18 de octubre de 2018

Los retos del lenguaje en el Día del Idioma

23 de abril de 2018
23 de abril de 2018
Álex Grijelmo

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Decir que los colombianos hablamos el mejor español del mundo, parece un chiste. Y claro, como tal debe ser motivo de risa, de burlas, más aún cuando hoy celebramos, igual que cada 23 de abril, el Día del Idioma.

Pero, si quien lo dice es nadie menos que Álex Grijelmo, una de las máximas autoridades lingüísticas españolas y, en general, del mundo de habla hispana, resulta obvio que el asunto en cuestión va en serio.

Y lo es más todavía si tan osada afirmación la formuló en la Academia Colombiana de la Lengua al asumir como miembro correspondiente, en presencia de dos ex presidentes de la República (Betancur y Samper), entre otras personalidades nacionales y extranjeras, provenientes de su país natal.

No solo eso: en su disertación académica, el célebre escritor y periodista vaticinó, por enésima vez, que el idioma castellano se convertirá, durante el presente siglo, en la primera lengua del planeta, por encima del inglés y el chino, aunque usted no lo crea.

Miguel de Cervantes

Todo ello, además, en el marco de la actual Feria Internacional del Libro en Bogotá, donde dichos criterios serán recibidos con entusiasmo, como una excelente noticia.

Enredos en redes

“Nunca se ha escrito tanto como hoy”, aseguró Grijelmo en su intervención, tras observar que antes la gente del común poco o nada escribía. Hoy, en cambio, computadores portátiles, tabletas digitales y teléfonos celulares se convirtieron en máquinas de escribir, aquellas que hace algunas décadas eran de uso exclusivo de secretarias y escritores.

De ahí su conclusión en una reciente entrevista: “Las nuevas tecnologías nos obligan a relacionarnos con las palabras”. Así es. Y como cada uno tiene la necesidad de comunicarse con sus semejantes, el maravilloso invento de internet y las redes sociales nos permite satisfacerla a cabalidad, desde charlar o intercambiar mensajes con amigos y familiares, estén donde estén, hasta opinar sobre este artículo, por ejemplo.

Pero, en su concepto no todo es color de rosa. Porque si bien el uso del lenguaje escrito se ha multiplicado y unos y otros, con plena libertad, damos por fin rienda suelta a las palabras con el enorme poder que llevan a cuestas, su calidad deja mucho que desear, según lo comprobamos a diario.

Palabras recortadas en los trinos para ocupar un pequeño espacio en red, textos sin ortografía ni puntuación y continua violación de normas gramaticales básicas,  sin olvidar el uso irresponsable del idioma al llenarse de insultos, calumnias y mentiras que se lanzan desde el anonimato, conforman un oscuro panorama lingüístico, sin precedentes.

Para colmo de males, los medios periodísticos, tanto la radio y la televisión como los periódicos y revistas, se han contagiado, en mayor o menor grado, de los problemas en cuestión, golpeando con rigor al que llamamos, con razón, “el oficio más bello del mundo”.

Grijelmo tiene razón, por lo visto.

Torre de Babel

Los problemas del lenguaje no se reducen a eso, ni el citado autor español es el único experto en verlos con mirada crítica. No. Aquí, también en la Academia Colombiana de la Lengua, se plantean preocupaciones al respecto, como las expuestas por el médico psiquiatra Álvaro Rodríguez Gama, miembro de número vinculado a la Comisión de Lingüística.

Álvaro Rodríguez Gama

En este caso, los líos se refieren específicamente al campo de la ciencia, cuyo lenguaje, como sabemos, aunque es preciso, exacto y de una objetividad extrema en virtud del método empleado por la comunidad científica, se torna cada vez más complejo no solo para el resto de los mortales sino para los especialistas.

Asistimos, según Rodríguez Gama, a un gigantesco tsunami de vocablos técnicos que transforman al planeta en Torre de Babel, similar a la descrita en los textos bíblicos, cuando los hombres, castigados por Dios, no podían comunicarse por hablar en diferentes idiomas. Veamos.

Desde la antigüedad clásica griega -recordó el lingüista, autor de un Diccionario médico que empezó a escribir hace más de tres décadas-, los elementos de la naturaleza eran cuatro: agua, aire, tierra y fuego; luego, la tabla correspondiente, con los avances de la química, los amplió a poco más de cien, y hoy se cuentan por millones, a partir de su síntesis.

En astrofísica, a su turno, se pasó de tres mil astros, que podemos ver en una noche despejada, hasta dos mil millones, captados por sofisticados telescopios; en biología, las especies vegetales alcanzan, al parecer, doscientos millones, cifra que incluso es muy superior en las especies animales, y los meteorólogos no saben qué hacer frente a la multiplicación de tormentas y huracanes, otrora bautizados con nombres de mujeres y santos.

El problema, en fin, consiste en denominar esos fenómenos, cuando su número tiende a ser infinito, pues en las circunstancias actuales no hay idioma que sirva, ni la comunicación es posible, ni el conocimiento humano alcanza a cubrir tan vasto panorama, cada día mayor.

“Ya es imposible seguirle la pista a la ciencia”, concluye el académico, quien acostumbra decir a sus alumnos que veinte días de vacaciones equivalen a un retraso de veinte años en el conocimiento científico, dado el ritmo acelerado, frenético, de la ciencia contemporánea.

English, no more

Por último, cabe mencionar un problema que no es menor: la creciente e incontenible penetración del inglés en todos los idiomas y, de manera particular, en el español, la bella lengua castellana cuyo día hoy celebramos en un nuevo aniversario de don Miguel de Cervantes, autor del Quijote.

De hecho, la ciencia y la tecnología tienen ahí mucho que ver, pues los vocablos técnicos terminan imponiéndose en la lengua anglosajona, universal por múltiples razones aun de carácter político, donde no faltan las referencias al imperialismo norteamericano y cosas por el estilo. Pero, ese es otro cuento.

Según Grijelmo, en el mundo hispano ello es consecuencia de un complejo de inferioridad, como si nuestra cultura fuera inferior a la de quienes hablan, leen y hasta piensan en inglés, mientras al español se le considera inapropiado para el privilegiado universo científico.

Los anglicismos, claro está, se extienden por doquier: en la publicidad, donde parecen dar más prestigio a los negocios y sus productos y servicios, al tiempo que los consumidores son víctimas indefensas, sacando su plata, por motivos emocionales, no racionales, que tienen en cuenta la calidad, los precios… y el esnobismo.

Por esto, llamamos bullying al tradicional matoneo, outlets a las tiendas con descuentos, marketing al simple mercadeo y coaching al popular entrenamiento, entre muchos más términos que todos conocemos de sobra y repetimos, haciendo esfuerzos sobrehumanos para que no se nos note el acento.

¿Are you all right?

Reflexiones finales

Que se requiere una mejor educación, donde subamos los niveles de lectura, sobre todo de buenos libros.

Que la sana formación se extienda a los programas de periodismo y comunicación social, para superar así las fallas de redacción en los medios informativos, brindando una mayor calidad en beneficio de lectores, oyentes, televidentes y cibernautas.

Que en las diversas facultades universitarias se haga más uso del español, recurriendo a diccionarios especializados como el de Rodríguez Gama o el de lenguaje jurídico que acaba de lanzar la Real Academia Española en desarrollo de su política panhispánica.

Con estas y otras medidas, no tardaremos en celebrar el Día del idioma como se lo merece, siendo el español la lengua más grande del mundo y nosotros, los colombianos, quienes mejor lo hablemos, sin duda. Así sea.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua