Fontur 2018
El señor de las culebras

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

La Policía Nacional el 9 de abril de 1948

Tal como se comentó brevemente en mi nota anterior sobre el tema de la actuación de la Policía Macional en los sucesos del 9 de abril de 1948, el caos y la confusión generada por el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, dejó a la capital y a gran parte del país sumidos en la anarquía como consecuencia de la incontrolable reacción del populacho que arrasó con saqueos e incendios el centro de la capital, especialmente la zona donde funcionaban las sedes de los distintos organismos del gobierno, el Palacio Presidencial, el Palacio Arzobispal, ministerios, agencias oficiales además de la Dirección General de la Policía Nacional y la mayoría de las Divisiones de Policía de la ciudad, agrupadas dentro del área de los disturbios, lo que las hizo presa fácil de los amotinados ebrios, sedientos de sangre y dispuestos a matar y a hacerse matar. Intentar su defensa en esas condiciones, por preservar unos viejos fusiles Mauser, hubiera convertido esos asaltos en una estéril e insensata carnicería.

No obstante, nuestra intención en esta ocasión es la de rescatar y honrar la memoria del Capitán de la Policía Tito Orozco, comandante de la Quinta División de Policía, quien en mi opinión fue uno de los más destacados héroes institucionales, injustamente señalado como “amotinado”, cuando por el contrario, fue uno de los únicos comandantes policiales que logró mantener con firmeza el control y la autoridad sobre la unidad bajo su mando, a pesar del aislamiento físico y la avalancha de malos entendidos, suposiciones equivocadas, incomunicación y ausencia absoluta de instrucciones de sus comandantes naturales sobre procedimientos de emergencia que deberían seguirse en tan graves circunstancias. Como consecuencia de esta confusión, la situación de la Quinta División se prestó a la interpretación sesgada de cada uno de los  actores de este drama, que vieron a esta unidad policial desde sus propios puntos de vista y sus intereses e intenciones particulares. Intentaremos apreciar lo que realmente sucedió en la Quinta División de Policía y entender así la transparencia del comportamiento de su comandante el capitán Tito Orozco, un auténtico héroe maltratado.

La Quinta División de Policía funcionaba en la carrera 5ª  número  29–46, en la parte alta de la ciudad, edificio que aun hoy permanece imperturbable y aloja a algunas dependencias de la Policía Nacional en el sector hoy conocido como La Macarena, actualmente poblado de elegantes restaurantes, contiguo a La Perseverancia, que en 1948 era el barrio más gaitanista de la ciudad, lo que despertó suspicacias sobre la militancia política de los policías de la unidad y su comandante. El Ministerio de Guerra funcionaba en San Diego, donde hoy se encuentra el Hotel Tequendama desde donde era visible la unidad policial que sobresalía como una fortaleza sobre sus alrededores, en una época en la que no existían construcciones que interrumpieran la visión directa entre estas dos entidades, la sede policial arriba y la militar en un plano más bajo, lo que le daba a la primera una aparente preeminencia táctica y una evidente ventaja psicológica.

Su relativo aislamiento del escenario de los disturbios, la mantuvo al margen de cualquier intento de ataque físico de los amotinados y le permitió al comandante preparar su defensa por lo que dispuso medidas de alistamiento y mantuvo el control de sus hombres e instalaciones, a pesar de que la unidad recibió disparos esporádicos desde el vecino Colegio de San Bartolomé La Merced, situado al norte, sobre la misma carrera 5ª, que produjeron bajas entre el personal. Además, la noticia falsa del noticiero Ultimas Noticias y de la Radio Nacional por la autoproclamada “Junta Revolucionaria” en el sentido de que en esa División la policía supuestamente amotinada estaba repartiendo armas y que allí se estaba reuniendo personal armado, lo que hizo crecer el falso rumor de que la intención era atacar el Palacio Presidencial o el cercano Ministerio de Guerra. Según testimonio del general Rafael Sánchez Amaya, comandante del Ejército Nacional en ese momento, la guarnición de Bogotá contaba con muy pocos reclutas con escasos 9 días de incorporados, que ni siquiera conocían un fusil. Por esa razón, fue necesario pedir refuerzos de otras guarniciones, entre ellas de Tunja, desde donde el gobernador José María Villarreal envió algunos efectivos.

La concurrencia de estas circunstancias fortuitas, sumadas al aislamiento físico, la aparente situación de preeminencia sobre el Ministerio de Guerra, la masiva afluencia de policías desplazados de sus asaltados y arrasados cuarteles en busca de seguridad y refugio, la firme actitud defensiva adoptada por el Capitán Tito Orozco y sus cuadros de mando, generaron el escenario propicio para que los generales del ejército, que conocían sus propias debilidades operativas y esperaban la huída del presidente Ospina Pérez del poder por lo que acudieron a proponer una junta militar, se sintieran amenazados y temieran ser atacados por la Quinta División, por lo que se pensó en bombardearla desde el aire, a su vez los políticos opositores del gobierno creyeran que allí estaba el apoyo definitivo de la revuelta, los políticos y la prensa de derecha, vieran una amenaza y los extremistas como Fidel Castro, Rómulo Guzmán, Arriaga Andrade,  Gerardo Molina, Montaña Cuéllar y los demás miembros de la autoproclamada Junta Revolucionaria vieran motu proprio a la Quinta División como instrumento de sus propósitos golpistas.

Nunca el Capitán Tito Orozco o alguno de sus oficiales manifestó públicamente simpatías por uno u otro bando ni atendió las voces que acudieron a endulzarle el oído pretendiendo ganar su solidaridad y encausarlo a favor de los intereses de cada uno de los protagonistas de esta historia, cada uno de los cuales tiraba para el lado que a cada uno le convenía. Tal el caso de las inesperadas visitas del, en ese entonces, desconocido Fidel Castro, de los miembros de la autoproclamada Junta Revolucionaria, Adán Arriaga Andrade, Gerardo Molina, Carlos H. Pareja y otros políticos oportunistas de la misma tendencia y del doctor Darío Echandía, nuevo ministro de Gobierno, quienes fueron recibidos con la cortesía y respeto debido a cualquier ciudadano que visitara su comando, pero quienes con sus halagos y argumentos no lograron modificar la verticalidad profesional del Capitán Tito Orozco, quien con autoridad y mando mantuvo el control y disciplina de su División, del personal propio y el de los desplazados de otras unidades asaltadas que por las razones ya explicadas, buscaron la seguridad y protección de sus instalaciones, donde fueron acogidos.

Orozco esperó instrucciones de sus superiores legítimos, órdenes que nunca llegaron en ningún sentido, por el vacío de mando institucional provocado por el mutismo y ausencia absoluta del Director General, coronel del ejército Virgilio Barco Céspedes, autor entre otras iniciativas, de la vinculación a la Policía Nacional de los tristemente célebres “chulavitas”, policías cerreros reclutados en zonas de Boyacá de reconocida militancia partidista, con propósitos políticos “non sanctos”. Todo lo anterior permite plantear los siguientes razonamientos, teniendo en cuenta que los relatores y analistas del suceso dan por sentado que el 9 de abril de 1948 la Policía Nacional se amotinó contra el gobierno legítimo y que en la Quinta División se estaba agrupando, con intenciones ilegales personal rebelde de la Policía al mando del capitán Orozco.

¿En qué se basaron  tales  creencias y afirmaciones?

EN NOTICIAS FALSAS, RUMORES Y SUPOSICIONES  INFUNDADAS.

¿Qué líder policial amenazó  con tomarse el poder  o  acudió al Palacio a insinuarle al Presidente de la República su renuncia o a exigir cargos, prebendas o cuotas de poder?   NINGUNO.

¿Qué jefe policial anunció públicamente por radio intenciones golpistas o promovió o estimuló la incitación a la violencia y al saqueo?   NINGUNO.

¿Qué jefe policial  anunció intenciones de asaltar el Palacio de Gobierno?     NINGUNO.

¿Qué dirigente político extremista pudo demostrar que contaba con el apoyo de la Policía Nacional para sus propósitos golpistas? NINGUNO.

¿Quién oyó al comanante Tito Orozco anunciar intenciones de atacar alguna entidad gubernamental legítima o iniciar acción armada fuera de las instalaciones de la unidad bajo su mando?  NADIE.

El mismo Fidel Castro en declaraciones al escritor Arturo Alape afirmó que le insistió a Orozco, sin éxito, salir a la calle con sus subalternos armados. No obstante, días después, la Policía Nacional fue culpada no solamente de los platos rotos sino de la vajilla entera y destituida con todos sus mandos, entre ellos, el capitán Tito Orozco, quien desde ese momento fue víctima de diversas persecuciones. Al quedar sin empleo, debió agenciarse una nueva manera de ganarse la vida y sostener a su esposa Edelmira y a sus hijos, para lo cual montó una modesta fábrica de escobas en compañía de un socio que, por cierto, le birló parte de sus ahorros. Para adquirir la paja de arroz, materia prima para sus escobas, solía viajar a los llanos orientales en un pequeño camión de su propiedad.

En la década de los 50, en los llanos orientales operaban las guerrillas de Guadalupe Salcedo y Dumar Aljure, autores de la emboscada de “El Turpial”,  localidad cercana a Puerto López, Meta, el 12 de julio de 1952, cuando fue atacado un contingente de 100 miembros del Ejército Nacional que resultó en la muerte de 2 oficiales, 12 suboficiales, 82 soldados y un guía civil. Debido a sus continuos viajes de negocios a esa región a procurar el material para su pequeña industria casera, el Capitán Orozco fue capturado en Bogotá por sospechas infundadas de mantener contacto con las guerrillas llaneras y conducido a Sogamoso a comparecer ante el Coronel Daniel Cuervo Aráoz, quien sin fórmula de juicio ordenó al soldado Orlando Quintanilla y a un grupo de sicarios, conducir a Orozo y a otros 4 retenidos a un sitio aislado, fusilarlos, quemar los cadáveres y arrojar los restos al boquerón del río Lengupá en Miraflores, Boyacá, tal como se había procedido antes con otros  retenidos anónimos.

Los detalles del crimen salieron a la luz en un reportaje a Edelmira de Castro, la valiente viuda, quien al momento de la captura de su esposo en su hogar, exigió el derecho de acompañarlo hasta el comando militar en Sogamoso a donde fue conducido y de donde desapareció para siempre. Sus persistentes pesquisas personales condujeron a la sindicación del  Comandante de esa unidad militar, Coronel Daniel Cuervo Aráoz y su comparecencia ante una corte marcial, en cuyas audiencias el arrepentido soldado Orlando Quintanilla confesó los sórdidos detalles del delito, cometido el 17 de febrero de 1953. Informes sobre el particular dan cuenta que el expediente del proceso y las actas del consejo de guerra, celebrado el 27 de junio de 1958, desaparecieron de los archivos de la Justicia Penal Militar. Los pormenores del caso fueron recogidos y narrrados en forma novelada por el escritor Arturo Alape en su obra de 2005, El Cadáver Insepulto.

El 13 de junio de 1953 el  General Gustavo Rojas Pinilla mediante un golpe de estado asumió el poder con el apoyo de amplios sectores nacionales, en lo que Darío Echandía llamó un “golpe de opinión”. Mediante decreto 1814 de la misma fecha, creó el comando general de las Fuerzas Armadas, compuesto por las Fuerzas Militares, Ejército, Armada Nacional y Fuerza Aérea e incorporó a la Policía Nacional como cuarto componente de las Fuerzas Armadas, dependiente del Ministerio de Guerra con el nombre de Fuerzas de Policía. Por su parte, el coronel Daniel Cuervo Aráoz fue nombrado como Gobernador de Caldas, donde se ganó el remoquete de “Cuervo Atroz” y donde sus ocho meses en el cargo son recordados por iniciativas tan originales y truhanescas como la de haber ordenado disolver una manifestación de mujeres en Manizales arrojándoles serpientes venenosas y algunas otras arbitrariedades de la misma calaña, por lo que también mereciera ser recordado como “El Señor  de las Culebras”.