69 años, vive y piensa en colombiano, y lo demuestra con orgullo mientras nos enseña su casa cuarto por cuarto. Hay cuadros colgados hasta donde los libros lo permiten. Algunos son antiguos, pero predominan los de arte popular colombiano, ligados de algún modo a la historia pastoral del cardenal. En la capilla donde celebra la misa, todas las mañanas a las seis, el altar está hecho con grabados de artesanía colombiana, y con un Cristo primitivo tallado sobre tablas de madera. El cuadro más notorio y notable, en la sala de recibo, es el episodio bíblico de la Casta Susana que se baña desnuda en la fuente mientras dos ancianos la acechan desde los matorrales. Su autor es el bumangués José Ramón Tarazona, que obtuvo el primer premio en una muestra de arte religioso convocada por el cardenal Castrillón cuando era arzobispo de Bucaramanga. El artista le pintó un velo de última hora para no escandalizar al jurado, y después otro velo encima del primero para regalarle el cuadro al arzobispo.

La verdad es que este paisa con perfil de águila está muy lejos de la imagen académica de un cardenal. Su personal de servicio son dos religiosas colombianas menudas y vivaces, de la congregación de la Sagrada Familia, que mantienen la casa con el orden y la limpieza un tanto infantil de los conventos. Son maestras en las cocinas regionales de Colombia y empiezan a serlo en las italianas. El cardenal es de buen comer, pero sus gustos son más nostálgicos que gastronómicos. Prefiere almorzar en su comedor para ocho personas, y a menudo con invitados colombianos. Hace poco sorprendió al presidente Andrés Pastrana y su comitiva con un desayuno antioqueño de fríjoles, arepas y huevos revueltos con chorizo.

Es admirable que pueda sostener la casa con su sueldo de Prefecto de la Sagrada Congregación del Clero: cuatro millones de liras, que son menos de dos mil quinientos dólares. El Vaticano tiene un supermercado interno con precios humanitarios, pero la mano de obra italiana no lo es. El electricista le pedía 225.000 liras —unos 120 dólares— por colgar en el comedor una lámpara de Murano que no lucía en la sala, y el cardenal no tenía sino la tercera parte. Su Volkswagen desgastado lo conduce él mismo porque no tiene presupuesto para chofer, y sólo le corresponde un tanque de gasolina al mes. Su pobreza resulta aún más irónica frente a las enormes sumas de dinero que tiene que manejar por su oficio: ninguna transacción de la Iglesia en el mundo, que sobrepase el medio millón de dólares, puede hacerse sin su autorización.

Cuatro cosas llaman la atención en la casa de un pastor de almas: un piano de cola en la biblioteca, un caminador eléctrico y una bicicleta estática en el dormitorio, y un computador de alta calidad y precio elevado en el estudio. No hay problema: el piano es una reliquia familiar con la que el cardenal inició sus estudios de música religiosa, y siguió tocando por vocación canciones colombianas y algunas piezas de grandes maestros. “¿Chopin?”, le pregunté con un sesgo de provocación. Él movió la cabeza: “Chopin para niños”.

La bicicleta y el caminador, en cambio, son indispensables para un teólogo puro que no se ha dejado oxidar por los años, y cada vez que puede practicar el esquí acuático y las carreras de caballos. La bicicleta la abandonó por el caminador eléctrico que usa al amanecer mientras ve los noticieros de televisión, pero le entusiasma la idea de volver a usarla cuando se invente un proyector de video que se controle con los pedales.

El computador, por costoso que sea, es de vida o muerte para quien está obligado a una comunicación inmediata y constante con todos los párrocos del mundo. Esto se hizo siempre por correo a través de obispados y congregaciones, y el cardenal Castrillón lo hace ahora con su computador de cuatro gigas, multimedia, donde ha desarrollado una página completa: http: // www.clerus.org.

A sólo unas cuadras de allí están sus oficinas de la Congregación del Clero, con un ventanal privilegiado que domina la plaza de San Pedro y se ven las habitaciones donde trabaja el Papa. Allí se conservan los documentos de todas las instancias del Vaticano, y se concentra la información y se dirige la acción para que cada uno de los sacerdotes del mundo se mantenga al día en el papel de la Iglesia. El servicio se presta en los siete idiomas que el cardenal conoce, además del español: italiano, portugués, inglés, alemán, francés, latín y griego, y ahora estudia el árabe.

No es fácil creer que este colombiano raro, cruce impredecible de cultura popular y cautelas renacentistas, es el mismo que manejó sus dos episcopados en Colombia con el rigor de un cura de guerra. La verdad parece ser que desde su ordenación en el seminario de Santa Rosa de Osos, a los veintitrés años, entendió su sacerdocio como una milicia de justicia social, y la ejerce desde entonces —como los poetas— con el don sobrenatural de la inspiración. Así fue como obispo coadjutor y obispo residente de Pereira durante veintidós años, luego como secretario general y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) y al final como arzobispo metropolitano de Bucaraman- ga hasta que fue llamado a Roma para ser elegido como el sexto cardenal colombiano.

“Así como llamaba a los pobres a la diligencia y al trabajo convocaba a los ricos a la distribución inteligente de los bienes y a compartirlos para convivir”, ha dicho uno de sus amigos más antiguos. En Pereira, una ciudad próspera y pacífica, se enfrentó a la codicia y los vicios especulativos de los cafeteros. A los que le mandaban cheques de caridad para apaciguar sus conciencias se los devolvía con el encargo de que se preocuparan de las hordas de desamparados que dormían en la calle. A muchos, en especial a los niños, les repartía pan y café a media noche. Admiraba la lucidez y el buen corazón de los loquitos sueltos que se aliviaban el hambre hablando solos. “En lo que hace referencia a la vida y a los Derechos Humanos —decía Castrillón— los locos pueden tener más razón que los cuerdos”. Cuando empezaron a amanecer asesinados, no sólo los locos sino los mendigos, las prostitutas y los huérfanos callejeros, comprendió que alguien estaba ejecutando una interpretación salvaje de su justicia social. El obispo habló de frente con el Comandante de la Policía, sospechoso de los desafueros. Como no le hizo caso lo denunció ante el presidente de la república en persona, pero tampoco tuvo respuesta. Entonces tronó en el púlpito: “Anoche a las once invité a unos muchachos a tomar café. Algunos amanecieron muertos y otros no aparecen. Señor Comandante de la Policía, contésteme: ¿Dónde están mis hijos?”. La respuesta fue inmediata: los desaparecidos aparecieron pero nadie resucitó a los muertos, y el señor Comandante se fue de la ciudad.

Cuando el narcotráfico amenazó con borrar del mapa a Pereira para presionar contra la extradición, el obispo se disfrazó de civil y fue a encontrarse en Medellín con un Pablo Escobar disfrazado de repartidor de leche a domicilio. Escobar le preguntó altanero a quién representaba. El obispo le contestó en seco: “Sólo represento al que te va a juzgar”. Faltó poco para que se confesara. Le preguntó si rezaba el rosario, si había hecho la primera comunión, si se arrepentía de sus crímenes, y le dio la noticia de que los únicos pecados que la Iglesia no perdona son los que se cometen contra el Espíritu Santo. Escobar contestaba entonces con respeto, y aun con humildad. Permitió que le grabara el diálogo, y por último le dio un mensaje para el Presidente de la República: si el gobierno resolvía no extraditarlo, él se comprometía a liquidar el cartel de Medellín, entregar su fortuna y sus armas, y acabar con el terrorismo. El gobierno no aceptó. Pero lo que estremeció al obispo fue que Escobar le dijo al despedirse: “Si tengo que matar a toda Colombia para que no me separen de mi esposa, lo haré sin que me tiemble la mano”.

Como arzobispo de Bucaramanga su drama fueron las inconsecuencias y el dogmatismo de la guerrilla y los métodos expeditivos de los militares. Ambos se acusaban unos a otros de los mismos pecados, pero el arzobispo no los confundía: “Por la huella de la bota en el barro sabía cuáles eran los soldados y cuáles los guerrilleros”. Con todo, en ambos lados le tenían confianza y acudían a él como mediador.

Entre las condecoraciones de aquella época, su favorita son seis cartuchos de fusil disparados por ambos bandos, que recogió entre dos fuegos en una escaramuza de soldados y guerrilleros. Él los ha hecho engastar juntos en una base de plata con un nombre genérico: Las balas de la paz.

Hoy se hace menos ilusiones. Le parece que ni los guerrilleros ni el gobierno tienen un proyecto concreto del país que quieren hacer, y que al cabo de cuarenta años de guerra hay ya una generación con una mentalidad y una cultura que no tienen mucho qué ver con el resto de Colombia. “Cualquiera de esos campesinos se siente con el poder de un ministro y tiene un modo de vida que ha conquistado con las armas”, dice. “De modo que el problema no es dialogar sino negociar. Nadie está dispuesto a entregar el poder que tiene sin que le den algo, ni a dar a cambio de nada lo que le ha costado hasta sangre”.

Su actuación en la presidencia del Celam fue decisiva sin duda para su prominencia actual. Ronald Reagan estaba empecinado en que la iglesia de América Latina había tomado el partido de la revolución armada en complicidad con la guerrilla. El cardenal lo convenció de que una cosa era la complicidad y otra muy distinta eran las coincidencias en la lucha contra la injusticia social. En todo caso —precisó el cardenal— actuaba dentro del Celam, con autorización del Nuncio y siempre ceñido al pensamiento de Juan Pablo II.

No es muy sabido, por otra parte, que intercedió ante el presidente George Bush para que las tropas de Estados Unidos no invadieran a Nicaragua bajo el gobierno de los sandinistas. Su argumento principal era que después de la apertura de Gorbachov era necesario desligar el futuro del pasado.

Sus diligencias diplomáticas de entonces fueron tan intensas, y a la vez tan sigilosas, que algunos periodistas grandes tienen la certidumbre de que fue mediador secreto entre Gorbachov y los Estados Unidos en el proceso de distensión. El cardenal lo niega con firmeza, pero también con la melancolía con que se niega un buen secreto del confesionario.

El reciente Jueves Santo, cuando me contaba en su casa de Roma estas memorias de sus años intrépidos, no pude resistir la tentación de preguntarle qué interés lo inspiraba para implicarse en tantos enredos terrenales. Su respuesta inmediata me erizó la piel: “No les habría dedicado ni cinco minutos, si no fuera por mi convicción absoluta de que existe la vida eterna”.

Desde el último semestre de 1995 habían empezado los rumores de que el arzobispo Castrillón sería llamado a Roma. A un grupo de obispos colombianos reunidos en el Vaticano, a principios de 1996, el Papa los recibió con una frase críptica: “Voy a colombianizar la curia”. Nadie lo entendió hasta el primero de julio de ese mismo año, cuando la Nunciatura de Bogotá llamó de urgencia al arzobispo para notificarle que había sido nombrado Pro—prefecto del Clero, con sede en Roma, lo cual le abría el camino para que fuera hecho cardenal en el consistorio siguiente.

Castrillón había estado en Roma varias veces, conocía al Papa, habían conversado sobre América Latina y en especial sobre Colombia. Sin embargo, cuando lo recibió por primera vez como Pro—prefecto, el Papa no lo saludó como siempre con su nombre de pila —Darío— sino con su segundo apellido: “Buenos días, Hoyos”. Él lo interpretó como una señal secreta de que no sería cardenal.

Se equivocó. El 23 de febrero de 1998, Darío del Niño Jesús, hijo único de Manuel Castrillón Castrillón y María Hoyos Salas, nacido en Medellín el 4 de julio de 1929 bajo el signo zodiacal de los soñadores —Cáncer— fue investido cardenal diácono de la Santa Iglesia Católica como titular del templo del Santísimo Nombre de María en el Foro de Trajano. Con él fueron consagrados veintiún cardenales más de distintos lugares del mundo, salvo el secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el croata Giuseppe Kuhac, que había muerto la noche anterior. Otro, el arzobispo de Lyon, Jean Baland, murió a los dos meses. Al Pro—prefecto de los Santos, el italiano Alberto Bovone, le impusieron el capelo cardenalicio en una clínica de Roma, y murió poco después.

Cada vez más seducido por la naturalidad casera con que el cardenal me contaba los grandes saltos de su vida, le pregunté: “¿No se asusta cuando le suceden estas cosas?”. Él me reveló su secreto en paisa puro: desde sus tiempos de cura raso inventó unas oraciones muy cortas, casi instantáneas, y las reza sin falta antes de asumir un riesgo grave. “Por ejemplo —me dijo— siempre las rezo antes de una entrevista”. Y concluyó divertido: “Sobre todo de ésta”.

Han transcurrido sólo catorce meses desde que fue consagrado, pero se mueve con una seguridad de Pedro por su casa tanto en la vida real de Italia como en la fantasmal del Vaticano; responde distraído a los guardias suizos que se cuadran a su paso, y describe los lugares y sus historias como un guía de turismo profesional. No parece inquietarlo el vértigo de ser mariscal de campo en un inmenso imperio intemporal, con sólo 0.44 kilómetros cuadrados y más de mil millones de súbditos en la Tierra y todos los santos del santoral. No perturba su buen humor el hilo invisible que lo mantiene en contacto con la tropa más grande de la Historia: cuatrocientos y un mil curas de base, que saben de él a diario y reconocen en el computador su voz en siete idiomas. Otros cuatrocientos mil que pertenecen a monasterios y comunidades no dependen de él, pero lo representan cuando ejercen una acción parroquial, como la prédica o el bautismo.

Su relación personal con el Papa es buena y frecuente, y tiene audiencia preferencial para asuntos de su ministerio. Dos de las muchas restricciones de la dignidad pontificia es que no se puede hablar por teléfono, y los almuerzos oficiales son siempre de trece en la mesa —en memoria de la Última Cena— contra la superstición pagana de que uno de ellos ha de traicionarlo. “Los traidores son sustituibles” se dice. Pero el Papa suele hacer otros almuerzos domésticos de sólo tres personas: él mismo, más un invitado y un testigo. En varias ocasiones, por motivos diversos, el invitado ha sido el cardenal Castrillón. Otros invitados habituales son los cardenales Roger Etchegaray, de Francia, y Camillo Ruini, de Italia. No parece casual que ambos sean papables de dominio público. Una distinción reciente de Castrillón fue haber sido uno de los dos ayudantes del Sumo Pontífice en los actos de esta Semana Santa, y su acólito en la misa crismal.

Son hechos cotidianos que los augures acumulan como indicios de sucesión a medida que se recrudecen los quebrantos del Papa. En realidad todos los cardenales son elegibles. Más aún: no se requiere ni siquiera ser sacerdote ni soltero. Cualquier varón bautizado puede serlo, y en la historia de la cristiandad hay casos notables. Los que favorecen a Castrillón se fundan en su identificación integral con la apertura de Juan Pablo II, y en la evidencia de que éste lo trata como un discípulo. En ese sentido es válido pensar en los votos del Tercer Mundo: Asia, África y América Latina. Además, antes de hacerlo cardenal el Papa le encargó la copresidencia del Sínodo de las Américas, reunión general de obispos que evaluó las tareas cumplidas por la Iglesia y fijó derroteros para el Tercer Milenio. De allí se derivan sus posibilidades actuales de concentrar los votos de los Estados Unidos y Canadá. Total: cuatrocientos millones, que es casi el cincuenta por ciento de los católicos del mundo.

Este era el único tema que nos faltaba por tratar el Sábado de Gloria, después de tres días con almuerzos e infusiones de manzanilla a media tarde, además de un concierto espléndido del tenor argentino José Cura en la basílica de Santa María de los Ángeles, y largas horas de charlas y añoranzas. Pero cada vez que quise sondear el pensamiento del cardenal sobre los fuertes rumores de su candidatura pontifical, me eludió con elegancia. Y en el momento de la despedida sus razones fueron más elegantes que nunca: “Espero que Dios nos conserve este Papa muchos años para que sea él quien rece sobre mi tumba”. Sin embargo, un amigo con más suerte le preguntó si le gustaría ser el escogido, y el cardenal le contestó como un Papa:

“No se puede decirle que no al Espíritu Santo”.

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Educación
Estudió en el Seminario de Antioquía en Medellín y en el de Santa Rosa de Osos; también en la Universidad Pontificia Gregoriana en Roma (doctorado en derecho canónico y especialización en sociología religiosa, economía política y economía ética); asistió a la Facultad de Sociológica, en la Universidad de Lovaina, en Lovaina, Bélgica.
Sacerdocio
Ordenado el 26 de octubre de 1952 en Roma. Allí mismo Continuó sus estudios. De 1954 a 1971 trabajó pastoralmente en Segovia y Yarumal; fue director de Cursillos; director del programa pastoral nacional y de la Legión de María; oficial de la curia diocesana de Santa Rosa de Osos; director de las escuelas radiofónicas; delegado diocesano de la Acción Católica (1959); ayudante eclesiástico de la Juventud Obrera Católica; director diocesano de catequesis; inspector de la oficina diocesana de la Acción Cultural Popular (1962); secretario general del episcopado colombiano.

Episcopado
Elegido obispo titular y nombrado coadjutor de Villa del Rey, con derecho a sucesión (Pereira, el 2 de junio de 1971). Consagrado el 18 de julio de 1971 por Ángelo Palmas, arzobispo titular de Vibiana. Sucedió a la sede de Pereira el 1 de julio de 1976. Secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) de 1983 a 1987; presidente del mismo de 1987 a 1991. Asistió a la VIII Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos en Ciudad del Vaticano (30 de septiembre al 28 de octubre de 1990); también a la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, República Dominicana (12 al 28 de octubre de 1992). Promovido a la sede metropolitana de Bucaramanga, el 16 de diciembre de 1992. Asistió a la IX Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, en Ciudad del Vaticano, del 2 al 29 de octubre de 1994. Pro-prefecto de la Congregación para el Clero (15 de junio de 1996). Renunció al gobierno pastoral de la archidiócesis (15 de junio de 1996). Asistió a la Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos, en Ciudad del Vaticano (6 de noviembre al 12 de diciembre de 1997); fue uno de los tres presidentes delegados.

Cardenalato
Ordenado cardenal diácono (21 de febrero de 1998); recibió la birreta roja y la diaconía de SS. Nome Maria al Foro Traiano, el 21 de febrero de 1998. Nombrado prefecto, el 23 de febrero de 1998. Asistió a la Asamblea Especial para Asia del Sínodo de los Obispos en Ciudad del Vaticano (29 de abril al 14 de mayo de 1998). Enviado especial del papa a la firma del Acuerdo Global y Definitivo entre Perú y Ecuador para resolver su disputa fronteriza (Brasilia, 26 de octubre de 1998). Asistió a la Asamblea Especial para Asia de Sínodo de los Obispos en Ciudad del Vaticano (29 de abril al 14 de mayo de 1998); también a la Asamblea Especial para Oceanía de Sínodo de los Obispos en Ciudad del Vaticano (22 de noviembre al 12 de diciembre de 1998); a la II Asamblea Especial para Europa de Sínodo de los Obispos, en Ciudad del Vaticano, del 1 al 23 de octubre de 1999. Enviado especial del papa a la celebración por el XII centenario de la construcción del duomo de Aachen, en Alemania, del 29 al 30 de enero de 2000. Presidente de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”, el 14 de abril de 2000.