Fontur 2018
Bogotá: ciudad de locos

Por Guillermo Romero Salamanca

Todos los días, muy de mañana, un ciudadano se sube a uno de los articulados que van desde el Portal del Norte y viaja hasta e Portal Tunal. Allá entra al baño y se regresa hasta Suba. Cuando llega allí, espera un rato y parte hasta El Eje Ambiental y desde ese lugar puede dirigirse hasta Las Américas. Su objetivo: pasear por la ciudad y esperar que transcurra el tiempo.

Su vida la pasa entre buses, portales y estaciones. Es su plan.

En el Éxito de la calle 138, unos adorables ancianos recorren el Supermercado llenando dos o tres carritos con panela, arroz, aceite, lentejas, zapatos, ropa…de todo. Cuando están repleto, los dejan por ahí estacionados. No compran nada. Hacen ejercicio de esta manera, agachándose, alcanzando bolsas y acomodándolas como si fueran a mercar.

Los empleados ya los conocen y les tienen paciencia. Después, alguno de ellos, debe hacer la tarea de reacomodar los productos.

A pesar de tener un censo de más de 8 millones de personas, lo cierto es que Bogotá hay algo más de un millón de habitantes que viven solos, son estudiantes universitarios que llegan de otras partes o trabajadores que fueron trasladados. A muchos de ellos se les ve caminar por ahí, no tienen casi amigos e inundan los centros comerciales.

Cada mañana, un robusto señor acomoda cajas de gaseosas, separa por sabores las botellas; unas las mete en la nevera y otras las deja en al alcance de sus manos. Después de las once de la mañana se dedica a destapar las bebidas que le piden los clientes del sitio de comidas rápidas de hamburguesas. Lleva más de 25 años quitando tapas, mañana y tarde.

Arepa de huevo

En la Avenida Jiménez con séptima, todos los jueves, se hace una rifa de un gallo vivo, con papas, plátano, yucas y mazorcas. Los desprevenidos turistas se quedan viendo el animal amarrado a una reja de un antiguo zaguán.

En el mismo lugar, entre 4 o 6 horas permanecen de pie vendedores de pequeñas esmeraldas. Es un duro sacrificio para ganarse lo del día. Por lo general, entre ellos mismos, comercializan las preciosas piedras verdes.

En el Cementerio del Apogeo en el Sur de la ciudad –donde la gente se muere por ir, como decía un transeúnte—se ofrece el servicio de plañideras. Son señoras que lloran, incluso se desmayan, en el momento del entierro. Cobran entre 20 y 30 mil pesos por el macabro espectáculo.

Así como hay personas que cobran por hacer filas en bancos y en EPS hay otras que lo hacen para comprar buñuelos.

En TransMilenio hay un empleado que de tanto ir a las manifestaciones, ¡le fascina el olor de los gases lacrimógenos!

El segundo idioma que se habla en el popular San Victorino es el mandarín. Los menudos chinos, les compiten negocio a negocio a los experimentados santuarianos.

A falta de parques con seguridad, en las mañanas Unicentro y otros centros comerciales se han convertido en gimnasios.

Y para terminar con la locura, en Bogotá venden bandeja paisa, comida del Pacífico, arepas de huevo…!preparadas por venezolanos!.