X-504

Víctor Hugo Vallejo

Las tardes eran bien frías y en el pueblo no era mucho lo que había por hacer, luego al salir del colegio de la jornada vespertina los muchachos quedaban desocupados y dispuestos a sentarse a hablar en cualquier banca del parque principal, mirando las espesas y frías montañas de la Cordillera Occidental, para que fuesen pasando las horas y se fuese llenando de ideas la mente.

En los bancos del colegio se descubrieron mutuamente y desde un comienzo supieron que eran amigos sin haberse visto nunca, que podrían separarse, dejarse de ver y en el alguna esquina de la existencia uno de ellos iba a estar esperando al otro, o sencillamente en cualquier cruce vital se iban a encontrar los mismos que se sentaban en la banca del parque a hablar de tantas cosas que sus demás compañeros poco o nada entendían, y que de alguna forma constituía la causa para que los fueran dejando solos, lo que percibían como la mejor forma de compartir el tiempo y el espacio.

Eran muchachos de pueblo, nada dados a lo contestatario por la conciencia que tenían de que allí se sentaban era a aprender, pues no se contradice, desdice o desecha sino lo que se sabe. No es posible debatir de lo que no se sabe. Si aprendían mucho, iban a debatir mucho. Mientras tanto el silencio era el camino de ir asimilando todo lo que sus profesores les iban transmitiendo dentro de los más fieles cánones educativos de entonces, en los que la formación cristiana se ponía como elemento fundacional de lo que cada uno de esos niños deberían ser en la vida. A ellos también los fundaron con esas ideas, pero luego se harían a un lado de las mismas y tendrían las suyas propias que se fundaron en el ser humano, como esencia de lo que se es o no se es.

El era un poco mayor que su amigo y terminó el bachillerato con muchos deseos de seguir formándose académicamente. Necesariamente el primer camino de ida conducía hacia la capital del Departamento, a donde llegaban casi a un único claustro de formación superior. Tuvo la fortuna de contar con los recursos para irse un poco más lejos y por eso terminó en Bogotá, estudiando dos carreras simultáneamente para recibirse con un doble título que poco o nada ejerció en lo que fueron sus ocupaciones en adelante.

Su amigo menor si llegó al claustro de tradición, donde comenzó a estudiar Derecho, hasta entender que los artículos, incisos, parágrafos, leyes, decretos, instructivas, circulares, resoluciones, estatutos, reglamentos pueden atentar en un momento determinado contra la imaginación por el posible encuadramiento en fórmulas que obedecen a lineamientos trazados en la abstracción de conductas hipotéticas. Más bien se fue de la Universidad a buscar el sol, la luna, la lluvia, las estrellas y de mucho andar terminar por perseguir la nada.

Cada uno se fue por su lado. El primero llegó a ser ejecutivo de saco, corbata, horario de oficina, disciplinado y exitoso ejecutivo, hasta lograr el tiempo de servicio suficiente para obtener una pensión decente que le permitiera dedicarse los últimos años de su vida a lo que siempre se ha dedicado: la lectura y la escritura. Sigue contando y cantando sus versos en la cima de los 85 años.

El otro se fue por los caminos de la imaginación, se atrevió a hablar de una manera distinta, quiso hacer una revolución cultural, predicó la palabra en todos los espacios, convenció a muchos jóvenes que le siguieron e hicieron parte de un movimiento que marcó al vida cultural de los colombianos en los años sesenta y setentas. Protagonizó muchos hechos que para entonces se tildaban de escandalosos y que hoy lucen de gran ingenuidad. Pensó, escribió, habló, gozó del desorden de vivir a una manera en la que nada era importante y lo que se perseguía era precisamente la nada. Dejó una obra que se sigue leyendo y pensando. Un día en una carretera de Boyacá encontró la imprudencia de un conductor de camión que jamás había entendido las normas de tránsito y pasó al mundo de los que ya se fueron y sobreviven por lo que hicieron.

El primero de esos muchachos se llama Jaime Jaramillo Escobar, el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura en el 2017 y el segundo se llamaba Gonzalo Arango. Dos vidas que se iniciaron paralelas en un colegio del Municipio de Andes, en el suroeste antioqueño, en el que compartieron muchas palabras, muchos versos, muchas lecturas y muchas emociones. Un día se separaron y al cabo de los años se volvieron a encontrar por allá en 1958, cuando Gonzalo Arango tomó la decisión de abandonar la Universidad de Antioquia, donde estudiaba Derecho, y decidió dedicarse a la literatura, pero con la idea de hacer una revolución cultural a la que llamó Nadaísmo, en la que el compromiso era con la nada. Las explicaciones pueden ser muchas. O ninguna. Conducen a la mismo: la nada. Jaime vivía por entonces en Cali y cuando supo de la iniciativa de su amigo se unió a ella, pero fue el más extraño de todos los Nadaístas: estos carecían de reglas sociales, Jaime las observaba todas. Más, llegó con su poesía seria, bien pensada, bien escrita, bien dicha, hasta arribar a la conclusión de que fue la gran figura de ese movimiento.

Cuando se hizo Nadaísta detrás de los pasos de su amigo Gonzalo, no se fue con ese grupo de muchachos a recorrer caminos sin destinos, ni a participar en los desordenes ordenados que escandalizaban beatas, curas y obispos. Lo hizo desde la convicción de querer hablar un nuevo lenguaje, en el que fuese posible la crítica, el sarcasmo, la ironía, los juegos paródicos del lenguaje popular, la irreverencia y el tono sentencioso de sus decires poéticos contra la sociedad y las instituciones, de algunas de las cuales él mismo hacía parte.

Jaime Jaramillo Escobar se consolidó con el paso de los años como una de las voces mayores de la poesía colombiana en el siglo XX. Fue Nadaísta por la identificación con el rompimiento de rigideces normativas en el lenguaje y el enorme cariño que siempre tuvo con su compañero de escuela en Andes. La exigencia académica, la pureza de sus expresiones y las demandas de ritmo y armonía que siempre se ha propuesto en los versos que escribe, de alguna manera lo alejaron de esas posibilidades de romper con toda la tradición del idioma.

Sin que nunca lo hubiese hecho de manera formal, su permanencia en el Nadaísmo se fue diluyendo poco a poco con el paso del tiempo. El movimiento siguió su camino bajo la guía de Gonzalo Arango y con unos pocos intelectuales contestatarios que se mantuvieron fieles a sus ideas, el movimiento, de todos modos, marcó una época importante en la cultura nacional y en algo se proyectó en América del Sur.

Jaime Jaramillo Escobar nació en Pueblorico, Antioquia, el 25 de mayo de 1932. Siendo muy niño sus padres se trasladaron primero a Altamira, en el suroeste de ese Departamento y luego a Andes, donde da inicio a su proceso educativo formal, conociendo en el colegio a Gonzalo Arango, de quien se hizo amigo por siempre. Juntos se llevaron muchas cosas en común y por eso no luce extraño que cuando en 1958 Arango toma la iniciativa de su movimiento literario, encontrara eco en su amigo de infancia quien ya era una persona de 26 años, formada profesionalmente en Economía y Derecho en la Universidad Javeriana de Bogotá, con el más estricto y atildado cumplimiento de la totalidad de sus deberes. No era ningún contestatario. Se enroló en el movimiento, pero siempre con una gran distancia en los comportamientos colectivos y públicos de sus miembros que eran dados a los actos de relumbrón para generar noticia y controversia, basados en sus indudables talentos literarios como el de Elmo Valencia, Eduardo Escobar, Fanny Buitrago, Amilkar U, Pablus Gallinazus, Nelson Osorio, J. Mario Arbeláez y otros. Jaramillo siempre contó en el movimiento, pero no apareció con su nombre. Asumió el seudónimo de X-504, la X como el hombre que te interroga y lo interrogan, dejando huella literaria en el lector, sin haberle dicho su nombre, como alguna vez lo explicó y el 504 porque podía ser el número de un preso que andaba en la libertad de su palabra.

Mucho después asumió literariamente su nombre verdadero, con el que se abrió paso en la historia de la literatura nacional, en la que ya hizo un camino de respeto y admiración por sus más de treinta libros escritos con el mayor conocimiento idiomático y con exigencias constructivas propios del académico.

En 1967 en pleno apogeo del nadaísmo, este movimiento que tenía entre sus ídolos de respeto al boxeador norteamericano Casius Clay, aún no se llamaba Mohamed Alí, abrió un concurso nacional de poesía con su nombre y se lo ganó X-504 con su libro “Los poemas de la ofensa”, considerando uno de los cuatro mejores libros de poesía producidos en el siglo XX en Colombia.

En 1983 fue ganador del Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, el más exigente por entonces en esa modalidad.

En este mismo año se ganó el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia. Y en el 2017 el Ministerio de Cultura lo acaba de reconocer en el mismo galardón, lo que ha sido motivo para ocuparnos de él, como manera de recordar su obra por quienes la conocen y de acercarse a la misma por parte de quienes aún no la conocen. Es un señor poeta.

Jaime nunca ha dejado de ser poeta, pero a su vez ha sabido construir un proyecto de vida desde lo formal, al punto de haberse desempeñado por más de veinte años como subgerente cultural del Banco de la República, donde realizo una tarea trascendente a favor de los mejores valores del arte nacional.

Hablar de un poeta, sin citar sus versos, es tanto como cantar una canción sin armonía. Es mejor dejar la voz del poeta en los siguientes renglones para entender sus palabras y el poder de su dicho.

Cuando mamá negra hablaba del Chocó

le brillaba la cadena de oro en el pescuezo,

su largo pescuezo para beber agua en las totumas,

para husmear el cielo,

para chuparles la leche a los cocos.

 

Su pescuezo largo para dar gritos de colores con las guaduas,

para hablar alto entre las vecinas,

para ahogar la pena,

y para besar a su negro, que era alto hasta el techo.

 

Su pescuezo flexible para mover la cabeza en los baile,

para reír en las bodas,

y para lucir la sombrilla y para lucir el habla.

 

Mamá negra tenía collares de gargantilla en los baúles,

prendas blancas colgadas detrás del biombo de bambú,

pendientes que se bamboleaban en sus orejas,

y un abanico de plumas de ángel para revolver el aire.

 

Su negro le traía mucho lujo del puerto cada vez que venían los barcos,

y la casa estaba llena de tintineantes  cortinas de conchas y de abalorios,

y caracoles para tener las puertas y para tener las ventanas.

 

Mamá negra  consultaba al curandero a propósito del tabardillo,

le prendía velas a los santos porque le gustaba la candela,

tenía una abuela africana de la que nunca nos hablaba,

y tenía una rosa envuelta en un pañuelo,

un muñequito de madera con el que nunca nos dejaba jugar.

 

Mamá negra se subía la falda hasta más arriba de la rodilla para pisar el agua,
tenía una cola de sirena dividida en dos pies,
y tenía también un secreto en el corazón,
porque se ponía a bailar cuando oía el tambor del mapalé.

 

Mamá negra se movía  como el mar entre una botella,

de ella no se puede hablar sin conservar el ritmo,

y el taita le miraba los senos como si se los hubiera encontrado en la playa,

senos como dos caracolas que le rompían la blusa,

como si el sol saliera de ellos,

unos senos mas hermosos que las olas del mar.

 

Mamá negra tenía una falda estrecha para cruzar las piernas,

tenía un canto triste, como alarido de la tierra,

no le picaba el aguardiente en el gaznate,

y, si quería, se podía beber el cielo a pico de botella.

 

Mamá negra era un trozo de cosa dura, untada de risa por fuera.

mi taita dijo que cuando muriera

iba a hacer una canoa con ella.

En homenaje a la nana que tuvieron de niños él y sus hermanos, con un lenguaje directo y de fácil entendimiento para cualquiera, usando palabras que deben ser entendidas en la dimensión del cariño necesario creado con un ser a quien consideró su mamá negra.

 

El enamorado busca su amor aún allí en donde sabe que no está,

como el aventurero busca el tesoro aún allí en donde sabe no se encuentra,

y así como el hombre busca a Dios en toda parte y lugar sin hallarlo nunca,

aún apostado esperando en los huecos de la esquina de la sala, por donde salen los ratones,

y muere con la sonrisa de quien se encontró nada pero buscó mucho

hasta morirse.

 Así yo he venido hoy domingo y te espero sentado en un pedazo de sol,

días y noches de búsqueda por los más ignorados lugares,

preguntando en altas casas desde cuyos umbrales se divisa a lo lejos

                                               la ciudad entre las brumas

con el objeto de obtener  un dato, una pista para seguir tu rastro y dar con

                                               el lugar de tu paradero

oh tu, por quien el pastor daría sus noventa y nueve ovejas restantes. 

Aquí pongo a secar al sol los paños de mi angustia más íntima,

buscadora de ausentes, mi soledad  quiere comerse su propio amargo vientre,

y hoy domingo busco en tu nombre antiguo y en tus ojos asiáticos el tiempo,

mientras los signos pasados me levantan, con peligro de Dios, en brazo inmenso. 

Pero tus bellos ojos no aparecen … y me voy a cansar.

 Para cantar ese amor siempre anhelado, siempre buscado, siempre esperado pero jamás encontrado, que de todos modos no se sabe de la vida de quien espera y siente que se está cansando de esperar, aunque quisiera no cansarse para conservar la ilusión.

Jaime Jaramillo Escobar, un señor poeta que a los 85 años sigue activo produciendo lo que siempre ha sido su vida: poesía.