Fontur 2018
Humana

Víctor Hugo Vallejo 

A Orlando lo despertó un espantoso dolor de cabeza. Se quitó la cobija de encima. Quiso ponerse de pie. Primero se sentó en el borde de la cama, al apoyar el pie derecho no lo sintió con la suficiente fuerza. Se quedó un momento sentado, con su cabeza entre las manos, mientras sus  codos se apoyaban sobre sus rodillas. El dolor era insoportable.

Marina se despertó, giro hacia el lado izquierdo tratando de tocar el cuerpo del hombre que amaba más que nunca y solo encontró vacío. Abrió los ojos y lo vió sentado al borde del lecho. Le preguntó que le pasaba. La respuesta fue: no sé, es un dolor muy fuerte.

Ella se puso en pie de inmediato. Se quitó la piyama, se puso ropa ligera y le dijo que se iban a la clínica de inmediato. El le dijo que esperaran un momento, que eso iba a pasar. Ella insistió, lo sacó al pasillo, lo dejó en la puerta y  se devolvió por la llave del carro.

El comenzó a caminar escaleras abajo, perdió el control y rodó  hasta el descanso. Se golpeó fuerte. Como pudo Marina le ayudó a ponerse de pie, bajaron el resto de la escalera, lo acomodó en el puesto derecho del carro y salieron hacia el centro médico. En el camino el hombre se descolgó  sobre el hombro derecho de la mujer. Ella lo sintió sin vida. Llegaron pronto. Lo atendieron de inmediato. Lo entraron a urgencias, de donde la desalojaron a ella, le pidieron esperar afuera. Al poco tiempo salió un médico, le preguntó el parentesco. Ella respondió  que eran pareja. El médico abrió los ojos desmesuradamente. La figura femenina no le era tan femenina. Le dijeron que había llegado muerto. Un aneurisma fulminante.

Marina salió de la clínica sin saber quien era. Caminaba como sobre las nubes. Su mundo se había quedado sin piso. De una noche feliz, en la que hubo flores, vinos, media luz, besos y caricias y la mayor pasión desarrollada entre ambos, como nunca antes. Se quedaron dormidos después de haber sentido una felicidad que no les cupo en el cuerpo. Ahora estaba sola y el mundo estaba al otro lado, donde siempre había estado para ella, con todos los prejuicios y condenas  que constituían casi la rutina absurda por ser lo que era.

Marina supo que estaba sola, muy sola, pero que el mundo no terminaba para ella en ese momento. Apenas eran 28 años a los que les quedaban muchos calendarios por recorrer, muchas cosas por hacer, muchas metas por alcanzar y muchas ganas de ser lo que es de manera digna.

Llamó a la familia de Orlando, con la que ya no vivía, habló con su ex esposa y le contó lo sucedido. Les dijo donde estaba el cadáver  y les informó que el carro estaba en su poder y que cuando lo dispusieran iba a hacerles entrega y de unas pocas pertenencias que estaban en el pequeño apartamento donde habían decidido vivir juntos.

Su ex esposa supo en ese instante que  Orlando tenía una relación que todos desconocían. Había buenas relaciones familiares, pero sin conocimiento de lo que ese empresario de 57 años hacía con su vida personal. A la ex esposa no le sonó normal el tono grave de la voz de la mujer que se identificó como Marina Vidal y le contó lo de la muerte de Orlando. Algo de extraño había en eso.

La ex esposa, su hijo, ya mayor de edad, su cuñado, conocen a Marina. Se dan cuenta que es un transexual y comienza una explosión de odio, de acoso, de vergüenza de atropellos a la dignidad de un ser humano que bien pudo haber guardado silencio y prefirió afrontar la situación con toda su realidad, de la que es consciente desde cuando tenía 15 años, en que ante la indudable realidad de estar metido en un cuerpo de hombre, afeminado, se sentía mujer. En su pubertad decidió afrontar  la realidad y se declaró del sexo femenino, sin importar su identificación masculina. Se dejó crecer el pelo, s comenzó a maquillar y a arreglar y a vestirse como una dama, con la sobriedad de la decencia y a ser lo que había llegado a ser: un transexual.  Era su vida y la iba a asumir.

A los 8 años  una profesora había descubierto su calidades como cantante de temas líricos y le dieron la oportunidad de presentarse en diversas veladas culturales. Sus compañeros de estudio se burlaban del muchacho, por sus modales femeninos y por ese tono de voz delicado y fluido en notas  agudas. Todo lo soportó con su fuerte personalidad que no conoce temores  y que solamente busca que los demás la reconozcan como persona.

Su familia siempre la respaldó. Nació  varón y nunca se comportó como tal. Fue a la escuela de barones, pero se sentía distinto a todos. Desde sus facultades en el canto comenzó a meterse en el mundo de las artes escénicas y fue así como participó en numerosas presentaciones, mientras con sus pocos, muy pocos recursos  pagaba clases de canto a un viejo maestro.

Ya adolescente comenzó a ganarse la vida como estilista de belleza, con su persona de mujer, bien vestida, elegante, de porte distinguido. Un bello cuerpo femenino metido en la tarjeta de identidad de un hombre. Una expresión delicada en el rostro y una voz  sin la delicadeza plena de una dama, pero con los matices necesarios para hacer entender a los demás que por encima de todo era una mujer. Era estilista y actriz. Cantaba en bares distinguidos y lo hacía con  un tono  que ninguna otra podía alcanzar.

Por su trabajo en el teatro, en el año 2014 actuó en el filme “La Visita”, con excelentes resultados. Ganadora de premios como mejor actriz. En los créditos se presentó a la actriz como Daniela Vega. Y comenzó a ser conocida a nivel nacional. En poco tiempo todos supieron que esa Daniela Vega legalmente no es una mujer sino que lleva un nombre masculino en su documento oficial y que ha estado en una lucha enconada para tratar de que en el Congreso Nacional de Chile se apruebe el proyecto de ley en trámite  mediante el cual se dicte una norma que reconozca el derecho de los seres humanos de asumir su identidad sexual según sus condiciones individuales y no según los parámetros tradicionales que no admiten grises, pues apenas se limitan a lo blanco o a lo negro.

Daniela Vega es la protagonista de la película “Una mujer fantástica”, ganadora del premio Oscar de la Academia 2018, como mejor filme extranjero. Ella es la Marina Vidal  amante de Orlando, alrededor de  cuyo deceso en su lecho se teje la trama del guión elaborado con su participación, a través del trabajo del director Sebastián Lelio Watt y el guionista Gonzalo Maza.

Maza y Lelio, tomándose un café en alguna ocasión, hace un poco más de tres años  se hicieron una pregunta: que puede pasar si alguien muere en los brazos amados de la clandestinidad? Partiendo de ese hecho, comenzaron a armar una futura película. Lelio  le pidió a Daniela Vega que participara de esa especie de talleres creativos  en los que se iba dando el elemente esencial de ese nuevo filme. Con el paso de los días Lelio comenzó a pensar en que si al drama imaginado se le introducía un factor extraño y prejuiciado socialmente, el resultado podía ser aún más impactante. La protagonista siempre se llamó Marina Vidal, pero cada vez se parecía más a Daniela Vega. Ella no era la persona escogida para protagonista, pero poco a poco el guión se fue pegando de su personalidad y finalmente fue la escogida.

Ya no sería una simple trama de infidelidades. Sería el drama de tener una pareja que no se pareciera a ninguna. Se aprovecharía la vida misma de Daniela, para dejar sentado un principio de apertura moral en la visión de lo que es una realidad que no por negarla deja de serlo.

Y con estos ingredientes el chileno Sebastián Lelio Watt  se ganó el Oscar a la mejor película en habla no inglesa en el 2018. Y además la academia  de Hollywood legitimó la obra cuando escogió entre las mujeres presentadoras de la ceremonia de entrega de los premios a Daniela Vega. Lo hizo con la dignidad de una dama. Es que es una dama. El error es de la naturaleza y ella pretende corregirlo para que su cuerpo, no sometido a cirugías, ni a prótesis falsas,  pueda ser lo que siente que es. Y poniendo a un lado el sexo como definición de lo que se es, para colocar allí adelante la dignidad de cada quien. Es decir la opción de ser humano.

En la película, que debe verse con la mayor carencia de prejuicios y conceptos formados con antelación,  esa Marina Vidal  solamente reclama que se le mire con respeto, como ser humano, no requiere de halagos y venias, apenas que la tomen como un ser digno. Y es lo que en la trama no se observa, pues la familia de Orlando pretende aislarla hasta de su pena, de su duelo, de su dolor, como si tener dolor fuese posible de ser prohibido. Ella soportó todo con respeto. Entregó hasta el último objeto de Orlando. Sabía que se quedaba con su amor, con su entrega y lo llevaría puesto por siempre jamás.

Es un filme sorprendente que fue capaz de  trascender en el ambiente político cuando al regreso de sus realizadores a Chile, la saliente Presidente Michell Bachelet los recibió a todos y se comprometió a que el legislativo saque adelante el proyecto de ley que permitirá  el reconocimiento legal de los transexuales que existen con el gusto y la aprobación de quienes los aceptan y/o la reprobación de quienes los rechazas por razones morales de orden subjetivo.   No se trata de aplaudir, sino de reconocer y respetar a los demás como son.  Habrá que esperar que el conservador Sebastián Piñera, que acaba de acceder al poder, no se oponga a este reconocimiento legal de una realidad que atropella.

Es la primera vez que una película chilena obtiene un Oscar, con todo el merecimiento del caso, pues se trata de una obra de arte en la que la música del maestro Mathew Herbert le da ese tono clásico  en el que se va contando una historia con la seriedad y con la destreza de quien sabe del tema. Y no es fácil su argumento. Es un tema con el que muy fácilmente se puede caer en la vulgaridad, en lo ridículo, en lo meramente chistoso. No es un chiste. Es una realidad. Esos seres humanos que la naturaleza pretendió definir de una manera sexual y que no lo son, porque no se sienten así, porque no obran así, porque no sienten así, están de cuerpo presente en muchos lugares del mundo y deben ser respetados como tales. El sexo no puede ser la definición de lo que es la dignidad humana.

Sebastián Lelio Watt es un cinematografista que ha adherido su vida a la imagen y al sonido. En la década de los noventa con su socio Andrés Marones creó una empresa de filmación de matrimonios, con lo que solventaba la existencia. Luego comenzó a experimentar con cine y fue así como en el año 2005 hizo su primera cinta: La Sagrada Familia. Vendrían luego en el 2011 El Año del Tigre, en el 2017 Desbedie y en ese mismo año Una Mujer Fantástica, que lo acaba de consagrar como la gran figura del cine chileno contemporáneo.

Lelio Watt nació accidentalmente en Argentina. Hijo de un arquitecto chileno  y una madre argentina bailarina clásica.  Roto el matrimonio la mujer regresó a Chile con sus hijos. Se enamoró nuevamente y le dio un buen padrastro a sus hijos. Ellos, como Sebastián, lo han amado y lo han tenido como su segundo padre. Hasta el punto de que cuando tenía 7 años se cambió el apellido para llevar el del esposo de su madre, Campos. A los 27 años se volvió a encontrar con su padre biológico, se hicieron muy buenos amigos y retomó otra vez el apellido Lelio.  Dice que de alguna manera es un transexual de apellido.

Por su parte Daniela Vega nació en Santiago de Chile, en la comuna de San Miguel. Hija de un impresor, Igor Vega y un ama de casa. Siendo niña se fueron a vivir a la comuna Ñañoa, donde han permanecido.  Muy niña supo que su cuerpo era una cosa, pero su sentir era otra. Le gustaban más lo femenino que lo masculino. Las emociones se las despertaban los hombres, no las mujeres.  Hasta cuando a los 15 años decidió asumir su papel social de dama y nunca ha dejado de serlo. Por sus dotes de cantante, que Lelio también aprovecha en la película, en la que canta salsa y música lírica,  se fue metiendo en el mundo de las artes y es así como ha participado hasta ahora  en tres películas. A más de la de Lelio ha participado como actriz en “La Visita” en el 2014 y ”Un domingo  de julio en Santiago” en el 2017. Ya es una actriz reconocida a nivel mundial. Ella está muy orgullosa de ser transgénero y sólo espera un acto legal que le permita andar por el mundo con un nombre femenino y no esa identidad masculina que nunca ha correspondido con su realidad.

El premio Oscar la volvió visible. Tanto como para que hasta un niño de sexto grado del Complejo  Educacional Naipú, le haya escrito una carta a solicitud de una tarea colocada por la profesora Verónica Prado, quien a propósito del día internacional de la mujer el pasado 8 de marzo, les solicitó a sus alumnos un corto ensayo sobre mujeres bacanas. Ese niño escribió:

“Daniela Vega. La destaco porque participó en la primera película  chilena que gana un premio Oscar, pero aparte porque es una mujer valiente y esforzada e importante. 

Me gustaría que la dejen ser lo que es, en su carnet de identidad aparece un nombre que no es el correcto y un sexo(con) el cual no se siente identificada y en su mente no es. 

 Pero es una mujer excepcional y de  destacar. 

Respetemos”. 

Si un niño es capaz de entenderlo, porque los adultos aferrados a sus prejuicios y prejuzgamientos morales no son capaces de hacerlo? Es  la lucha de Daniela Vega, la misma que afronta Marina Vidal en la cinta ganadora, que comienza con una bella escena de un club nocturno donde toca un pequeño conjunto y se oye la canción de Héctor Lavoe “El periódico de ayer”. La voz suena medio femenina, medio masculina, hasta que la cámara se acerca a esa hermosa mujer de traje largo de lentejuelas, que canta con todo el corazón. Y se cierra con esa misma cantante, pero en una presentación lírica, en la que luce como la más femenina de todas las mujeres. Como lo que es ella. Es que, por encima de su condición sexual, es un ser humano. Lo único que ha pedido en la vida y lo va a seguir pidiendo, es que la consideren como humana.