9 de diciembre de 2018

ORDEN

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
9 de marzo de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
9 de marzo de 2018

Víctor Hugo Vallejo

Con la distancia comenzó a percibir las grandes diferencias entre el Estado que le enseñaron en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional y el que ahora se disponía a conocer desde unos estudios a nivel de post grado en derecho constitucional y administrativo. Estaba en Francia e iba a nutrirse de la gran escuela del derecho público que ha existido en el modelo civil law, se informaría de otra manera de administrar la cosa pública y le darían las bases de lo que seria su teoría a nivel nacional en esta rama del conocimiento, hasta llegar a convertirse en el gran maestro de todos.

No fue a estudiar a Francia como el producto de una familia pudiente que tuviese los recursos para enviar un hijo durante un largo tiempo a estudiar en Europa. Fue como ese sencillo campesino que a fuerza del gusto por el estudio se convirtió en el mejor de los estudiantes en una facultad en la que los niveles de exigencia académica eran sumamente altos, y por cuyas aulas desfilaban los mejores profesores del derecho que ha tenido el país. Ese estudiante se hizo acreedor a todas las becas por las que concursaba y se ganó la de estudios de post grado en la Universidad de Pasis, el faro del derecho público para el derecho occidental.

Eran mediados de los años 50 del siglo anterior e ir a cursar estudios en el viejo continente era un sueño de privilegiados, por la fortuna o por el buen rendimiento y el profundo amor a la lectura que un día su padre, Avelino, le inculcó. Alguna vez le dijo que en los libros estaba la vida, estaban los sueños, estaban las reglas, estaban las estéticas e incluso estaba hasta la poesía, el lenguaje de las emociones, en el que es posible decir todo lo sentido y pensado, incluso lo que no aparece en el diccionario. Siendo muy niño se volvió un lector empedernido. Libro que veía, sin importar la temática, lo devoraba y eso le fue permitiendo una formación humanística desde la que construyó una carrera profesional, en la que siempre fue de los mejores y accedió a posiciones de poder que nunca buscó, como que en varias ocasiones se negó a aceptar nombramientos que lo alejaran de lo que era una vocación cierta: la academia. El mundo de la docencia lo deslumbró y se propuso serlo y lo fue hasta muy poco tiempo antes de irse de este mundo, cuando apenas llegaba a los 86 años, pero con la enorme ventaja de mostrar una obra intelectual consolidada que sigue siendo necesaria materia de estudio para quienes se forman o ejercen en derecho.

Y no solamente fue profesor de sus alumnos regulares en las distintas universidades a las que estuvo vinculado, sino de todos los estudiantes del país que bebieron de su sabiduría a través de sus textos jurídicos, los que siempre elaboró con la mente del maestro, del que escribe para enseñar, no para dar muestras de sabiduría y dominio de lo que dice. Una escritura para llegar al que no sabe, guiándolo con cuidado por las fuentes del derecho público y enseñándole a todo un país que sin orden el Estado no es viable.

Ese orden que prima en sus tesis, lo aprendió del modelo del Estado Francés, que se estructuró con fundamento en un principio esencial: el de planeación. Si bien es cierto la estructura republicana y el ejercicio de la democracia eran ciertos en Colombia para la década de los cincuenta, no era menos cierto que se trataba de un Estado en construcción, en el que de alguna manera lo que se hacía dependía más de la voluntad actual de los mandatarios, que de un trazado que fijase unas metas sustanciales hacia el logro de beneficios comunitarios, pues el Estado no tiene razón de ser si no está dirigido a satisfacer las necesidades de todos, con el conocimiento previo de las que se detecten y se prioricen.

Al regresar al país al comienzo de la década del sesenta del siglo XX, se vinculó como docente de la Universidad Nacional y comenzó a formular sus novedosas tesis para el medio. Si el Estado no se ordena y planifica en todas sus acciones e incluso sus omisiones, puede ser un Estado fallido. Comenzaron a escucharlo. Muy especialmente el líder liberal Carlos Lleras Restrepo, quien no dudó un momento en arroparlo como su brazo jurídico y de su mano fue accediendo a posiciones de manejo estatal, pero no como una manera de satisfacer ambiciones personales, sino de poder aplicar las teorías aprendidas de los galos y sus ajustes necesarios a la realidad nacional.

Hablar de orden en el Estado colombiano, en sus diferentes niveles, hoy día, es fácil, Es que es algo que se ha construido con el paso de los años, orden que en la medida en que no se acata deja presentar las dificultades que se observan en muchas entidades, no porque las normas que los regulan lo señalen, sino por los comportamientos abusivos de quienes acceden al poder por la vía democrática, cuya única selección es la de la obtención de votos, pero sin examinar las calidades de quienes llegan a mandar.

Cuando en 1966 Lleras Restrepo accede a la Presidencia de la República, todos entendieron como el hecho más natural que su secretario jurídico fuera Jaime Vidal Perdomo, quien se había convertido en su amigo, su pupilo, su guía jurídico, con todas las calidades que demandaba un estadista de sus calificaciones. LLeras Restrepo sólo permitía en ese círculo cercano de su ejercicio público a los mejores. Ha sido uno de los pocos hombres que han ejercido el poder en nuestro medio con pleno conocimiento de lo que es la cosa pública y las implicaciones que se dan en las decisiones estatales.

Muchas fueron las horas de diálogo entre Lleras Restrepo y Vidal Perdomo sobre la teoría del manejo del Estado, bajo la escuela francesa que ambos conocían a fondo, pues el primero también había cursado estudios en la Universidad de Paris, aunque más dirigidos al manejo de lo económico. En esos amplios diálogos se fue gestando la semilla de lo que sería la reforma constitucional más importante de cuantas debió soportar la Constitución de 1886, como fue la de 1968, desde cuya redacción comenzó a construirse la modernización del Estado colombiano. Desaparecían las improvisaciones y los golpes de intuición del gobernante de turno y se sentó el principio de planeación estatal para obtener un orden conocido con antelación. A partir de allí se acabaron las improvisaciones, desde el ámbito jurídico, aunque se siguen haciendo en ejercicio de la autonomía territorial, por lo que en muchas ocasiones se trata de funcionarios a quienes les abren toda clase de investigaciones, mientras las maniobras políticas de defensa de intereses determinados no se interpongan en su favor y todo quede en la impunidad.

Vidal Perdomo es el padre del derecho administrativo moderno en nuestro medio y fue el artífice e inspirador de la reforma del 68 que sin duda ha sido la más importante desde el punto de vista de organizar el Estado como ente que pertenece a todos y no pertenece a nadie en particular, por lo que lo que se haga o deje de hacer en la función pública debe responder a unos planes anteriores, en los que se demuestre la necesidad de hacer algo o dejarlo de hacer, en los que se establezcan las fuentes de financiación, los plazos, los precios y los tiempos de realización, así como los objetivos específicos que se persiguen en cada caso. Sin planeación el Estado es una veleta en la que puede suceder de todo o no suceder nada. Colombia apenas llegó a esta exigencia a partir de 1968 con la decisión del Presidente Carlos Lleras Restrepo y su secretario jurídico, Jaime Vidal Perdomo, a quien se le acabaron los días el pasado 28 de febrero de 2018, en la más absoluta discreción, casi en silencio, luego de padecer una delicada enfermedad que lo postró en cama en sus últimos días.

Se fue de la vida con la dignidad de quien siempre vivió en rigor de científico del derecho. Al lado de sus tres hijos, junto a la mujer que escogió para caminar todos los tiempos de su tiempo, Clara Inés Vidal. Quedan sus obras jurídicas, las más importantes:

-Derecho Administrativo, 1961
– Derecho Constitucional General, 1978
– Derecho constitucional general e instituciones jurídicos, 1996
– La región en la organización territorial
– Teoría de la organización administrativa del Estado
– La Constituyente de 1991, compilación, 1991
– Liber Amicorum, 2009
– Aproximación crítica a la Constitución de 1991.

Entendió el derecho como un instrumento para hacer fluir la realidad y a ello dedicó su vida, pues siempre se definió como un académico. Fue profesor de las Universidades Nacional, Los Andes, Externado, del Rosario, Javeriana, de lo que siempre estuvo muy orgulloso pues el gran gusto de vivir era cuando se sentaba en los salones de clase a dialogar abiertamente con sus estudiantes, a quienes guiaba por los caminos de la ciencia, no de la charlatanería jurídica. Ponderado en todas sus actuaciones, fue prudente en el desempeño de sus funciones públicas, como cuando fue Juez Municipal de Fontibón, Secretario General del Ministerio de Agricultura, subgerente jurídico del INCORA, Secretario Jurídico de la Presidencia de la República, Senador de la República entre 1978 y 1982, Embajador de Colombia en Canadá de 1987 a 1990. No quiso ser Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, ni del Consejo de Estado. Le dio prelación a seguir en la academia, de la que disfrutó por siempre.

Su elegancia en el vestir fue otra de sus características personales. Alguna vez dijo a sus alumnos que el abogado no solamente debería serlo en el más estricto sentido de la palabra, sino parecerlo, pues como auxiliar de la justicia debe ser consciente de la majestad de esta.

Fue el segundo de seis hermanos, nacido en la finca Canadá, del Municipio de Icononzo, en el Departamento del Tolima, habiendo sido uno de los más destacados pupilos del maestro Darío Echandía, con quien siempre mantuvo una muy respetuosa amistad e intercambio de conceptos constantes. Fue orgullo de su Departamento y una de las luces mayores del derecho público en nuestro medio.

Se ha ido de la vida el maestro Jaime Vidal Perdomo, señor del derecho, doctor del estudio, docente por vocación, convicción y dedicación. Deja sus obras jurídicas sobre las que se siguen impartiendo lecciones necesarias en la formación de los abogados de ahora.

Pocos registraron su muerte. No era una estrella de la farándula, ni protagonista de escándalos pasajeros, era un científico silencioso que trabajó en bien del país desde el desarrollo del derecho público y contribuyó a que ahora se tenga un Estado colombiano menos quedado en el tiempo y que siempre debe estar en función de la eficiencia y la eficacia en el servicio a lo comunitario.

El Derecho Administrativo fue uno antes de Jaime Vidal Perdomo y otro, muy otro después del maestro que ha dejado una huella en los grandes juristas de la actualidad que recibieron sus enseñanzas en las principales universidades del país.

Los pensadores se van en silencio. Su obra debe encargarse de perpetuar su memoria y no cabe duda que de Jaime Vidal Perdomo la historia se va a tener que ocupar porque no es posible concebir el derecho administrativo sin su aportación científica. No duele la muerte cuando la vida se proyecta desde el saber. Y eso fue lo que hizo Vidal Perdomo, el padre del orden en el Estado colombiano.

Avelino Vidal, su padre, un día le dijo que no dejara de leer nunca. Lo siguió al pie de la letra y siempre estuvo muy orgulloso de sus estudios en el colegio de Fusagasugá, donde vivieron un tiempo, yendo luego a Bogotá para poder completar la secundaria en el Colegio Salesiano León XIII, donde se recibió bachiller clásico en 1949. Una vida al servicio del derecho y de su estudio.