La masacre de las bananeras. Un capítulo doloroso

albeiro valencia

En la polarización política que vive el país, y en la guerra de odios, se crea el caldo de cultivo apropiado para negar algunos conflictos sociales de nuestra historia. Un caso reciente lo presentó María Fernanda Cabal, representante a la Cámara por el Centro Democrático, cuando dijo que “la masacre de las bananeras es otro de los mitos históricos de la narrativa comunista” y que “fueron más los soldados asesinados en esa confrontación, donde el sindicato fue penetrado por la Internacional Comunista”. Por supuesto que esta afirmación tiene intenciones políticas, porque la congresista no da puntada sin dedal.

El país a principios del siglo XX

La masacre de las bananeras se convirtió en un hito del movimiento sindical y contribuyó al derrumbe de la hegemonía conservadora; veamos las raíces históricas. Después de la Guerra de los Mil Días (1899-1902) el país había quedado disminuido por la pérdida de Panamá y los partidos políticos estaban postrados, sumergidos en el sectarismo, en los odios y en la polarización. Sin embargo el período de paz, la relación económica con Estados Unidos (empréstitos e indemnización por Panamá) y el auge de la economía cafetera, empezaron a transformar el campo, los pueblos y las ciudades. Pero la política no cambiaba, el Partido Conservador estaba muy cómodo en el poder y se identificaba con la “feroz y violenta reacción de la derecha española frente al comunismo”; recordemos, además, que Colombia era un país muy católico y se conservaba la férrea alianza entre la Iglesia y los líderes conservadores, relación que venía desde el siglo XIX.

Sin embargo aparecieron nuevos grupos sociales que produjeron cambios en los liderazgos políticos y en los partidos. El país era rural; las tres ciudades más importantes, Bogotá, Barranquilla y Medellín, apenas concentraban el 6% de la población, y los habitantes del campo, que en su inmensa mayoría no sabían leer ni escribir, eran controlados por los gamonales y por los sacerdotes. Pero todo fue cambiando lentamente, por los empréstitos para obras de infraestructura y por la inversión norteamericana. Estaba creciendo el número de obreros que trabajaban en las empresas bananeras de la United Fruit Company, en las petroleras de la Tropical Oil, en los puertos y en los ferrocarriles; las inversiones también llegaron a los centros urbanos por la financiación de los tranvías, redes de teléfonos, acueductos y alcantarillados. Estos nuevos sectores fueron organizados por líderes que llegaban del artesanado y de los intelectuales.

Y continuó el crecimiento de la economía. En los años veinte se expandió más el cultivo y comercio del café; a las divisas del grano se le suman los 25 millones de dólares como indemnización por Panamá, más el crédito público y el privado; es lo que se conoce como la “Danza de los millones”. Un paquete grande de estas divisas se invirtió en el transporte: ferrocarriles, carreteras, cables aéreos, caminos y en la navegación por el río Magdalena. Como consecuencia aumentó la población urbana y creció el mercado de manufacturas; entonces, fue un hecho el desarrollo de la industria y cambió la estructura social. Cuando terminaba la década 1.934.000 habitantes (26%), vivían en las áreas urbanas y 5.419.000 (74%), en el sector rural. Se disparó la población de Bogotá, Medellín, Barranquilla y Cali; Bogotá tenía 100.000 habitantes en 1905 y en 1928 ya contaba con 235.421. De este modo llegaron nuevos contingentes de trabajadores que no se dejaban manejar ni por los gamonales, ni por los políticos tradicionales, ni por la Iglesia Católica, que estaba aliada con el Partido Conservador. En este ambiente surgieron otros liderazgos, mientras se resquebrajaba el partido político que venía gobernando el país desde hacía 45 años.

La huelga de las bananeras

Se puede afirmar que la modernización se produjo, fundamentalmente, durante el gobierno de Pedro Nel Ospina (1922-1926); después de esta administración llegó el gobierno de Miguel Abadía Méndez (1926-1930) a quien le correspondió lidiar con la crisis de la hegemonía conservadora y con los conflictos sociales. En septiembre de 1926 estalló la huelga del Ferrocarril del Pacífico, cuyo gerente era el dirigente conservador general Alfredo Vásquez Cobo, aspirante a la presidencia del país; en este conflicto participaron ocho mil trabajadores, dirigidos por Raúl Eduardo Mahecha. Pero a comienzos del año siguiente se desató una huelga en la Tropical Oil, que se extendió a lo largo del río Magdalena; el criterio del Gobierno era dejar la solución de los conflictos sociales al Ejército para evitar una revolución.

Como en diferentes poblaciones del país se estaba organizando el Partido Socialista Revolucionario (PSR), los funcionarios del Estados vivían aterrados con el fantasma del comunismo; como respuesta el 22 de septiembre de 1927 un juez, en Honda, encarceló a 17 delegados a un congreso socialista que se estaba realizando en La Dorada. Al mismo tiempo el ministro de Guerra, doctor Ignacio Rengifo, alertaba al Congreso de la República sobre el peligro comunista y pidió elevar el pie de fuerza del Ejército de 6.500 a 12.000 soldados, para prevenir una huelga general. En este ambiente de miedo al fantasma de la subversión, el Congreso aprobó una ley especial sobre orden público que dotaba al gobierno de facultades extraordinarias de represión. Esta ley, conocida como Ley Heroica, se aprobó el 30 de octubre de 1928 y comprendía un conjunto de normas represivas dirigidas a prohibir la oposición política; buscaba reprimir la actividad sindical, ilegalizó al PSR y creó un clima de amedrentamiento contra el Partido Liberal.

Pero la Ley Heroica coincidía con la huelga de las bananeras. Desde el mes de octubre los representantes de la United Fruit Company se habían negado a recibir a los delegados de los trabajadores para negociar el pliego, a pesar de la solicitud del gobernador del Magdalena y de los funcionarios de la Oficina del Trabajo. Los directivos de la empresa no querían crear un precedente de diálogo y preferían la intervención militar para cuidar sus intereses. Ante los hechos se declaró la huelga el 12 de noviembre de 1928, en la zona bananera de Ciénaga, cerca de Santa Marta. Fue una huelga jamás vista en Colombia, porque 25.000 trabajadores de las plantaciones se negaron a cortar los racimos de bananos.

Pero se preparó la represión; el 4 de diciembre el Diario Nacional denunció una ofensiva contra los trabajadores; al día siguiente el gobierno declaró turbado el orden público en la zona y ese día por la noche el Ejército preparó las medidas represivas. El general Carlos Cortés Vargas ordenó disparar sobre la multitud reunida en Ciénaga. Se justificó con el siguiente informe: “Las multitudes permanecieron impasibles, nadie se movía. Parecía como si estuvieran prendidos del suelo aquellos hombres que sin cesar de vociferar estaban sordos a todo llamado […] Qué momentos más angustiosos. La ley debería cumplirse y aquellos insensatos envenenados hasta la médula por las doctrinas soviéticas permanecían indiferentes como si se tratara de una burla” (Colmenares, Germán. Ospina y Abadía: la política en el decenio de los veinte. En: Nueva Historia de Colombia. Editorial Planeta, 1989).

Según la versión oficial el saldo fue de nueve muertos, pero años más tarde el general Cortés Vargas reconoció 47. Como era de esperarse la masacre hizo parte del debate político; el representante a la Cámara, Jorge Eliécer Gaitán, defendió a los trabajadores y condenó el régimen conservador argumentando que el Ejército había ametrallado obreros indefensos. La huelga de las bananeras contribuyó al derrumbe de la hegemonía conservadora y se convirtió en bandera de lucha del movimiento.

La masacre permaneció en la memoria, pero nunca se supo la cantidad de muertos. El embajador de Estados Unidos, Jefferson Caffery, afirmó en una comunicación confidencial (16 de enero de 1929) “que el número total de huelguistas asesinados por el ejército colombiano supera los mil”.

Por último, hay sectores de la sociedad interesados en olvidar las causas de los conflictos sociales; de allí la batalla por la memoria.