Maltrato y crueldad

gustavo paez

El maltrato y la crueldad son dos factores que andan unidos en la creciente ola de violencia intrafamiliar que azota a Colombia. En este campo de la intolerancia y la barbarie, movido por el machismo ancestral, la mujer es vulnerada hasta extremos inauditos. Por lo general, el drama queda escondido tras los muros del hogar. En esta forma, la impunidad es aberrante en una nación que se dice civilizada y que no ha salido, sin embargo, de la era cavernaria.

Miles de casos llegan a la justicia, pero las cifras de la infamia, lejos de disminuir, muestran en los últimos años un crecimiento no solo significativo sino catastrófico. El estado de descomposición social nos sitúa como el segundo país más violento del hemisferio. Ya se sabe, de tiempo atrás, que Colombia está considerada como uno de los territorios más violentos del mundo. ¡Qué triste realidad!

La violencia intrafamiliar se refleja en el maltrato físico, sicológico o verbal. Esta situación llega a casos tan extremos, que la mujer, que es la principal víctima de las agresiones –debiendo ser la reina del hogar–, se convierte en un ser pisoteado, humillado, sumiso, indefenso, compelido en su derecho al respeto y la dignidad. En tales condiciones, la mujer no solo pierde la alegría de vivir sino que padece en silencio serios trastornos depresivos, cuando no graves enfermedades.

No hace mucho el país entero vio el video en el que un hombre golpeaba en forma brutal a su novia, en el ascensor de un edificio de Chapinero, y luego hería a un joven que intentó defenderla. ¿Qué le ocurriría más adelante a esta mujer en caso de llevar vida marital con ese energúmeno?

Si se trata del abuso sexual contra la mujer, el panorama es mucho más desastroso, y no menos preocupante. En estos días, cuando han salido a flote innumerables episodios de esta naturaleza y se han suscitado agudos debates en las redes sociales y en los medios de comunicación, las noticias estremecen al país. El ataque sexual se volvió una pandemia, de tanto repetirse a todo momento y en todas las esferas de la sociedad.

En la mayoría de los casos, la violencia sexual queda silenciada por el miedo, la vergüenza o el temor a represalias que sienten las mujeres ultrajadas. Muchas veces el agresor es parte de su misma familia, y aquí el encubrimiento es mayor. Además, se desconfía del funcionario judicial ante el que hay que poner la denuncia, por la sospecha de que es otro criminal en acecho. Y tampoco se cree en la eficacia de la justicia.

La impotencia de la mujer para protegerse y conseguir el reparo contra el abuso es la que agiganta la impunidad. Colombia es un país de impunidades en todos los órdenes: en el oficial, en el político, en el judicial, en el económico…

La Fiscalía General presentó en días pasados un proyecto de ley para endurecer los castigos a quienes incurran en los maltratos físicos o sicológicos a que se refiere esta nota, proyecto que contempla la privación de la libertad entre 4 y 8 años y el aumento de la pena en una cuarta parte en caso de reincidencia. La sociedad debe protegerse. De por medio está la dignidad de la familia, un tesoro que ha caído en el mayor nivel de degradación humana.

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