18 de octubre de 2018

ESTERTORES DE ETA

21 de abril de 2018

Cualquier paso hacia la disolución de ETA ha de ser bien recibido y, sin duda, el comunicado emitido ayer pidiendo perdón a las víctimas lo es. No sería creíble ese final cuyo anuncio se espera para el primer fin de semana de mayo sin esta previa disculpa. No espere la banda terrorista, sin embargo, el aplauso de esa misma sociedad a la que sus pistoleros amedrentaron durante tantos años cuando el arrepentimiento solo brota, y con retraso, de la derrota. En su situación, ETA solo está en disposición de pedir clemencia; clemencia sobre todo para sus presos, a los que los obispos vascos y navarros ya han lanzado el primer capote pidiendo el acercamiento de los presos.

La banda terrorista, que durante décadas sembró el terror e impuso su sanguinaria agenda a la sociedad, está en sus últimos estertores. Diezmada por la implacable y eficaz lucha antiterrorista, tuvo que dejar de matar ya en 2010, entregar las armas el año pasado y, ahora, anunciar su próxima disolución. El comunicado de ayer indica que la última banda terrorista en suelo europeo está acabada, pero que se aferra a ese tradicional relato suyo en un intento de legitimar su estéril y cruel existencia.

ETA pide en su comunicado un perdón universal por el daño infligido y a todas las víctimas, pero a renglón seguido menciona a todos los “ciudadanos y ciudadanas sin responsabilidad alguna” que han resultado perjudicados por sus acciones. Así, introduce una obscena distinción entre sus víctimas como si la mayoría fueran responsables y/o culpables de los ataques que ellas mismas sufrieron. ETA muere y es de constatar que nació ciega y sigue sin ver. Empeñada en contextualizar sus fechorías en el llamado “conflicto” con el Estado, ahora se remonta en su comunicado al bombardeo de Gernika de 1937 para hallar el origen de toda esa mortífera violencia que ejerció, fundamentalmente, durante la joven democracia española. Al matonismo, ETA siempre sumó la incoherencia de sus presuntos planteamientos políticos.

Pero es de ley reconocer que el terror que ETA sembraba con metralla y propaganda nacionalista y xenófoba ha cautivado —en gran medida por la fuerza— durante mucho tiempo a una parte de la población. El comunicado emitido también ayer por los obispos vascos y navarros es de una importancia capital. Porque entre los graves perjuicios que produce una banda terrorista está el silencio y la complicidad que genera en la sociedad que la sufre de cerca. La vasca en particular tiene también en este sentido una deuda con las víctimas y los obispos han reconocido ahora públicamente el aval que dieron al terror con sus “complicidades, ambigüedades y omisiones”. El miedo es libre, pero, en efecto, la cobertura eclesiástica al nacionalismo sanguinario de ETA es una página negra de la historia de la Iglesia católica.

ETA nunca debió existir. Llevará tiempo olvidar todo el dolor que sembró y reconstruir todo lo que rompió. Con ella se irá, ojalá también, ese relato construido a medida para legitimar sus asesinatos, sus secuestros y sus vulgares extorsiones. En su epitafio pondrá: derrotada por la democracia y por la razón.

EDITORIAL/EL PAÍS, ESPAÑA