El llanto de los ricos.

Por Esteban Jaramillo Osorio.

El campeón, el intocable, el rico del torneo, el único capaz de pulverizar el mercado con sus movimientos, mientras otros  contratan saldos y rebajas, es la noticia. Patético: eliminado en cuartos de la Liga  con escándalo del pueblo. En el mismo nivel de Jaguares y Equidad  que por lo menos vergüenza sintieron al marcharse.

En masa ante la prensa, a la que declararon culpable del fracaso, para justificar un descalabro que no fue el único del año. Higuita al frente, en plan conciliador, como escudo, mientras los hinchas gritaban e insultaban, dolidos por el resultado. Y Lillo, traicionado por su lengua. “La ilusión no se vende, se crea” había dicho. Los hechos aplastaron sus palabras. Su fútbol, discreto, fue su karma. Gran entrenador, aseguran los dirigentes y los futbolistas, pésimo estratega, opinan sus rivales. Sus refuerzos ofenden el talento criollo porque no marcan grandes diferencias. Semana tras semana salvado de las aguas turbulentas por los goles de Dayro Moreno, a quien repudió desde la época de Millonarios.

 “No voy a opinar sobre las opiniones. Lo bonito del fútbol es opinar”. Otro descubridor de América” que nos creyó con taparrabos, que encontró en su club actual un tesoro que dilapidó, la nómina, la imagen, el título. Sus justificaciones cotidianas, son atropello abusivo a la inteligencia de quienes lo escuchan. “Cuando miro para abajo es que voy para arriba”. “ Entre más me acerco a la portería, más me alejo del gol”.

Culpables todos. Desde el presidente Botero, que de fútbol nada (¡pobre hombre!) una marioneta en el lugar equivocado, empeñado en sobrevivir sin entender el tejemaneje del club. ¿Sabrá porque salta un balón? ¿O también se lo tienen que explicar? Los jugadores lentos, sin recursos colectivos, repetidos, distantes, sin sorpresa en el juego, con su sed de triunfo agotada. Inferiores a la obligación de revalidar los títulos. “El hombre de las alas”, Juan P  Ángel, un poder autodestructivo a la sombra; los líderes pensando en vacaciones, desplazando la humilde obligación de competir. ¡Por Dios!, si lo tenían todo para campeonar y solo dieron un paso más que los eliminados. Cuanto se recuerda a Osorio y a Reynaldo. Despedido este último, por la puerta del garaje, desconociendo su influencia y su consagración.

Tolima jugó, corrió… y ganó. Pero la noticia es la derrota del campeón y la de su entrenador, Lillo, que algún día podrá explicar con resultados, que es “el paradigma sistémico contextual”.