Fontur 2018
Historias del hombre que escribía con sangre en los dedos

Por Guillermo Romero Salamanca

Sala de redacción del periódico El Pueblo en Santiago de Cali. Avisan que asesinaron a un carnicero. Henry Holguín Cubillos sin dudarlo llama al fotógrafo Fernán Martínez Mahecha y se lo lleva a la escena del crimen.

Ahí estaba el occiso, en el suelo, boca abajo y se veían las heridas de 23 puñaladas en la espalda y como dato curioso: tenía los pantalones en las rodillas.

–“Mono, tome fotos y nos vamos”.

La sorpresa  del fotógrafo payanés al día siguiente fue inmensa al leer el titular: “Novia asesina a puñaladas al carnicero de La Alameda”. Y luego una crónica sobre los acontecimientos. Cuando apareció en la redacción, Martínez le preguntó a Holguín: ¿De dónde sacó esa historia?

–“Sencillo mi estimado periodista. Si usted vio, todas las heridas estaban en un costado, no eran de gran profundidad, lo que indica que por la posición y porque no tenía suficiente fuerza, fueron hechas por una mujer que impedía que el carnicero abusara de ella, por eso se quedó con los pantalones en las rodillas. ¿Alguna otra pregunta?”.

Días después la policía  capturaba a la homicida.

Henry Holguín Cubillos no tenía miedo a nada ni a nadie. Sólo a él mismo. Por sus hechos los conoceréis. Era un atrevido. Hacía de cualquier historia, una gran crónica. Manejaba con maestría cada acontecimiento. Era díscolo, bohemio de afición, salsero de corazón, bolerista por herencia y periodista de pasión.

En los tiempos de El Pueblo en Santiago de Cali había un escáner con el cual sintonizaban las señales de la policía, la Defensa Civil, la Cruz Roja. Había allí un muchacho que anunciaba cualquier hecho judicial. Henry salía primero, luego el fotógrafo y el conductor ponía el marcha el Daihatsu. En pocos minutos llegaban al lugar de los hechos, antes que las autoridades. Henry, con frialdad pasmosa, observaba el difunto, se agachaba, buscaba el orificio de la bala e introducía el bolígrafo con el cual tomaba apuntes, escarbaba hasta sacar el trozo de proyectil. Acto seguido lo miraba y sacaba su conclusión: “Fue con un 32 corto”. Y luego, con sangre en los dedos, escribía la historia.

Una vez llegó a la escena donde un hombre se había suicidado, pero ya la policía había bajado el cuerpo y lo tenían en una camilla. “! Cuélguenlo otra vez! ¿Cómo vamos a sacar una foto con un ahorcado en el piso?”.

Creador de titulares que llamaban la atención. “Novio celoso mata a mordiscos al amante de su querida”. La historia relataba un hecho que ocurrió en Tuluá. Una familia crio a un par de perritos: uno criollo y una pastorcita alemán. Cuando la hembrita estuvo en edad de merecer, trajeron a un can de raza y al nativo lo metieron en un patio y desde las rejas observó escenas que lo llenaron de natural ira. Como pudo, saltó la reja y a diente puro le dio una lección de muerte al recién llegado.

Cuando estaba en Cromos hubo un censo nacional. Esto lo aprovechó Henry para llevarse a unas cuantas modelos y ponerlas a desfilar en escenarios del centro de Bogotá. El titular fue: “Mujeres desnudas se toman la Plaza de Bolívar” y mostraba a unas esbeltas figuras posando con diminutos trajes de baño.

Con el fin de quitarle protagonismo a Juan Gossaín, con quien disputaba las páginas de crónicas, se inventó el cuento de la machaca y además se recreó con la historia de la aparición del nazi Martin Bormann, escondido en la selva colombiana. Desmintieron el asunto, pero el enano seguía diciendo: ¿y ese viejito qué hacía escondido por allá? Redactó la historia de una de las primeras tomas a pueblos que hiciera el grupo terrorista ELN en San Pablo, Bolívar, hecho por el cual Daniel Samper lo llevó al libro de Las grandes crónicas de Colombia.

Cuando fue director de Radio Súper, cada mañana salía con una historia diferente. Un día atacaba al Concejo, otro, al alcalde de turno, uno más a la programación de televisión y por ello organizó una marcha para protestar por los espacios televisivos y al frente de la emisora, por los lados de la Terminal de Transportes de Cali, enterró un televisor. Miles de destechados, gente humilde le seguía cada uno de sus discursos. Puso de moda la frase, “el que tenga miedo, que se compre un perro”. Atacó a toda clase de malandrines hasta que una madrugada, cuando se dirigía al noticiero, le hicieron un atentado. Quedó con un brazo más corto que el otro. Lo mostraba como una medalla de heroísmo.

En total, fueron nueve intentos los que le hicieron en su vida y se salvó de cuatro infartos.

Nació en Santiago de Cali el 14 de octubre de 1949. Hijo de la periodista Margarita Cubillos. Se voló de la casa antes de los diez años, dormía en un andén o debajo de un puente. Fue ladrón, lustrador de calzado, aprendió a fumar marihuana y un día se topó con su primera noticia: un accidente de tránsito. Llamó a una emisora e hizo un reporte pormenorizado de los hechos y le quedó tan bien que lo contrataron.

Desde muy niño le decían “enano”, término que no le inmutaba. Pasó por Todelar, Radio Súper y RCN. En prensa descubrió su verdadera vocación: la crónica. Fueron innumerables las que escribió para Cromos, Vea, El Espacio, Antena Y El Extra de Guayaquil.

Cuando asumió la dirección de Antena, la primera gran revista del espectáculo de Colombia, puso a Hermógenes Nagles a buscar una historia original. El tipo se apostó en el hotel Tequendama y a las dos de la mañana le golpeó fuerte en la puerta y gritó que había un incendio. El cantante salió corriendo y el titular fue: “Raphael en calzoncillos”. Claudia de Colombia lo odiaba porque sacó una historia donde decía: “Encontramos al papá de Claudia de Colombia: es un carnicero”.

Creó los Premios Antena de la Consagración y por muchos años era el trofeo más codiciado por las nuevas figuras del espectáculo.

A veces se le iba la mano en imaginación y de allí que muchos de sus detractores lo calificaban como un mitómano.

El viernes 7 de diciembre del 2012 un infarto acabó con su vida. Tenía 63 años, dejaba una novela sobre sus 8 matrimonios, sus aventuras y un millón de crónicas por escribir.