Fontur 2018
Una aventura en pleno vuelo

Fotos / Olga Lucía Jordán

*Por Esperanza Jaramilo

Miro esta hoja blanca e intento encontrar las palabras para expresar mi asombro ante la existencia de una especie que llena el cielo de trazos sutiles y multicolores. Pienso también en lo misterioso de su origen. Sus ancestros, los dinosaurios, hicieron estremecer la Tierra. Tal vez se extinguieron cuando los mares se desbordaron y corrientes internas de fuego y nubes de plomo cubrieron el planeta. ¿Cómo entender ese proceso evolutivo que convirtió bestias colosales en delicadas creaturas decisivas para mantener la biodiversidad? ¿Dónde la ruptura? ¿Dónde el comienzo? ¿Cuál el origen de esta sorprendente aventura de tanta sabiduría?

Imagino entonces al Homo Sapiens en Tanzania, en su despertar, cuando el tiempo no se contaba y corría disperso como el agua de los ríos. Cuando el fuego atizaba, poco a poco, la caldera de nueve volcanes, y se contraían las placas tectónicas, dándoles forma a la garganta de Oldupai y al cráter de Ngorondoro. Pienso en ese hombre primitivo deshilvanando en su oscuridad la luz prodigiosa de los sentidos. Asociando el murmullo de las hojas con la voz de la lluvia. Visiono a ese primer ser humano tratando de imitar los sonidos de la naturaleza, golpeando las piedras para detener el trueno y ahuyentar a las fieras. Todo era intenso: el sol una brasa, la tempestad azotaba la caverna, y la dentellada del lobo prisionero en las arterias lo cegaba. Quizás, siglos después, en la penumbra que aún lo sometía, un pensamiento simple trazó una línea divisoria entre el pasado y el presente. Palpó la vida deshecha en el polvo, en el brillo de la arena y empezó a navegar lentamente, desde adentro, su propio caudal.

¿Sería el vuelo colorido de un águila roja el que condujo a ese hombre primitivo de lo concreto a la abstracción? ¿Lo llevaría a pensar en el prodigio de aquello casi intangible elevado en el cielo hasta volverse brisa? ¿Sería la imagen de un faisán buscando en una charca el milagro del manto egipcio, de color oro viejo, que lo cubre? ¿Se sorprendería ante aquel peso alzado en el aire, describiendo elipses en un largo laberinto de sol? ¿Lo sosegaría al despertar un canto inaugurando el día, diciendo en coro que hay interrogantes profundos como heridas?

Me planteo todas estas preguntas porque es preciso recorrer nuestra historia de evolución, lucha y pavor. Develar el tiempo para apreciar la maravilla de las aves, su belleza, la melodía de su canto, el torrencial luminoso de sus alas en pleno vuelo. La sutileza inexplicable de sus plumas, ligeras en el aire, delicadas al tacto, ajenas a las molestias del frío y las tormentas. Ellas sufren en las ciudades, buscan los árboles asfixiados para consolarlos. Les cuentan que hay bosques distantes y riachuelos que bañan de luz transparente sus raíces. Lugares donde los hombres con humildad se inclinan y pisan con sigilo para no despertar a los insectos. Aquellas que viven en el hemisferio norte migran en viajes estacionales cruzando mares y desiertos. Se desplazan desde el Círculo Polar Ártico hasta el extremo sur de África, o desde Alaska hasta la costa de Hawaii. Son diestras navegantes y tienen en su corazón tres brújulas: el magnetismo, las estrellas y el sol.

Las aves se han constituido en símbolos de nuestros sueños, en nuestras maestras; nos dan lecciones de responsabilidad, valor, solidaridad y paciencia. Elaboran con cuidado la arquitectura diversa de sus nidos; esta tarea les compete generalmente a las hembras. Los tejen con briznas de hierba, plumas, pajas, o con lodo. Los sellan con saliva, también emplean los trozos de un traje de fiesta que olvidó, en el vecindario, una araña. Los cuelgan de las cornisas, debajo de los puentes, en los aleros de los árboles, o en las aristas de los acantilados. Los hay diminutos como los del colibrí: una copa perfecta de barro para albergar esa gota iridiscente verde-azulosa detenida en el aire. También hay nidos gigantescos que alcanzan varios metros, como el que construye un ejemplar australiano. Todas estas creaturas magníficas empujan a los pichones de su cobijo tibio, cuando están listos para asumir el riesgo de vivir. No importa que afuera los vendavales los aguarden.

Hoy regresa a mi memoria el recuerdo de una mujer sencilla que conocí en mi infancia: Elisa. Iba por los corredores barriendo las hojas secas, las guardaba en su delantal blanco almidonado. Y una suave melodía entre los bolsillos iniciaba una oración. Alimentaba tórtolas, sinsontes y torcazas, poco le importaba el mundo. Ese era su universo. Un día no la despertaron los cantos, ni los picotazos en el cristal de la ventana. Los pájaros entendieron que había partido y cantaron hasta que llegó el mediodía. Todos supimos que se habían llevado el alma de Elisa al otro océano inquietante. Allá donde empieza el silencio.

El Quindío con su derroche de verdes, con sus ríos de savia y su clima benigno ofrece el avistamiento de más de 600 especies. Podemos apreciarlas Salento arriba siguiendo el antiguo camino que iba hasta Ibagué; en el calle de Maravélez, en Peñas Blancas en Calarcá, en la Reserva Natural Bremen y en el cañón de Barbas. Los barranqueros cuentan en su ábaco multicolor estos senderos campesinos. Al caer la tarde las garzas despliegan su bandera blanca señalando el río. Los petirrojos despuntan en el borde de las ramas secas. Una algarabía de loros nos anuncia el verano. Y en cada invierno regresan las golondrinas con sus reflejos azules a buscar los nidos del año anterior.

Nuestra vocación no es industrial; es agrícola por excelencia. Valoremos el privilegio de cuidar esta tierra, de protegerla de quienes atentan contra ella, propios o extraños. No tenemos rascacielos, pero sí una riqueza natural desbordante e irrepetible. Nos recrean extensos guaduales con sus sortijas de ríos ascendidos indagando los secretos de la luna. La vida esplende en los abismos, en las grietas de las piedras, en los aleros y en el polvo. Esta es una tierra para dejar volar la imaginación y entender que el amor es minucioso. Un latido lento. El ala frágil de una mariposa. Una migaja de pan que alza en su aventura un gorrión.

* Publicado en la revista Así Somos 112 de Comfenalco