Breve memoria del limón

Limones Papá Noel

Óscar Domínguez Giraldo

Cuando Dios no viene manda al muchachito… o el limón para curar toda suerte de achaques. Más que un alimento es un medicamento. El  citrus limon, su alias en latín, sabe más que la Compañía de Jesús y la CIA juntos.

Sus biógrafos recuerdan que es fruta cítrica originaria del Asia. Su nombre tiene nostalgia árabe. De esas tierras proviene este laboratorio o farmacia de la humanidad, como lo denomina el padre Eugenio Arias Alzate, homeópata, en su libro “Plantas medicinales”.

Se tiene confianza (el limón, no el padre Arias) para ser algo así como el Bill Gates de las vitaminas. En efecto, tiene las vitaminas B, C, D, G ,  F y P.

Cómo será de sabio que el nobel sueco de Medicina 1934, profesor Euler,  le descubrió una nueva vitamina para curar la neumonía. Y otro limonólogo, el doctor Nicolás Capo,  en un libro sobre esta “prima donna” de la naturaleza, le encontró más de 170 propiedades químico-medicinales.

Poco nos interesa saber que en su composición química hay agua, ceniza, hidratos de carbono, acidez y calorías.

El padre Eugenio jura por Dios que el limón combate los gases, fortalece el estómago, alivia dolores de cabeza sin ayuda de la  aspirina, manda los vértigos para la quinta porra, lo mismo vahídos y mareos. Y le hace al zumo de limón, el sumo homenaje de notificar que no nos hace daño por más que lo tomemos,

Para los  profesionales del limón, su novia no es la media naranja. Tampoco la media manzana. Es el medio limón. O un limón entero por las virtudes – y defectos- que tiene.

En alguna gastronomía regional, se le dice “tragos” al aperitivo que tomamos para abrirnos al día, antes de despachar el desayuno. Pues bien, el limón madruga con su amo y se deja echar a esos tragos, llámense café o aguapanela.

¿Qué tal el pescado bien frito, o como sea, sin llevar sobre sus lomos la sazón del limón? Ese pescado sin el condimento cítrico bien habría podido quedarse en la quebrada, el lago, el río, o adonde van los ríos que es la mar, dicho sea  con Manrique.

Familias enteras hay que lo curan todo a punta de limón: un golpe en la espinilla o en la frente porque la saliente de una ventana no se quitó a tiempo de nuestro camino, salen por líchigos: se alivian con la ayuda samaritana de unas buenas gotas del que sabemos.

Adiós gripas de todos los pelambres si a la hora de entregarse en brazos de Morfeo Vélez (¿será ese el apellido correcto?) se toma una aguapanela bien caliente con una buena dosis del que sabemos. Si no pertenece a la doble A (Alcohólicos Anónimos) agréguele una o dos copas de ron o de aguardiente. Si no se alivia, corre el peligro de emborracharse. Del ahogado el sombrero.

Un proletario aguardiente se pasa con una malacara y un buen trozo de limón.

Si el guayabo es muy grande, los caballeros prefieren la cerveza en la nada dulce compañía del limón.

Un coctel delicado para una frágil dama, debe llevar limón en forma de una rodaja sofisticada, bien delgada, como de modelo anoréxica. De esta forma, es más fácil que la susodicha baje sus defensas de pudor y entregue sus encantos.

¿Qué tal una limonada sin la cuota limonar respectiva?  Sería tanto como un ajiaco de pollo sin pollo. ¿Dolor de oído, caballero? Pues sabrá usted que unas discretas cápsulas derretidas en limón, pueden ser la solución para que el dolor se tome su sabático.

¿Una limonada para esas tres letras que se llaman sed? Perogrullo pide no olvidar el limón. La bebida se puede emplear también para acompañar las sopas. No tiene problemas con eso.

¿Se le cortó la leche, mi señora? Unas goticas no más y ya tenemos el “mielmesabe” y usted habrá reciclado el “líquido perlático de la consorte del toro”.

Ají sin limón, es como la ribera sin la ola.

¿Están fatigados sus ojos de ver tanta violencia en los “morticieros” de televisión? Unas goticas no más le descansan las “vistas”. Arde que da miedo, pero no siempre la vida es fácil, regalada. El ardor es el IVA que paga el usuario del limón.

Cuando una diestra mano fabrica la salsa rosada, tiene limón a menos de 15 centímetros y dos milímetros para rociarle algunas gotas.

¿Se le fue la mano –y la barriga- en grasa? Tómese un brebaje de agua caliente con limón. Que sea en ayunas, por favor.

Y hablando de pelo grasoso, el champú de limón acaba con esos achaques capilares.

Después de comer pescado o hacer oficio, las manos suelen quedar pasadas a grasa. Solución: convierta el limón en su Elizabeth Arden y frótese las manos con él. Así se lo vi hacer a  Totó La Mompoxina y perdón por la chicaniada.

Los hay que no pueden comer papaya sin que ésta entre en cohabitación con el limón.

Si no ha tomado sorbete de limón, tampoco ha visto amanecer. Que le devuelvan la plata.

El todero limón presta sus servicios como repelente en tierras cálidas donde los mosquitos tienen el palito o “know how” suficiente para detectar turistas estresados y volverlos ropa de trabajo a punta de picadas.

El limón se acostó aliviado un día y se levantó dizque sirviendo para blanquear la ropa. En sus ratos de ocio, nuestro cítrico blanquea también el arroz que “abre” y no se vuelve masacotudo, como en puré, como también nos gusta a muchos.

Hay dos formas de ablandar la carne: con oraciones para no caer en la tentación, y con harto limón.

El limón tiene algo que ver con la revolución cubana: un “cuba libre” sin limón es Fidel Castro sin el asalto al Cuartel Moncada. A Hemingway no se le podía servir su mojito sin limón en “La bodeguita del medio” o “El Floridita”, porque se le iban las musas. Es más, amenazaba con suicidarse.

Hay postres que exigen que les llueva cáscara de limón rayada antes de dejarse devorar.

¿Qué tal el limón como desodorante? En tierras ardientes los campesinos lo utilizan para disfrazar el “golpe de ala” que se expresa al levantar el brazo. Sobacos hay que viven huérfanos de higiene porque en dicho lugar la mano del limón no ha puesto el pie.

“El limón quita hasta manchas del alma”, decía la madre del fallecido poeta Oscar Echeverri Mejía, padre de Horacio, otro limonólogo conocido de autos en todo el Valle del Cauca, y quien también ha hecho aportes para esta pequeña memoria limonar.

Claro que el limonólogo más teso que he conocido fue mi taita, don Luis María. Lo utilizaba hasta para atravesar la calle. Y lo sembraba. Los limones mandarina que acompañan estás líneas son del árbol que él sembró en San Antonio de Pereira, y que a su muerte fue trasplantado a La Ceja, en el oriente antioqueño.

Para la soltura, la “contra” es la Coca-Cola con limón y adiós “correquetealcanzo”, uno de los apodos del daño de estómago, o churrias.

El “Premio Limón” es el agrio “Oscar” que algunas asociaciones o entidades otorgan a ciertos personajotes o funcionarios de menor cuantía, cuya alma o genio parece alimentada con limón en ayunas.

Amansar un zapato nuevo puede ser un camello que demanda miles de kilómetros recorridos. Pero si convertimos el limón en cirineo de nuestros callos, basta con bañar el cuero con gotas del que sabemos, y se producirá el “ábrete sésamo” para que dedo y zapatos vivan en perfecta coexistencia pacífica.

Si quiere destemplar a los músicos de las bandas o papayeras, la leyenda ordena chupar limón en predios del pulmón y de las papilas de estos artistas del viento. La desafinada es fija pues en vez de dar un do dan un fa.

En fin, el limón, hasta recupera esposas desertoras. Lo asegura el poeta Mario Tierra quien en su poema “El culebrero” notifica que si su mujer se le fue con el tendero de la esquina, basta con meter el corazón de una golondrina en agua de limón… “y al retrato de la infiel, se le mete un alfiler en mitad de la frente, y verás que de repente, vuelve a implorate perdón…”.  (Esta cítrica crónica ha sido aumentada, de pronto corregida. Fue publicada inicialmente en El Colombiano).