21 de octubre de 2018

Un director de la Policía Nacional borrado de la historia

7 de enero de 2018
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
7 de enero de 2018

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

Corría el año 1909 en una Bogotá montuna y gris de calles estrechas y empedradas, frecuentadas por mujeres tocadas de pañolón oscuro y alpargatas, hombres también grises y cabizbajos, con sombrero tipo “pelo de conejo” y enruanados hasta las orejas, tales aquellos fríos paramunos despiadados y persistentes, de esos que ya no regresaron a estos lares, tan castigados hoy por calamidades nuevas como el calentamiento global y las manifestaciones “democráticas” de cuanto vándalo sindicalizado que decide mancillar sus calles y paredes con toda suerte de mamarrachos y grafittis. Gobernaba el país el general Rafael Reyes, patricio conservador quien había accedido al poder en 1904 en un proceso electoral sin participación liberal y quien ejerció un mando autoritario y firme que le valió el calificativo de “Dictadura Reyista” entre sus contradictores y de “Quinquenio Reyista” entre sus áulicos y copartidarios, quienes nunca le perdonaron que hubiera vinculado a su gobierno a los caudillos liberales, los Generales Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, sus enemigos en la reciente Guerra de los Mil Días.

No obstante, durante su gobierno, el General Reyes logró enderezar el rumbo de las calamitosas finanzas públicas, lo que le permitió adelantar algunas obras como el ferrocarril a Girardot y concreter la fundación en 1907 de las Escuelas Militar de Cadetes y Naval de Cartagena y más tarde de la Escuela Superior de Guerra en 1909. Fue precisamente el General Uribe Uribe quien tuvo a su cargo la contratación de la misión militar chilena compuesta por los Mayores Francisco Javier Díaz Valderrama y Pedro Charpin Rival, el primero de ellos Coronel honorario del Ejército colombiano, fundador y primer Director de la Escuela Militar de Cadetes donde tuvo a su cargo la formación de ochenta “caballeros cadetes” con la colaboración de una planta de instructores colombianos, entre ellos los mayores Anibal Angel y Manuel Arturo Dousdebés, los capitanes Aníbal Valderrama R, Alfredo Laverde, Manuel Ortiz Castillo y Alejandro Uribe, los tenientes Luis Acevedo y Gabriel Zamudio y los subtenientes Eduardo Bonitto Vega, Agustín Mercado y Alfonso Escallón.

El Mayor Díaz Valderrama se educó militarmente en Alemania, donde sirvió como Capitán en el Ejército Imperial Alemán, por cuyos servicios fue condecorado en dos ocasiones por el Kaiser Guillermo II. Luego de su misión en Colombia regresó a su país donde alcanzó el grado de General de División y ocupó el cargo de Inspector General del Ejército chileno, institución de la cual se retiró en 1930. Durante los prolegómenos de la segunda Guerra Mundial fue apasionado seguidor de Adolfo Hitler, cultor de las teorías nazis, convencido antisemita y más tarde, fundador del Movimiento Nacionalsocialista chileno, por lo cual fue elogiosamente destacado en el periódico alemán “Völkischer Beobachter”, órgano oficial del partido nacional socialista.

Un buen día el General Rafael Reyes encargó de la Presidencia de la República a su copartidario el General Jorge Holguín, luego lió sus bártulos y emprendió viaje a Europa. Camino a la costa renunció al cargo el 27 de Julio, por lo cual el Congreso eligió como sucesor al General Ramón González Valencia, conservador de tendencias moderadas quien anunció que en su gabinete nombraría a los liberales Joaquín Samper como ministro de Hacienda y al General Benjamín Herrera en la cartera de Obras Públicas. Esta decisión, anunciada antes de su posesión, programada para el 4 de agosto de 1909, cayó muy mal entre las huestes conservadoras, lideradas por los generales Edmundo Cervantes, ministro de Guerra, Nicolás Perdomo, Comandante del Ejército y José Anibal Mazabel, General del Ejército y Director de la Policía Nacional, presuntamente respaldados por los efectivos de la Policía Nacional y de las unidades militares  acantonadas en Bogotá, en este caso los batallones 1o, 3o y 17, comandados respectivamente por el General Martín Antía Moriones y los coroneles Clímaco Bueno y Calixto Medina, respaldados por el General Enrique Arboleda Cortés, apodado “Arboloco”, Jefe del Estado Mayor General y suegro del presidente Jorge Holguín, quienes acordaron “amarrar” al General Ramón González Valencia para impedir su posesión en la Presidencia y frustrar así el acceso de los liberales al nuevo gobierno.

Aparentemente los complotados “mataron el tigre y se asustaron con el cuero”, pues el mismo 4 de agosto realizaron movimientos que resultaron al menos equívocos, pues, por ejemplo, el General Nicolás Perdomo, comandante del Ejército, quien en ocasiones se hacía llamar “Generalísimo”, resolvió visitar sus unidades para inducir la actitud de sus tropas, entre ellas el batallón 17, acantonado como el 1o y el 3o en los llamados “Cuarteles de Arriba” en la Plazoleta de San Agustín, en el sitio que hoy ocupa el edificio de los Ministerios, donde el subteniente Tomás Concha tuvo la presencia de ánimo de dar un paso al frente de la formación y manifestar su desacuerdo con las insinuaciones golpistas de su general y máximo jefe, quien quedó de una pieza y sin palabras ante el valeroso gesto de su joven subalterno.

Resultó notable la actitud del Mayor Diaz Valderrrama, Director de la Escuela Militar de Cadetes y jefe de la mision militar chilena quien intervino activamente en los acontecimientos y siempre se manifestó públicamente en favor del respeto a la legalidad. A la postre su actitud y sus juiciosas opiniones sobre la obligación de la fuerza pública de atenerse a las normas constitucionales, lo hicieron sentirse con autoridad suficiente para entrometerse en asuntos más allá del llamado de sus deberes como asesor extranjero, por lo cual su comisión oficial fue cancelada y enviado de regreso a su país. A otro complotado al que le salieron las cuentas “chuecas” fue al General José Aníbal Mazabel, Director de la Policía Nacional, quien, quizá con la intención de ganar simpatías en la causa golpista, madrugó a las 6:30 a visitar en su habitación del Hotel Blume, en la calle 11 entre 6a y 7a, al General payanés Luis Enrique Bonilla, recién llegado a la capital, quien acababa de ser nombrado “In péctore”, como ministro de Guerra, para confiarle, “muy confidancialmente”, las intenciones y los planes de “amarrar” ese mismo día al nuevo mandatario y evitar su posesión como Presidente de la República. Por su parte el General Bonilla, vencedor en la Batalla de Calibío y conocido por su recia personalidad, le confió, también “muy aquí entre nos…” su nombramiento como Ministro de Guerra, revelación que dejó “con los brazos caídos y la pasta floja” a Mazabel quien obviamente desconocía la noticia. No satisfecho con el chasco sufrido con el ministro Bonilla, el afligido Mazabel buscó al maestro Guillermo Valencia, alojado en el mismo Hotel Blume, a quien encontró a las 10 de la mañana y a quien también le confió, “al oído”, su versión sobre los planes golpistas, anécdota que el poeta Valencia relató años más tarde en artículo publicado en el periódico El Siglo del 9 de agosto de 1941. Lo cierto es que ese día un grupo de policías se reunió en el café “La Bomba” con una cuadrilla de peones de obras públicas que estaban preparados para participar en la ejecución del plan de “amarre” de González Valencia, según revelaron las pesquisas de Lubin Bonilla, Jefe de la oficina de Instrucción de la Policía Nacional, a cuyo cargo estuvo la investigación de la frustrada conspiración.

Al final, el General Ramón González Valencia logró posesionarse ese 4 de agosto de acuerdo a lo dispuesto por el Congreso Nacional. Por su parte, el General José Anibal Mazabel, mensajero espontáneo, de personalidad un tanto resbalosa, que pretendió ponerle a cada santo una vela, desapareció para siempre del escenario, cediendo su presencia en la historia a un presunto tercer mandato en la Dirección de la Policía Nacional del comisario francés Juan María Marcelino Gilibert y a Heriberto Alvarez quien figura como Director de la institución policial desde el 7 de agosto de 1909, luego de la “metida de pata” de Mazabel, hasta el 4 de diciembre de 1910. Hasta el General Martín Antía, oficial de comportamiento al menos aceitoso, logró sobreagüar, salvarse de la degollina y recibir más tarde la confianza del gobierno que premió su cuestionable lealtad durante la intentona golpista de agosto de 1909, confiándole la Dirección de la Policía Nacional entre 1910 a 1911.

En conclusión, ignoro la suerte final corrida por otros conspiradores principales, como los Generales Edmundo Cervantes, saliente Ministro de Guerra, Enrique Arboleda Cortés, Jefe del Estado Mayor General y Nicolás Perdomo, Comandante del Ejército, así como la del presidente saliente General Jorge Holguín, de quien resulta difícil creer que estuviera al margen del complot. Igualmente desconozco las razones de fondo que enterraron para siempre el recuerdo de las andanzas del General José Anibal Mazabel como Director de la Policía e indujeron a su extrañamiento de las páginas de la historia de la Policía Nacional, aunque intuyo que su actitud dubitativa y lambericas de conspirador arrepentido que quiso quedar bien parado con tirios y troyanos pudo pesar toneladas en su contra, definir para siempre su papel de “chivo expiatorio” y finalmente lanzar su memoria a las tinieblas exteriores y rumbo a un definitivo, oscuro y permanente  ostracismo.

Por cierto, aunque por motivos bien diferentes, Mazabel corrió la misma suerte del General Juan José Nieto Gil, Presidente de Colombia del 25 de enero al 18 de Julio de 1861, quien gobernó desde Catagena durante el vacío de poder  entre los gobiernos del conservador Mariano Ospina Rodríguez y el segundo periodo del General liberal Tomás Cipriano de Mosquera. El General Nieto Gil, hijo de Tomás Nicolás Nieto y Benedicta Gil nació el 24 de junio de 1805 en Cibarco (Atlántico) y murió en Cartagena el 18 de Julio de 1866. Su nombre no figura en la relación oficial de presidentes de la República de Colombia.

Se presume que su figuración en la historia ha sido deliberadamente ignorada “…por negro y por costeño”, según manifestó, poco antes de morir, el investigador Orlando Fals Borda, padre de la Sociología colombiana, quien adelantó infructuosas gestiones orientadas a la recuperación de la memoria histórica y la reparación de la persistente injusticia con el prócer costeño, cuyo mandato de cinco meses no lo excluye del derecho a figurar como presidente, teniendo en cuenta los casos semejantes de Víctor Mosquera Chaux y Carlos Lemons Simons, quienes sí figuran en la galería de presidentes a pesar de que desempeñaron el cargo por unos pocos días durante las presidencias de Julio Cesar Turbay Ayala y Ernesto Samper, respectivamente.

Finalmente, en abril de 1930 la Asamblea Departamental de Norte de Santander decidió rendir un homenaje póstumo al general Ramón González Valencia y dispuso cambiar el antiguo nombre del municipio de Concordia por el de Ragonvalia, en memoria del ilustre General y mandatario nortesantandereano.