10 de diciembre de 2018

Aprenda de sus errores y sáqueles billete

15 de febrero de 2018
15 de febrero de 2018

Por Guillermo Romero Salamanca

Un día don Gabriel –vendedor de helados de Boyacá– se le olvidó echarle azúcar al jugo, cuando se congelaron y salió a la venta, el primer cliente le devolvió el dulce con una ofensa. El desilusionado expendedor con su caja no sabía qué hacer y sacó de su creatividad un letrero a mano: “helados dietéticos para hermosas mujeres”.

De ahí en adelante, se ahorró el azúcar y las beldades lo perseguían.

“Echando a perder se aprende”, decía el profesor de Química cuando sentía alguna explosión o un mal olor en el laboratorio del colegio.

El mundo está lleno de errores y de ensayos sin resultados, pero gracias a la creatividad y a la perseverancia se han logrado grandes inventos.

Es conocida la historia del sildenafilo, un medicamento que se preparó para tratar la hipertensión arterial y la angina de pecho. Los pacientes les decían a los médicos que no era muy efectivo para esas curas, pero en cambio generaba erecciones notables. Pfizer lo comercializó como viagra para luchar contra la disfunción eréctil y desde ese día, se salvaron muchos matrimonios.

Jacob Golomb diseñó unas pantalonetas para los boxeadores y les cambió el cuero de los cinturones por elásticos. Los deportistas no se convencieron con la vestimenta, sin embargo se comenzaron a vender por el mundo entero como bóxer.

Ni lo uno ni otro, se podría decir de los primeros usos del Listerine de Johnson & Johnson. Primero fue antiséptico quirúrgico y como remedio contra la gonorrea. En 1888 se empleó para limpiar los pies de los hongos. Después se puso como aditivo para los cigarrillos, después para luchar contra el resfriado y hasta contra la caspa. En 1920 descubrieron que un buen uso era contra la halitosis.

Los clínex fueron creados para limpiar el maquillaje, pero después lo comercializaron para limpiar la nariz en los resfriados. “No lleve un resfriado en el bolsillo”, decía el slogan.

La mismísima Coca-Cola se vendió en un principio como un jarabe contra los líos digestivos y como un sustituto de la morfina.

John Kimberly, Havilah Babcook, Charles Clark y Frank Shattuck montaron una empresa para la fabricación de papel y luego, ingresaron al mundo de los productos de higiene. Durante la Primera Guerra Mundial crearon un material para el vendado de las heridas. Terminó la contienda y no encontraban cómo comercializarla. Entonces, unas enfermeras vieron que podría servir para otros fines higiénicos. Así nació Kótex y nacieron las toallas sanitarias.

Un comerciante francés les enviaba a sus clientes en pequeñas bolsas, un te molido. Un día las metieron en agua caliente y oh sorpresa, se convirtió en un gran negocio.

En España construyeron cajas para ayudarles a los pescadores para que metieran sus anzuelos, de un momento a otro, los aparejos fueron reemplazos por hilos y agujas y en otras ocasiones, por tornillos, tuercas y anillos y más allá, en maquillajes.

Así es que, amigo lector, no se desanime si regó la leche, algo bueno puede inventar, de pronto los regaños de su señora se vuelven virales y puede cobrar regalías, quizá las miradas tiernas de su suegra, sirvan de modelo para oculistas. Uno no sabe dónde puede estar el billete.