Jose Luis Cámara 2018-2022
Las visitaciones de Hernando Guerra Tovar

El poeta colombiano Hernando Guerra Tovar.. Foto Carlos Mario Vallejo.

Entrevista

Por Carlos Mario Vallejo

Tocado con un sombrerito y luego de recitar  algunos de sus poemas con autores nacionales y extranjeros en un bar del centro de Bogotá, el autor tolimense Hernando Guerra Tovar, reciente ganador del Premio Dámaso Alonso de Poesía, se apura dos aguardientes dobles antes de ponerse a conversar con EJE 21.

Sale del bar biblioteca El Quijote y se sienta en una butaca, no sin antes aclarar que aunque le guste empinar codo, cuando bebe nunca escribe, y viceversa…”ni en el guayabo tampoco. Escribo en la lucidez más tenaz. En ese sentido me perjudica beber, las visitaciones no llegan”, dice.

Y es que para que sus dedos se pongan en movimiento, esas visitaciones -que no musas, “eso es un cuento peregrino”- se aparecen para susurrarle al oído los versos o alguna parte de ellos. “Mi método es como una epifanía, una visitación. Le apuesto a eso,  y siempre he dicho que no hay que esforzarse por escribir. Mira, una anécdota: una amiga me decía ‘¡como duele escribir, como es de duro  escribir!, llevo dos horas frente a la página y nada’…le dije: suéltate, relájate que la palabra llega”, indicó, con la vista en lo alto, la dilatación de sus pupilas traspasando el vidrio de las gafas.

“Una vez me llegó esta línea: ‘todo escombro tiene su precio’… me rondaba y me rondaba y no pasaba nada. A los dos años una vocecita me visitó, me dijo que era el momento… de modo que me senté a escribirlo, y resultó”.

Acerca de  su recién obtenido premio Dámaso de la Academia Hispanoamericana De Buenas Letras (Madrid), que se entrega por primera vez desde 2017 a autores de diversos países por postulación de miembros de la Academia Andrés Bello, dijo: “Empezó en este año, pero como el ganador de este se volvía miembro de la academia y no podían abrirse tantos cupos, optaron por crear el Dámaso Alonso al mérito literario, cuyo legado es el cuidado de la lengua y no tiene compensación económica”.

Único poeta entre 21 hermanos, Guerra, de quien presentamos una selección de tres textos, contó generalidades de su vida, su poética y el ambiente literario colombiano.

¿Cómo fue su primer contacto con la poesía?

Nací en la finca El Candil, de mis abuelos, en zona rural de Armero Guayabal. El Candil…es un sustantivo muy poético. Empecé a escribir en el colegio Jiménez de Quesada, en Guayabal, con una novela inconclusa que aún tengo por ahí para rescatar.

Entonces lo primero fue la prosa

Parece ser que el primer llamado fue por la narrativa pero luego, a los 16 años, empecé a escribir poesía. Decanté, trabajé y en el 94 publiqué Pájaro azul, mi primer poemario. Luego llegó La noche del árbol en el 94, Ciega luz en el 98, Sombra embestida en 2007; la Universidad Nacional publicó una antología en el 2009 llamada En la curva del río. Luego Tríptico de la luz en 2010. Luego publiqué con una poeta que va a dar mucho de qué hablar, Bibiana Bernal, en una coedición llamada El tiempo que nos resta.

¿Cuáles fueron esas primeras influencias?

Hablamos de Amado Nervo, Barba Jacob, José Asunción Silva, luego la poesía francesa, el romanticismo. Me entusiasmé mucho con William Blake desde el principio, con Nerval. Algunos dicen por ahí que soy un neorromántico.

Publica usted bastante en redes. ¿Cómo ha sido la relación con lo virtual?

Se ha hecho un trabajo en el sentido de compartirle a esa gran audiencia. Lectores, poetas colombianos y universales. Es un error desdeñar a las redes. Administrarlas bien es importante; como todo, si se vuelve obsesivo puede convertirse en algo como una droga.

¿Cómo es el método para que sus versos pasen su propio tamiz?

El filtro es: lees, interiorizas, en ese ejercicio decantas, observas, vives, experimentas, copulas, respiras. En el inconsciente esto se concatena con otras vivencias y entonces sale poesía viva, auténtica y genuina… hay una decantación normal, natural, necesaria…se debe escribir desde adentro.

¿Cuáles poetas le llaman la atención?

El poeta vivo más grande de Colombia e Hispanoamérica se llama Giovanni Quessep. Está Raúl Zurita, de Chile; Guillermo Eduardo Pilía de Argentina; María Luz Albuja, de Ecuador; María Elena Giraldo González y Flóbert Zapata, el de Filadelfia (Caldas); Nelson Romero Guzmán; Johnny Vanegas, importante entre las nuevas voces. Hay un poeta grande que se llama Juan Sebastián González, estuvo en  Pereira y vive ahora en Itagüí. En Bucaramanga encontré un poeta, Freddy Osma, de cuya  obra me quedé aterrado, entusiasmadísimo. El poeta manizaleño Juan Carlos Acevedo es una de las voces importantes entre los nuevos.

¿Hay rencillas entre poetas en el país?

Bueno, hay unos poetas grandes, consagrados, que se ocupan en ningunear e invisibilizar las voces emergentes. Acá hay una serie de cenáculos, cofradías, grupos colectivos que se pelean entre sí, lo cual está bien, es saludable…lo que no está bien es que poetas que se autoproclaman oficiales traten de conspirar en contra de poetas emergentes fuertes, como dije. Tal vez temen que quieran quitarles la voz. Hay poetas que se ganan los premios, jurados que a veces son los mismos de siempre, y uno dice mmm.

Usar sombrerito, como usted o Juan Manuel Roca, ¿es importante para hacer buena poesía (risas)?

Puedo pasar de presumido pero tal vez fui yo hace treinta años  quien impuso la moda del sombrerito…bueno, no, uno ve a los poetas de todos los tiempos con sombrerito…No,  lo que pasa es que yo soy calvo (risas).

Lo que nadie sabe de usted…

Es que soy inocente, me critican que soy jodón, muy mamagallista…ah, soy muy tímido.

Secreto

Una cortina de bruma lo sepulta, una mirada de infancia lo reclama. Nada dice el río en su rumor de piedras, callado el árbol, discreta la montaña. Nada dice el viento que lo sabe todo, porque nadie pregunta y todo calla.

Laberinto

¿Acepta el secreto estar oculto?

Nadie ha preguntado al secreto su condición de ser,
su voluntad de encierro, la realidad de exilio.

¿Qué piensa en su oscuro laberinto?

(Restauración del fuego, Colección Rosa Blindada Cali 2016)

Anticuario

A Jorge Eliécer Pardo

El tiempo resbala, escapa
por entre los curtidos dedos
del anticuario.

Él precisa la edad de los objetos
tasa el polvo que cubre su existencia.

Risa y llanto de lejanos dueños habitan este mueble
tenue luz de hogar se agita en esa lámpara
imagen de la niña que fue
en el espejo.

El piano recorre, discurre
por notas de Chopin o de Beethoven
y la tienda se puebla de ausentes.

Hay un lugar dispuesto para todos
en el comedor de cedro
donde cenaron los héroes
antes y después de las batallas.

Hálito de vida en cada cosa
respiración, vaho, latido
desfile de siluetas invisibles
siglos que observan en la sombra.

Un concierto de voces y murmullos
asalta cada noche la tienda del anticuario.

Él precisa la edad de los objetos
mide la herrumbre que calla su silencio.

Allí los estribos con aire de galope
los floreros de Eros o thanatos
la máquina en que el poeta escribiera
nocturnos memorables
los jarrones de plata, los pebeteros,
los candelabros.

La silla de Van Gogh
que contiene el mundo

El tiempo resbala, escapa

Candil que alumbra los rincones de la infancia

¿dónde el baúl en que abuela
atesoró sus más íntimos
recuerdos?

(Ciega luz, 2004)