Julio Cesar Cámara 2018-2022
Lo hacemos o nos marginamos

Armando Rodríguez Jaramillo

Los expertos opinan que el crecimiento de la economía colombiana en 2017 bordeará el 1,6% y que el de 2018 no superará el 2%, porcentajes sintomáticos de un país que parece mirar con desdén el universo de oportunidades que brinda la economía del conocimiento mientras continúa fijando sus expectativas de desarrollo en los recursos del subsuelo como carbón, níquel, oro y petróleo.

Esto nos debe motivar a no seguir rehuyendo los desafíos que nos plantea la Cuarta Revolución Industrial en la que están inmersos los países líderes en competitividad. Es suicida seguir postergando el debate sobre la necesidad de cambiar de modelo productivo y, sobre todo, de cómo lograrlo. De no tomar la decisión de dar el paso ahora, no lo daremos nunca, pues cada vez será mayor la distancia que nos separe de los países avanzados.

Hoy se acepta que el desarrollo de un país no se construye desde el centro, se hace desde lo local, por cuanto éste es la suma de las dinámicas productivas de sus territorios. Así como en lo global hay grandes distancias con Suiza, Estados Unidos, Singapur, Holanda y Alemania que encabezan los primeros cinco puestos del Reporte Global de Competitividad 2017 del Foro Económico Mundial, en lo nacional las hay con Bogotá, Antioquia, Santander, Caldas y Risaralda que ocupan los primeros puestos en el Índice Departamental de Competitividad 2017 del Consejo Privado de Competitividad y la Universidad del Rosario, rezagos territoriales que deberían ser acortados si se quieren crecimientos más armónico.

En consecuencia, si el Quindío desea mejorar el puesto 14 que obtuvo en el Índice Departamental de Competitividad 2017, se deben asumir políticas públicas que focalicen la gestión del desarrollo en las empresas, en la innovación y en la formación del talento humano con un horizonte de mediano y largo plazo bajo un consenso colectivo por fuera de las coyunturas políticas.

No le tengamos miedo a impulsar un crecimiento empresarial con productividad, a incentivar los clúster regionales, a fomentar la industrialización (manufactura, agroalimentos, agroindustria) y los servicios (turismo, TIC, comercio, salud). Apropiémonos de la cultura de la innovación para crear ventajas competitivas a nuestros productos y servicios, para esto hay que crear un verdadero ecosistema de innovación liderado por las empresas e impulsado por la administración pública y las universidades. Pero nada de esto será posible de no transformar la educación, de no establecer un modelo enfocado en la formación tecnológica y el escenario empresarial, una formación con pertinencia orientada a las necesidades del sistema productivo. Hay que impulsar la atracción de inversión productiva y crear centros de excelencia empresarial con visión global.

Todo esto será eficaz si concentramos los esfuerzos anotados en sectores estratégicos con capacidad de actuar como tractores del crecimiento y si la gestión en desarrollo productivo, innovación y educación la realizamos de forma articulada y no por separado como si se tratase de asuntos divergentes.

Este es un reto atractivo y prometedor, no necesariamente imposible ni reservado a regiones especiales y superdotadas. Sólo es preciso organizarnos y afrontar el desafío de involucramos en la Cuarta Revolución Industrial. Lo grave es que no hay alternativa: lo hacemos o nos marginamos.