ADONAI

Víctor Hugo Vallejo

Cuando le anunciaban que al día siguiente irían a la clínica a una nueva sesión de diálisis para procurar que su función renal se pusiera en marcha aunque fuera por un breve tiempo, sentía que la vida se le iba. Era como una muerte anticipada. Sabía que esta estaba muy cerca, pero se aferraba a ese pedacito de vida que le permitía respirar y hablar arrastrando las palabras e intentando cantar sin lograrlo, más el estar consciente y formular planes de cualquier cosa lo pegaban a ese poco que le quedaba, cuando esos 61 años se le vinieron encima como un fardo de cientos de calendarios.

Estaba llegando al fin y se resistía. Cuando hablaba con sus amigos les decía que iba a volver a los escenarios, que estaba preparando nuevas presentaciones y que su conjunto musical seguía en la vida artística. Todos lo oían con respeto. Era mucho más emoción que razón en ese momento y formular proyectos le daba ánimos, a lo que sus interlocutores le ayudaban.

Tuvo fuerzas para recibir en su casa al equipo técnico de su casa disquera de toda la vida, quienes grabaron un documental breve en el que él da cuenta de su vida, contando con dificultad, pero con buena memoria, lo más importante de lo que le había sucedido en esas seis décadas de tránsito por la existencia, yendo desde lo más mínimo a lo más alto, habiendo conocido la miseria, pero sin que nunca fuese causa de reproche. La toleró. La llevó consigo y la disfrazó con muchos sueños, que fue logrando poco a poco, valido de la ayuda de muchos a quienes se arrimó, algunos de ellos sus amigos, otros que se entusiasmaban con el entusiasmo de ese joven que confiaba plenamente en la potencia, la calidad y el futuro que estaba en su poderosa voz.

El video con su última entrevista, en la que luce ajado, cansado, agotado, de profundas ojeras, con mirada que no mira, con postura erguida en esa poltrona de fieltro, contando lo vivido y dando gracias a quienes le apoyaron, pero especialmente haciéndole saber a toda la gente que lo tuvo, lo ha tenido y lo sigue teniendo como un artista infaltable en determinadas épocas del año, de pronto casi todas, porque grabó canciones de todos los géneros, aunque se le resalta su dedicación al tropical, en el que hizo temas que aún se siguen bailando hasta por los jóvenes que no lo conocieron en vida, hace parte de la producción post mortem en que la casa productora le rindió un gran homenaje y además hace un buen negocio. Se vende mucho.

Marco Tulio se murió el 24 de octubre de 2007, es decir hace diez años y sigue sonando como siempre. Marco Tulio se murió de un infarto porque su corazón se envenenó ante la falta de filtros adecuados en lo renal, que se le destruyó. Estaba casi ciego como producto de una retinopatía. Sabia lo que tenía. Se lo habían dicho hacía por lo menos veinte años atrás, pero no puso mucha atención, porque estaba muy ocupado atendiendo compromisos que no le faltaban en los doce meses del año, tanto en su país, como en el resto del continente y en Europa y Asia, donde no le entendían lo que cantaba en español, pero si eran capaces de sentir el ritmo pegajoso de esas canciones de fácil recordación y de compases repetidos para mover el cuerpo con armonía y dejando todo el entusiasmo en el baile.

Desde la década de los ochenta le habían diagnosticado diabetes. Le hicieron las recomendaciones médicas del caso. Debía cuidarse. Cuidar sus comidas, sus horarios, sus bebidas, sus gustos. Siempre se dijo a sí mismo que haría una pausa para atender en debida forma su dolencia. No había tiempo. Sostener la obligación de 17 hijos regados en muchas madres, ninguna de ellas esposa, como que nunca contrajo matrimonio, no era fácil. Había que trabajar cuando había trabajo. Y cada canción que grababa se convertía en un éxito y la casa disquera lo tenía como su producto estrella que promocionaba de manera amplia en todas las vitrinas del mundo. Siempre lo manejaron con criterio comercial y él nunca se detuvo a pensar en las consecuencias de eso en su vida personal. No tenía las capacidades intelectuales para entrar en semejantes cálculos de racionalidad. Difícilmente cursó los estudios primarios. Confió en su voz y su voz lo llevó por el mundo entero.

Tenía muchos compositores pensando en su voz y lo hacían sin las limitaciones de tonos y matices, pues los podía dar todos. Daba lo mismo componerle un vallenato, que un bolero, que una balada, que una carrilera, que un paseo, que una cumbia colombiana o peruana, que un vals, daba los tonos que trajera la partitura, que por supuesto no sabía leer, nunca estudió eso, ni siquiera aprendió a tocar instrumento alguno, le daban los tonos, le entregaban las letras, las memorizaba, las ensayaba y las grababa en una sola sesión, sin muchas ayudas técnicas y mucho menos tecnológicas, que no las había. Los autores cuando le entregaban sus obras al cantante o a la disquera se sentaban a esperar el éxito y este llegaba sin duda alguna.

Claro que a Marco Tulio sólo lo conocieron sus padres, Luis Alfredo y Silvia, su primer productor y unos pocos más. Marco Tulio no fue nadie en la música, es que el que cantó fue Rodolfo, cuando Marco Tulio Aicardi Rivera se volvió Rodolfo Aicardi, este si conocido por todos. El nombre surgió de dos circunstancias: su nombre real no sería nunca comercial y su hermano que tenía una gran voz, nunca hizo el esfuerzo de ser cantante, por lo que se apoderó de su nombre y le hizo el homenaje de eternizarlo.

Rodolfo Aicardi fue durante 42 años de carrera artística un verdadero fenómeno musical. Nacido en Magangué, Bolívar, incursionó en todos los géneros musicales populares sin ninguna limitación por el tono limpio de voz, capaz de generar ritmos y armonías que sólo estaban en el poder de su garganta, de sus pulmones, de su caja torácica sin esfuerzo alguno. Nunca se le vio con dificultades para alcanzar tonos exageradamente altos, siempre lo hizo con naturalidad. La gente nunca se fijó en que no era muy coreográfico en el escenario, estaban pendientes de sus tonalidades y la calidad interpretativa que nunca le falló. No requería nada más que su voz, cuidando muy bien su presentación personal, aprovechando su figura de adolescente eterno.

Nacido en un hogar muy humilde, con dos hermanos, que también tenían excelentes voces, según su decir, pero que nunca intentaron la aventura que si quiso asumir Marco Tulio. Cuando cumplió quince años entendió que en su pueblo no tendría ninguna posibilidad de ser cantante. Sabía que cantaba bonito y así le decían sus vecinos cuando lo escuchaban, pero de ahí no iba a pasar. Se iba lejos, donde hubiese oportunidades para rebuscar.

En 1961 cogió los pocos pesos que tenia, eran exactamente l6. Se subió al primer bus que iba para Medellín. El conductor le dijo que le pasaje costaba mas, pero ya lo había oído cantar en la plaza de Magangué, por lo que le dijo: “Ajá pelao, con esa plata no te alcanza para ir hasta Medellín, te llevo de pie y te vas cantando todo el camino para que entretengas a los pasajeros”. Y así fue. Iba de pie, bamboleándose de un lado al otro, yendo de adelante hacia atrás, de atrás hacia adelante, cantando a capela vallenatos, baladas y rancheras. Todos se entretuvieron y Marco Tulio llegó a Medellín, apretando el último de los 16 pesos para tener un poco de comida. Por llevarlo de pie y cantando, le cobraron $15.

Buscó a Chico Cervantes, de “Los Corraleros de Majagual”, quien lo conocía de paisanaje y le ayudó a contactar algunos lugares donde lo dejarían cantar. La potencia de su voz fue aplaudida de inmediato y arrancó una carrera que nunca más se volvió a detener, hasta que la enfermedad se la truncó y se la terminó. Participó en el Club del Clan, de donde salieron tantas figuras. Sonolux lo oyó y le grabó el tema “Bellos recuerdos”, en 1966, con el que no pasó nada por falta de promoción. Volvió a Medellín, que la hizo su casa, a seguir dando la lucha.

Con el sexteto Miramar hizo muchas presentaciones y grabó dos temas como solista: “Que quiere esa música esta noche”, una canción para destrezas vocales muy exigentes y “Una lágrima por tu amor”, que entusiasmaron a los oyentes de radio y las solicitaban por teléfono. Grabó otras canciones con el conjunto, hasta que Discos Fuentes entendió que tenía en sus manos un potencial comercial muy grande y le hizo el primer trabajo de larga duración en 1967. En 1969 hace un nuevo disco con el sexteto Miramar.

En Fuentes también estaba el conjunto “Los Hispanos”, con su cantante estrella de música bailable decembrina, Gustavo “El Loco” Quintero, quien un día se sintió con la fuerza suficiente para tener su propia orquesta y creó “Los Graduados”. Para “Los Hispanos”, que era el producto de temporada de la disquera, reemplazar a su vocalista no era fácil. Alfonso Ramírez, el director artístico de la empresa y Mario Rincón, técnico de grabación, entendieron que tenían la voz perfecta para esa sustitución y le pidieron a Rodolfo Aicardi que lo hiciera. Fue como encontrar una mina de oro. Hubo empatía de inmediato y vinieron todas las ventas que no se habían hecho antes. Esa música se vendía como elemento de primera necesidad. Se bailaba en todo el país.

No por esto, dejó de grabar baladas y música de carrilera. Se convirtió en el cantante popular que se escuchaba en las fiestas para bailar y a la madrugada para llorar con canciones como “El Cristo de la Pared”. Sonaban temas como Adonai, una dama que se casó sin avisarle a su enamorado y lo dejó soñando con un amor ya imposible, por lo que no lloró sino que se puso a bailar y puso a bailar a todos, con la pena de haber perdido a Adonai, que se sigue bailando por todos. Adonai nunca respondió la pregunta de porque se había casado.

Rodolfo Aicardi es el cantante que más discos ha vendido en Colombia, que más conciertos ha dado en el mundo, como artista colombiano, que se presentó en 1981 en el Teatro Olimpia, de Paris, donde tuvo una noche de sueño con los franceses, donde sólo se había presentado Carlos Julio Ramírez.

Grabó 2.600 canciones de todos los géneros. Era el intérprete preferido de los compositores de cumbia peruana, quienes lo buscaban para que les llevara sus temas al acetato, siempre con magníficos resultados. Fue un ídolo de la música popular en todo el continente y los japoneses gozaron con sus presentaciones al compas de sus pegajosos ritmos.

Decir que Rodolfo Aicardi fue, es tanto como desconocer la vigencia que mantiene en la actualidad, cuando sus discos se siguen oyendo, se siguen vendiendo, se siguen remasterizando, se siguen produciendo como uno de los activos esenciales de Discos Fuentes.

Ese muchacho que sin más capital que su voz se fue de Magangué cuando carecía de la más mínima independencia, llegó a donde debía, estuvo al lado de quienes le ayudaron y solicitó el apoyo de muchos que ni siquiera sabían de su existencia. Pocos pensaban que era costeño, por su manera de ser, por su forma de llegarle a todo el mundo. Creían que era paisa de pura cepa.

Alguna vez se le presentó a la oficina al comentarista de ciclismo Julio Arrastía Brica, que era toda una institución en R.C.N. radio. Le mostró uno de sus discos, le pidió que lo hiciera sonar. Arrastía lo oyó, se negó a creer que el joven que tenía al frente fuera el mismo que cantara. Le pidió que lo hiciera a capela. A partir de ese instante se convirtió en uno de sus mayores apoyos. Fue él quien consiguió que diera su primer concierto en vivo en “El peñasco”, un famoso estadero en las afueras de Medellín, en la vía a Las Palmas, donde se convirtió en el gran atractivo de todos los días.

Su ausencia de timidez y su manera abierta de ser, de solicitar ayuda, de hacer todo para sacar adelante ese sueño de ser cantante, le dio resultados inmediatos. Fue una estrella de la música popular antes de cumplir 20 años y se mantuvo vigente durante 42, cuando la enfermedad le comenzó a pasar factura a su falta de atención. La diabetes no le dio más tregua y le cobró de contado con una incapacidad que lo sometió a la condición que nunca aceptó.

Cada que le anunciaban que irían a sesión de diálisis, sentía que la vida se le iba. Y efectivamente se le estaba yendo y se le fue un 24 de octubre de 2007, dejando grabada una obra musical que sigue vendiendo por millones sus canciones para el despecho, para oír, y especialmente para bailar. Sus numerosos hijos ahora se disputan su patrimonio. La gloria le pertenece a él solo.