Fontur 2018
Génesis de la corrupción.

Víctor Zuluaga Gómez

Historiador, Magister en Ciencias Políticas

Con cierta frecuencia los medios de comunicación se refieren a los fenómenos de corrupción que se presentan en los administradores de justicia, en las autoridades locales, departamentales y nacionales, en la salud, en la educación y , en fin, por todos aquellos espacios en donde se presentan intereses monetarios.

Y existe cierta tendencia a explicar el fenómeno de la corrupción, como algo heredado genéticamente. De allí que se puede escuchar con frecuencia decir: “Una cosa es Dinamarca y otra Cundinamarca”. Entonces pareciera que estuviésemos condenados a convivir eternamente con los actos corruptos, con lo que comúnmente llamamos “viveza”, que no es más que eludir el camino correcto para obtener beneficios no éticos.

La neuróloga italiana Rita Levi Montalcini, dejó claramente establecido que la cultura no es genética sino epigenética, lo cual significa que no somos corruptos por herencia sino por educación, por apropiación de unos antivalores que con frecuencia circulan entre las distintas sociedades. Y en el caso de nosotros los colombianos y otros países latinoamericanos, cuando ese tipo de conducta no ética se presenta, por lo general es reforzada, es aplaudida como una acto de “viveza”, de “sagacidad”.

Pero si le preguntamos a la historia cuáles pueden ser las raíces de ese tipo de conductas, seguramente que podremos encontrar algunas pistas valiosas para responder tantos interrogantes al respecto. El principal elemento tiene que ver con la dominación que los europeos ejercieron sobre las comunidades indígenas y la población de origen africano. Ambos pueblos fueron sometidos y a ellos se les impusieron unas normas desde todo punto de vista injustas, infames. A los indígenas, por ejemplo, se les obligó a tributar a los españoles a quienes el Rey de España les había entregado con el fin de que los adoctrinaran en la fe cristiana. Oro, animales producto de la cacería, o como en el caso del cacique de Consotá, debía pagar el impuesto con sal que extraían de la fuente salina que se encuentra en las orillas de dicho río en la salida para Armenia. A los indígenas se les prohibía que utilizaran seda para sus prendas, porque ellas eran exclusivas para el uso de las damas españolas. A los esclavos no se les permitía montar en ningún semoviente, mula o caballo. Azotes para unos y rapada de cabellos para otros, fue, en síntesis una dominación inhumana.

Frente a unas leyes ventajosas para el español, para el “blanco”, era de esperarse que los indios y los esclavos buscaran la manera de no cumplirlas cuando tenían la oportunidad de hacerlo. De allí que para los españoles, el indígena y obviamente el esclavo eran “solapados”, no confiables porque una cosa aparentaban y otra la que hacían cuando no tenían la mirada del amo o del Corregidor de indios.

Muy poco cambió la situación cuando se produjo la independencia, entre otras cosas porque quienes tomaron las riendas del poder eran los criollos, es decir, hijos de españoles quienes continuaron con las mismas leyes y la misma exclusión. Tanto es así que en la Ley 89 de 1890 expedida en Colombia se decía: “Ley por medio de la cual se regirán los salvajes que se vayan incorporando a la vida civilizada”.

Colombia sigue siendo el país latinoamericano más inequitativo en materia de acceso a la tierra. En esas condiciones, es bien difícil pensar en un cambio de mentalidad, cuando las condiciones siguen dadas para que esa actitud se refuerce.