Fontur 2018
La crisis del pensamiento crítico

Tribuna universitaria

Por: Cristian Jacobo Mejía Restrepo

“El hombre libre es el que no teme ir hasta el final de su pensamiento”: Blum, Leon.

Nosotros, la humanidad, descubrimos el libro de la vida llamado el genoma humano; la sonda espacial Keppler –nuestra invención– halló planetas similares a la tierra en solo una liliputiense porción del espacio; la nanotecnología logró avances en todos los campos de la ciencia; la comunicación es inmediata, no hay distancia sobre la faz de la tierra que impida una charla en tiempo real. Esta es una pequeña muestra de incontables adelantos científicos que hacen de este momento en la historia el más desarrollado tecnológicamente.

Antes de todos estos adelantos observamos como las cunas del conocimiento (Grecia, África, India…) dieron las bases del pensamiento que hoy echamos de menos, de la clase que nos iluminó cuando tocábamos fondo en la oscuridad de la edad media. En ese momento se levantó el renacimiento, la ilustración y el humanismo en contra de ese yugo: la ignorancia, la misma que propició, entre otras formas de perversidad, toda suerte de absolutismos y dogmatismos.

Sin alcanzar la cima definitiva de nuestro desarrollo, nos olvidamos del pensamiento, por definición crítico. En la actualidad existe evidencia de un oxímoron: pensamiento sin crítica. Un simple pensar sin reflexión, sin  más análisis detenido sobre los fenómenos sociales, políticos, económicos y culturales derivados de nuestras acciones como una especie que ha propiciado cambios de paradigma de vez en vez. Esto quiere decir: somos una especie que ha avanzado. Que acumula y critica su propio conocimiento en las distintas áreas y facetas del saber; desde el arte hasta las ciencias. Sin embargo, hoy no parece ser así.

Estamos olvidando aquello que nos hace preciarnos de ser racionales. Cada vez son menos los juicios lógicos y críticos e, incluso, los sentimientos involucrados en esta actividad tiende a desaparecer. Somos esclavos de una civilización que ha dejado de creer en la ciencia ficción, porque cree que ya la ha realizado. Somos menos imaginativos en el sentido de llevar a cabo esas ilusiones de un futuro que ni el mismo Julio Verne –fundador de la literatura de ciencia ficción– tampoco Gene Roddenberry o George Lukas –famosos cineastas– llegaron a creer que estuviéramos cerca de que sus creaciones pudieran llegar a ser reales.

Ahora una pequeña porción de personas que aun creemos en la reflexión y la crítica, añoramos aquellos tiempos donde las discusiones formaban ideologías y escuelas de pensamiento; en este momento vemos con nostalgia como aquello que nos hacía preciar de racionales desaparece poco a poco. Cada día nos alienamos más –o somos alienados, quizá– por los intereses del capitalismo: ser solo máquinas de producción; objetos de sustento. Esos pocos sujetos, pensadores críticos, son aniquilados por el acelerado paso del tiempo.

Así las cosas: ¿Entramos en un nuevo oscurantismo? ¿Seremos capaces de salvaguardar el conocimiento que una vez nos libró de un yugo similar?, puede ser: mientras perviva las pequeñas semillas de conocimiento, sobrevivirá la esperanza de las futuras generaciones. Todo depende de nuestra lucha por mantener vivo el conocimiento, aquél por el cual hemos luchado durante generaciones. Que sin importar nuestro desarrollo no olvidaremos lo que significa ser seres racionales.