La generacion perdida… en el mimo

Héctor Abad y madre Cecilia Faciolince.

La mía es una generación cuyo manifiesto-declaración de principios cabe en una servilleta: los hombres en la cocina huelen a rila de gallina.

Ignoro si es familiarmente correcto decirlo, pero debo admitir que crecí como unbuenoparanada en la cocina. Mamá Geno me colaba el aire. También crecí negado para otros oficios domésticos. Alá sea loado.

Este aperitivo antes de comentar que doña Cecilia Faciolince de Abad y el arriba firmante, tenemos un purpurado en común: su tío, Monseñor Joaquín García Benítez, arzobispo de Medellín.

Viviendo y comiendo rico en el Palacio Arzobispal, ella empezó a preparar su libro “Recetas de mis amigas” (Aguilar) que dio a luz a los 85 años, edad de la que ella dice: “A esta edad puede ocurrir cualquier cosa cada día: amanecer sin palabras, amanecer muerto, amanecer sin memoria”.  (Hoy por hoy doña Cecilia tiene 92).

“Yo no he dedicado mi vida a la cocina, pero sí he cocinado toda la vida. Aunque ninguna de las recetas de este libro es mía, pues son, como dice su título, Recetas de mis amigas, y a lo mejor ninguna de estas recetas tampoco las inventaron ellas”, escribió doña Cecilia en el prólogo de su obra que está dedicada a su esposo Héctor Abad Gómez y a su hija María Cecilia que “ya no están por aquí, pero que espero volver a ver allá”. 

También está dedicado a los hijos que están: Mariluz, Clarita, Vicky, Héctor Joaquín y Sol Beatriz.

Estuve en el mismo Palacio arzobispal que frecuentaba doña Cecilia (Bogotá, 1925), aunque no despachando ningún bocado de cardenal. Fui a recibir de manos de Nos Joaquín mi diploma como ducho en el catecismo del padre Gaspar Astete. Me lo aprendí de memoria. Alzheimer me permite retener algunos retazos teológicos.

Conservo el diploma ganado en noviembre de 1955 porque mi mamá, doña Genoveva, cordon bleu para su culecada, lo rescató del naufragio. Este noviembre habría llegado a los 97 abriles.

He vuelto a ver a doña Cecilia en fotos por la celebración de los 50 años de la Lonja de Propiedad Raíz de Medellín. Ella es una de las pioneras de esa actividad en la Bella Villa. A lo mejor, muchas de las viandas que se sirvieron en el Intercontinental fueron sacadas de su libro. En mi casa, se ha vuelto texto de consulta porque el que sabe sabe, y las abuelas como ella saben dónde ponen las garzas de la buena mesa.

Tiene sus años un movimiento encaminado a devolverles a las madres su condición de mejores cocineras. Dicha campaña la iniciaron en el desaparecido periódico “Ciudad Viva” de la alcaldía de Bogotá, dos tenedores que traicionaron la causa y aprendieron a cocinar: su director de entonces, el maestro de Anorí, Guillermo Angulo, y Héctor Abad, hijo de doña Cecilia,  sobrino-nieto del obispo Joaquín, de quien heredó leontina, gustos gastronómicos arzobispales y segundo nombre. Como resultó ateo, cree en todos los dioses.

El maestro Angulo suele ganar padrenuestros con recetas ajenas de doña Cecilia sorprendiendo a sus invitados en las torres del Parque en Bogotá o en su finca de Choachí, conPaté belga de hígados de pollo.

A quienes venden miles de libros, Héctor Abad les prepara  Spaghetti a la carbonara. A los que jamás se darán el lujo de que su obra se venda pirateada en el semáforo, los despacha con un desabrido Pollo Opus Dei.

Sin confirmar sí lo digo gracias a mi personal “wikileaks”: más que detrás de una de las perturbadoras Abad Faciolince (Vicky), un partidazo político llamado Álvaro Uribe Vélez, iba detrás de las recetas de la suegra. ¡De la que se salvaron los Abad!

Mi católica madre tenía claro que la caridad empieza por casa. En este sentido, cocinaba para ella ante todo. Si a sus hijos no nos gustaban sus deliciosas viandas nos despachaba con esta perla: “Comida se le da, ganas no”.

Autoelogiaba sus exquisitos sudados de posta, rollos de carne, dulces, sancochos, frisoles. Muchos de los platos de mamá Geno los he vuelto a ver en el libro de doña Cecilia.

Es más, Mafalda habría pasado por encima de su enemistad personal con la sopa, y habría repetido la de albóndigas.

Agradezco a las madres que nos ahorraron  el sospechoso privilegio de consentir un lomito o bañar un langostino. En buena hora, escapamos a la dictadura de la cebolla y el cilantro. Seguiré ejerciendo el derecho a no cocinar. Ni un brócoli atrás.