Fontur 2018
Políticos necrófagos.

Tribuna universitaria

David Guillermo Patiño Serna

En medio de particulares circunstancias, y en virtud a fatigosos esfuerzos, en el año de 1991 nace la nueva constitución política de Colombia. En el thelos o fin de esta norma superior, se encontraba la promesa más colosal para un estado moderno, la cual consiste en llegar a la cúspide del desarrollo axiológico del contrato social, esto es, llegar a consolidar a Colombia como un Estado Social y Democrático de Derecho.

Con la pretensiosa constitución de 1991 se introduce un cambio positivo para la política en Colombia, pues la democracia deja de ser representativa para convertirse en participativa, ello a efectos de empoderar al pueblo elector respecto de las riendas que dirigen el cariz del país, fenómeno que en el ideario de los constituyentes favorecería el progreso del territorio colombiano y de cada una de las personas que habitan en él.

Seguramente las aspiraciones de los colombianos iban a tener un único límite: el infinito, ya que existiría una coalición majestuosa entre los gobernantes y los gobernados, digna de una venia sacrosanta. De este modo, todos los agentes sociales concatenarían los cometidos de manera armónica para hacer de Colombia un mejor país.

La realidad de nuestra sociedad golpeó drásticamente la hermosa poesía que se plasmó en la norma fundamental. Todos los anhelos de los parteros de la constitución quedaron suspendidos en el abstracto mundo de los buenos propósitos, pero… ¿qué pasó? ¿qué falló? ¿cuál fue la rueda que estropeo el engranaje?  Deshonestidad, falta de sentido de pertenencia por la patria, clientelismo, corrupción, etc. En conclusión, perdida del formalismo y el decoró del arte de gobernar. La política es quizá la práctica más compleja y exigente a la cual un ser humano puede dedicar su existencia, pero a lo sumo no es un ente independiente y aquel que decida vincularse con ella, como mínimo, debe asumir su rol con entera dignidad.

Por lo anterior, resulta bastante certero aquel aforismo popular que dice “todo tiempo pasado fue mejor”, en tratándose de la concepción de la política y de los verdaderos líderes de antaño, exponentes fehacientes del “buen decir” y del “buen hacer”.

Las comparaciones son odiosas e incluso constituyen faltas de respeto pero en este escrito pasaré por alto esa norma básica de cultura y educación, debido a que no puede pasar desapercibido el giro aciago que se lee en la clase política colombiana, pues es válida la exigencia airada de una razón que dé cuenta del tipo de políticos que hoy día tiene el país. Cuanta falta le hace al ágora la presencia de líderes como Laureano Gómez, Jorge Eliecer Gaitán, Gilberto Álzate, Mariano Ospina (por mencionar solo algunos de los estelares exponentes del arte de gobernar colombiano), quienes en medio de sus peculiaridades denotaban un respeto ceremonial por el conglomerado social y el ejercicio de la política.

Así, pues, es de entender la calidad del debate en las presentes contiendas electorales para el congreso de la república y el ulterior escrutinio presidencial, pues algunos de los candidatos poseen móviles personales y ambiciosos que desdibujan el estereotipo que el pueblo tiene respecto de la democracia. De acuerdo a lo anterior, la idea de gobernar en conjunto muere cuando se aviva el fatídico fuego de la politiquería.

Los argumentos débiles, el carácter frágil, las campañas sucias y poco prometedoras, los avales manchados de ardides o estratagemas viles. Es este el resumen de la política contemporánea que está padeciendo mi generación: una terrible tergiversación de la máxima constitucional “el interés general primará sobre el particular”. Por eso, la democracia en Colombia está en estado de putrefacción y día tras día, los dirigentes políticos desahuciados de pudor buscan corroer su esencia cual necrófago busca ruñir un cadáver.

Pero no todo está perdido, la praxis política del país aún puede enderezar su dirección, recuperar el significado de lo público y volver a gobernar en serio por el pueblo, con el pueblo y para el pueblo. Desde que existan en este mundo “quijotes” con fe que compartan su intelecto y sabiduría ha de existir esperanza para el enorgullecedor pueblo del sagrado corazón.