9 de diciembre de 2018

CARÁCTER

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
23 de febrero de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
23 de febrero de 2018

Víctor Hugo Vallejo 

Quería ser una gran violinista y poseía el talento para serlo, además de los medios suficientes para  acceder a los mejores profesores. Tuvo la primera decepción cuando siendo muy joven, casi niña aún, llegó a la academia y le dijeron que por ahora no necesitaba violín, pues hasta dentro de por lo menos tres meses no estaría manipulándolo y sacándole sonidos. Ella soñaba con que el mismo día que llegara a clases la iban a dejar tocar el instrumento que irradiaba una especie de halo mágico que  lo traducía en sonidos mentales agudos en los que sonaban muchas melodías, de esas tantas que desde siempre había oído en casa.

Los profesores de entonces preferían los métodos de comprensión y entendimiento con los alumnos, sin someterlos a exigencias mayores con tal de que permaneciesen en los estudios y siguieran buscando el conocimiento con paciencia, como se entiende que debe ser aprendida la música.

Tuvo los mejores profesores, como contar con el maestro Antonio María Valencia el más grande compositor y creador de música clásica que ha dado el sur occidente colombiano y respetado en todo el mundo como un verdadero genio. Este genio fue su docente y en ello cifraron muchas esperanzas sus padres, pero especialmente la niña que sabía con quien le iba a corresponder el aprendizaje. Valencia tuvo más consideraciones que nunca y poco o nada le exigía a esa despierta muchacha que se preocupaba por todo lo que fuera arte y que le proponía más de una conversación para saber más allá de lo que le indicaba el maestro.

Para ese entonces la falla formativa del maestro Valencia no fue materia de objeción por la estudiante, pues de todos modos aprendía y lo hacía al ritmo de quien le instruía, cuando 28 años después decidió colgar el violín porque entendió que nunca sería la solista extraordinaria con la que había soñado, pudo saber que el maestro Valencia era más lo que la había querido  que lo que le había enseñado, su falta de exigencia cualitativa hizo de ella una buena violinista, pero no  una figura capaz de dominar un escenario con la interpretación de grandes piezas de la música clásica.

Poco a poco y a través de las muchas cosas que hizo en la vida, había aprendido que su existencia se tenia que guiar por un camino de sólo hacer aquello que fuese capaz de hacer muy bien, como la mejor. No se dio treguas-. No se concedió licencias. En todo exigía el mayor nivel de calidad.  Todos le dijeron que no abandonara el violín, que siguiera practicándolo que era muy buena, pero ella que ya sabía mucho de música era consciente de que podía ser buena, pero no excepcional, y lo que se había propuesto era  esto, no meramente ser buena. Buenos hay muchos. Excepcionales hay muy pocos.

Hizo a un lado el violín después de 28 años de abrazarlo contra su mejilla y seguir el ritmo de lo interpretado con su cuerpo y especialmente con las expresiones faciales de sus ojos. Nunca se arrepintió. Supo donde estaba el origen de la falla. Quienes pudieron ser los artífices de que eso hubiera sucedido, no lo hicieron,  pero jamás los culpó, al fin y al cabo esos docentes se habían acomodado al respeto y cariño que siempre les despertó esa niña  que todo lo quería saber, pero con quien no tuvieron los niveles de resultados que pudieron haber sido. Apenas buenos. Apenas aprobatorios. Nada del otro mundo.  Fue violinista durante muchos años sin alcanzar las metas que estaban fijadas en su mente. Por eso no dudó en colgar de una de las paredes de su casa el instrumento al que amaba, pero más bien  se dedicaría a escuchar a los mejores y gozaría  de la música hasta las lágrimas.

Fueron muchas las veces que se sorprendió en llanto mientras escuchaba en su casa, sola, la música de los grandes maestros clásicos.  También le sucedía cuando se paraba frente a grandes obras de la pintura universal, sin tener en cuenta que se tratara de obras que ya había visto en otras ocasiones. Cada que las veía se impresionaba más y su sensibilidad de artista llegaba hasta el llanto. Era una manera de comunicarse con la obra, con el autor y con el mensaje contenido en ella. Era como una comunión íntima entre el autor y la espectadora que era ella, quien en todo momento hizo de su vida un aprendizaje. Cuando escuchaba música, veía arte o saboreaba comidas, lo hacía con la plena intención de aprender. Jamás olvidó el consejo de su padre, cuando en cierta ocasión le dijo que nunca se acostara sin haber aprendido algo y que cuando se fuese a quedar dormida siempre hiciera un pequeño balance de lo aprendido y de encontrar que en esa fecha no había aprendido nada nuevo, se levantara, fuese hasta el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y aprendiera el significado de cualquier palabra, una sola, pero que en esto tenía un nuevo conocimiento para dormir tranquila. Sabía algo más. Lo iba a necesitar.

Todos la pensaban eterna. Sus amigos, sus muchos amigos, con quienes compartía  frecuentemente y se encontraba en todos los eventos trascendentes de la cultura, el arte y la gastronomía, la necesitaban. Siempre tenía la expresión adecuada para entenderse con la gente. Con quienes tenía confianza no dudaba en decirles sus verdades, esas que ella detectaba desde su sensibilidad de artista. Lo decía con franqueza, pero con respeto. Cuando criticaba jamás se ganó un enemigo. Podía ser insatisfactorio lo que se le acababa de escuchar, pero nunca hubo el tono de la ofensa. Por eso sus amigos a quienes dijo tantas verdades siempre siguieron siendo sus amigos y ahora, cuando a comienzos del mes de febrero de 2018, se ha muerto, todos hablan de ella en tiempo presente, como lo seguirá estando, dada la enorme huella que dejó en el mundo cultural del país.

Era la hija de una mujer diferente a todas para su generación. Una mujer que cuando se fue a casar al visitar a su  futura suegra, esta le preguntó cuales eran sus abolengos, a lo que  simplemente respondió que en su familia no había habido gente distinguida, ni siquiera un policía. Su novio estaba decidido a casarse y a pesar de la molestia de llevar a la familia una mujer sin abolengos, se casó con una de las precursoras del reconocimiento pleno de los derechos de las mujeres en todo sentido. Ella misma fue capaz de construirlos, cuando no aparecían por parte alguna. Y educó a cuatro hijas para que fuesen lo suficientemente importantes en un mundo hecho para los hombres. Todas ellas marcaron un camino que ahora se sigue con desconocimiento pleno de lo que fue su labor para conseguir lo que se ostenta en la sociedad moderna. La madre le enseñó, antes que nada, carácter, desarrollado desde el fondo de una personalidad fuerte, a quien no le importó que su padre,  cuando alguna vez le solicitó que la enviara a educarse, le respondió que las mujeres estaban para casarse y tener hijos. Ella se casó y los tuvo, pero no permitió jamás que su carácter se doblegara ante nada. Una estirpe así sólo genera fortaleza en la personalidad de sus descendientes.

Y también hija de un hombre excepcionalmente inteligente, culto, gran lector que al casarse no dudó en ser el profesor de su esposa, a quien le negaron el estudio, y en hacer de ella una persona culta sin necesidad de tener títulos académicos que le validaran su saber. Por sus hijas lo hizo todo. Llegado  muy temprano a vivir a Palmira  se hizo importante hasta ser alcalde y Notario y darle una educación como la que no había recibido su esposa, a sus cuatro hijas, con quienes siempre se entendió  desde el respeto, el cariño y las exigencias constantes por aprender.

Rosa Cadavid y Fernando Arboleda, paisas de nacimiento, de costumbres, de talante, de iniciativa creativa,  que se hicieron vallecaucanos y le dieron al país  cuatro de las mujeres más importantes que ha tenido. Todas ellas con las oportunidades educativas que se comenzaron a abrir camino incluso por las vías de hecho.

A la hija mayor, Esmeralda, la enviaron a estudiar bachillerato interna en Pereira porque en Palmira no había un plantel que ofreciera esa oportunidad. Pero había tres hijas más y Rosa pensó que enviarlas a todas a estudiar afuera seria difícil, por lo que  un día se presentó al colegio oficial de Bachillerato, el Cárdenas, pidió que le regalaran una copia de los estatutos, los estudió al detalle  y cuando abrieron las matrículas para bachillerato se presentó con sus dos hijas menores y dijo que iba a matricularlas.  Le dijeron que eso no era posible porque se trataba de un colegio masculino. Rosa, muy seria, se paró frente al Rector y le preguntó si los estatutos del colegio eran la norma que lo regía y el docente respondió afirmativamente. Ella le dijo que si eso era así, él no le podía negar la matrícula a sus hijas, porque en esos estatutos por parte alguna aparecía que el colegio fuese sólo para hombres y además ni siquiera decía que estuviese prohibido que fuese mixto. El rector accedió, sin que hubiese necesidad de demandas judiciales como ahora se estila para todo. La lógica y la razón eran elementos que se usaban con frecuencia. Y daban soluciones.  Desde ese momento el colegio Cárdenas de Palmira se volvió mixto. Lo había vuelto una dama que pensaba más allá de las simples apariencias, autodidacta, por demás.

Luego ella y sus dos hermanas irían a estudiar al Liceo Benálcazar, donde estudiaban a precios bajos las hijas de los ricos, con la mejor calidad  y con exigencias disciplinarias que hicieron de sus egresadas damas  de dirección y liderazgo.  Ya la familia se había trasladado a Cali, donde se asentaron definitivamente  y en la que ella llegó a convertirse en un punto de referencia en el arte, la música y la culinaria. Una especie de faro social, dispuesta a escuchar a todo aquel que tuviese algo       que decir y a proponer creaciones que luego se consolidarían como instituciones de largo aliento, como es el caso de la fundación del Museo de Arte Moderno La Tertulia, tarea en la que se alió con Maritza Uribe de Urdinola, otra de las grandes damas de la cultura vallecaucana. Tanto se les debe a ellas.

Soffy Arboleda Cadavid, conocida hasta su muerte como Soffy Arboleda de Vega, ya que nunca tuvo inconveniente en llevar el apellido de su esposo, de quien siempre estuvo enamorada y cuyo recuerdo jamás borró a pesar de su muerte en el año 2005. Alfredo Vega fue el amor de su vida, fue una de las cuatro hijas de Rosa Cadavid y Fernando Arboleda. El gran amor de siempre por Vega, la llevó a tener ese apelativo en su nombre, como una manera de distinguirla con precisión.

Nunca se consideró una mujer bella, pero siempre fue la más elegante, la más armoniosa, la más exigente en la escogencia de sus prendas, en las que después de 2007, cuando murió su hijo Lorenzo, predominaba el negro, con las más bellas combinaciones, pero llevando ese luto interno de la ausencia de su esposo y de su hijo en apenas dos años.  Fue una pena inmensa que se le fue regando en el corazón, pero que supo llevar con gran dignidad y siempre ocupada en cosas creativas.

Cursó estudios de música en el Conservatorio de Bellas Artes en Cali, en el New England Conservatory de Boston, E.U.,  en el Conservatorio Nacional de Paris e historia del arte en Boston University, La Sorbona de Paris y la Escuela del Museo del Louvre. Alguna vez su hermana Mireya le hizo el comentario de la calidad de su sazón y que le proponía que cuando fuera a un buen Restaurante –bastante escasos en Cali, por la época-, se fijara muy bien en los ingredientes, en la preparación, en el sabor y que luego lo intentara en casa. Así lo hizo y de esa manera se completó el mapa de su vida: la música, el arte y la cocina. Ansiosa como siempre fue de conocimiento, se fue a estudiar  cocina en la academia Cordon Blue y con el famoso Chef Julio Child.  Luego vendrían sus propias experimentaciones con platos propios de su tierra vallecaucana.

Durante 30 años fue profesora de Historia del Arte en la Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle  y en muchas de las grandes escuelas de gastronomía  sus lecciones se llenaban de gente ansiosa de aprender, con la elegancia y la fina distinción que la caracterizaba. Podía lucir un delantal de Chef y una gorra blanca, pero su porte distinguido estaba allí frente a ellos.  En sus columnas semanales del diario El País daba recetas sencillas, con frutos de la tierra, siempre en defensa de lo propio, poco amiga de la sofisticación. Era elegante, pero sin pegarse a modas  fusionadas. La comida debía saber a lo que cada fruto generaba. Era una especie de papisa del Festival Gastronómico de Popayán que se celebra cada año. Allí el respeto de todos los concursantes y de los comensales era evidente por ella.

Tuvo 21 novios. Una mujer bella, elegante, culta, excelente conversadora, de gran iniciativa en todo no podía no tener aspirantes a ser su amor. Tuvo un novio que vivía en Paris. Decidieron que vendría a Cali para casarse. Soffy se había hecho amiga del ingeniero Alfredo Vega Cardona. Cuando su novio llegaba de Paris le pidió a Alfredo que le prestara el carro para recogerlo en el Aeropuerto. Lo fue a recoger. De regreso a Cali entendió que le gustaba más el dueño del carro que el novio al que hacía algún tiempo no veía. Se acabó el proyecto de matrimonio y se inició lo que fue el gran amor de su vida por siempre, con ese hombre que siempre la entendió, que supo estar a la sombra de ella, que la ayudó en todo lo que se le ocurrió  y con quien procreó hijos cultos y que fueron a las mejores universidades.

Cali llegó a tener un Museo de Arte cuando Soffy y Maritza Uribe de Urdinola se juntaron, comenzaron a recoger apoyos de los amigos y se dieron a la tarea de dotar a la ciudad de un centro donde fuese posible admirar la obra de los artistas plásticos de la región, del país, del mundo. Y por allí se ha movido  la cultura durante varias décadas, convirtiéndose en una especie de símbolo de la capital del Valle del Cauca. Jamás se alejó de su trayectoria y siempre estuvo en cualquier iniciativa que significara  liderar proyectos de mucha categoría, como las bienales de arte y  de novela, como el cine club, como las escuelas de formación que allí  han funcionado.

Soffy se convirtió además en la curadora de las grandes exposiciones nacionales que allí se han realizado, pero especialmente fue la gran curadora de la obra completa de Alejandro Obregón y Enrique Grau, a quienes conocía al dedillo y de quienes quedan obras en su casa, dedicadas por ellos mismos, que llegaron a entender en lo que pintaron, con su interpretación, cosas que ni siquiera se habían imaginado que estaban plasmadas en esos lienzos y óleos.

Todos pensaron que era eterna, como que siempre con su belleza, su elegancia, su porte, su dignidad al hablar, al comer, al enseñar, al relacionarse lucía intemporal. Pero en febrero se le acabaron esos tantos días vividos con intensidad, con pasión por todo lo que hacía.

Soffy Arboleda de Vega la elegancia en la cultura, el arte,  la música,  la gastronomía. Decir que se ha ido es desconocer su obra. Todo lo que hizo la recuerda y la va a seguir recordando por siempre jamás. Una mujer que marcó una época a favor de los derechos de las mujeres, como su hermana Esmeralda, quien como congresista fue la autora de la ley que reconoció a las mujeres el derecho a votar en Colombia y la primera mujer en recibirse de abogada de la Universidad Nacional. Soffy, su madre, Rosa Cadavid y sus hermanas  les enseñaron  el derecho a ser las mejores.

Su vida sólo se puede clausurar con un cerrado aplauso que debe oírse en todo el país.