22 de octubre de 2018

Los atractivos del Cabo de la Vela.

13 de diciembre de 2017
Por Jorge Eliécer Castellanos
Por Jorge Eliécer Castellanos
13 de diciembre de 2017

Jorge Enrique Castellanos

Aun la poesía en toda su magna extensión, parecería no alcanzar en versos de filigrana espléndida, para describir el alba, el medio día y el atardecer en el apacible Cabo de la Vela.

Tampoco es suficiente para relatar el ensueño nocturno de estrellas que titilan de continuo, planetas que alumbran fijamente y fugaces meteoritos que se desplazan intrépida y velozmente sin reconocer su rumbo ni su inesperado final.

Este paradisiaco lugar de la exótica península de la Guajira colombiana, -barrido por el constante y refrescante poder del viento-, al amanecer exhibe ráfagas de colores fucsia que paulatinamente suelen tornarse amarillorojizos y luego ocres como si el espejo del suelo desértico decidiera patentizar su reflejo en el cenit.

A medida que la aurora avanza, el cielo lentamente se incendia de múltiples colores. Dominan el escenario los purpuras fulgurantes que se entrelazan en armonía inverosímil con amarillos auríferos destellantes. Las mágicas pinceladas, progresivamente, finiquitan su existencia frente al inevitable intenso azul rey que dominará por todo el día.

El atardecer configura pinceladas de rosados intensos, amarillos oro deslumbrantes que delinean siluetas indescriptibles sobre la bóveda celeste.

Ciertamente, el entorno descubre un derroche de policromías fascinantes dibujadas diariamente y sin descanso por el Creador de todo lo Creado, pletóricas de detalles multicolores asombrosos e irrepetibles que sorprenden al intelecto humano, incapaz de dilucidar su poderosa magnificencia divina.

Se cierra el imponente espectáculo natural, cuando el telón del astro rey agónicamente muestra que el sol tiene que entregarse a su ocaso porque los brazos del bellísimo océano verde aguamarina prefieren que así descanse hasta el nuevo día.

La historia registra que este excepcional paraíso, -el segundo extremo norte de la placa continental de Suramérica-, (el primero es Punta Gallinas), fue avistado por primera vez, por el navegante español Juan de la Costa, siete años después del descubrimiento de América.

Jepira es el nombre que le asigna la comunidad de los Wayuu, moradores indígenas de los polvorientos desiertos de la Guajira donde el sol calcinante hace estragos irreversibles sobre la epidermis del suelo y la de sus habitantes.

El Golfo de Paria en Venezuela y el Cabo de la Vela, -hoy inspección del Municipio de Uribía-, constituyeron primigenios lugares visitados por los europeos en el polígono terrestre suramericano y hoy, igualmente, se atisban allí, norteamericanos y gentes provenientes de diferentes latitudes, todos encantados con sus fantasías.

La aventura maravillosa se consigue en el Cabo.  El Cerro Pilón de Azúcar con forma de cono permite admirar en 360 grados el desierto y también las aguas del mar Caribe. Su playa es la más linda del sector, carece de olas grandes, sus aguas son cálidas y la arena es inmensamente bella.

Se puede visitar el área de El Faro en donde se disfruta el final del atardecer, considerado entre los más fabulosos de América.

La Playa Ojo del Agua, atractivo que por referencia corresponde a una reducida piscina de agua dulce que está localizada en la zona rocosa detrás de ella.  El baño es totalmente restaurador gracias al oleaje y al intenso calor.

El Parque Eólico Jepírachi, vocablo que denota vientos del nordeste, es estimado como el primer modelo del país construido desde el 2004 para la generación de energía producto de tales corrientes. Tiene una capacidad instalada de 19,5 MW de potencia nominal, con 15 aerogeneradores de 1,3 MW cada uno, sometidos a los vientos alisios que soplan casi todo el año, a un promedio de 9,8 metros por segundo. Las máquinas están distribuidas en dos filas de ocho y siete, respectivamente, en un sector de un kilómetro de largo en dirección paralela a la playa y 1,2 kilómetros de ancho al norte de la ranchería Kasiwolin y al occidente de la ranchería Arutkajui.

“Si no fuiste a estos sitios, no estuviste en el Cabo de la Vela”, advierte Wilson Gutiérrez, un pescador ancestral ahora inversionista del Hotel 7 mares del casco de la Inspección.

El centro urbano del Cabo, distante 110 kms de Riohacha, capital de la Guajira, tiene una calmada playa donde muchos extranjeros y pocos nacionales desarrollan todos los meses el kitesurfing; deporte extremo de deslizamiento sobre una tabla en el agua apoyada por el viento que propulsa una cometa de tracción ceñida por un arnés al cuerpo del deportista.

Todo está por conocer en la paradisiaca Alta Guajira. Por ahora, la disfrutan primordialmente los extranjeros. Se tiene que recorrerla para apreciarla.

Después de vivirla para contarla, seguiremos extrayéndole a la poesía algunos recursos para interpretarla.

Lástima que nuestro patrimonio natural sea objeto de admiración de extraños y de contemplación mínima de los propios.

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